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La ciuda

de Dios

Tomo 1 (libros 1 al XII)

San Agustín

La Ciudad de Dios

EDICIÓN PREPARADA POR EL PADRE FR. JOSÉ MORÁN, O. S. A.

TOMO I

MADRID 1958

INDICE

INTRODUCCION GENERA Lsiicinsindi aaa

I. Estructura interna de «La ciudad de DIOS» ..oooococnncccnoccccnonanonononononononononononnno no nnnn crono nono nc cnn nc nan n naar nnnnncnnnncnos 20 II. «La ciudad de Dios», apología de la religiÓN......oconnnnccinncocinccononccnonnnnnnnncnnnocononononnnonnnn cc cnnnnrnnnn cano na cnnncnancnnns 30 TIT. La «ciudad de dios», enciclopedia de la cultura antigUa ...oooconnccnnncnnncnnoncnoncnonononoconononannnncnnnnnn crac nrnnnannnnnos 41 IV. La ciudad de Dios, hermenéutica de la DIStOLIA......oooonnnnnnininicicnnncnnncnananinanananana nana na nana n anar nr rra 49 V. La «ciudad de Dios» y las CONTESIONES» .ooocococcconocononcnononanonnnononnnonnncnonnnnnnnn noc nn cnn nn n narra cnnn cnn nn aran na nnnncnanncnss 60 VI. La «Ciudad de Dios» y SUS CAICIONES ...ocooocnnoccconocononcnononanonononnnoconnnnnonnnannnn conan nro nnn nan nn nano nan nn anna nn nan nccnnncnss 67 o 69 CAPULLO ns 69 Los veintidós libros de la «Ciudad de Di0OS»...oooooonnnocononccononanononononnnonnncnonononnnnnonnnnncnnnn nono nn cnn coran n ran nn nana nccnnncnss 69

PROCOGO ar A Ra 72 Motivo y plan dela presente ODTA :ciocoociónicoconanoianniia rior o nata rain obaaonns Le suranteianraanihadinacciian anda reacia dana dieta doi 7 CABTULO Lara 73 De los adversarios del nombre de Cristo, a quienes en el asolamiento de la Urbe los bárbaros perdonaron por reverencia a .CAstO iii ido till itts lto dealer ncane is del dc altas 73 CAPULLO Dosis 75 Que en ningún tiempo se hicieron guerras en las que los vencedores perdonasen a los vencidos por reverencia a los dioses de lOS VENCIOOS ..coooconnccnnocnnonononononcnnncnnnononoconocononnnonnnn naar naa nonn nr nn ccoo anno nano nn conan ne cnn nccnnaóns 75 CAUSA 76 Imprudencia grande de los romanos en creer que los dioses penates que no pudieron guardar a Troya les habían de:ser útiles a ellos. canarias lc rrea cano ionocna ctas es tnasat aten roda noaa deta Ona aogRi aia iene des cipal nora 76 EI A 0 5 o oo PO PI A 7] El asilo de Juno en Troya no libró de los griegos a nadie. En cambio, las basílicas de los apóstoles ampararon del furor de los bárbaros a todos los que se acogieron a ellaS ....ooonconnccnnnnninccnoconoccnoncconaconanono conc nonn conc crac cannnannos 77 A? - nn A. gn 78 Sentencia de César sobre el común estilo de los enemigos destructores de las ciudades vencidas................. 78 CAPITULO VL nia dci 79 Que ni los mismos romanos tomaron ciudad alguna donde perdonaran a los vencidos refugiados en los TEMPLOS costaria trail lic eeiabrioitóss 79 CAPITULO Y Dirt ita 80 Lo que tuvo de crudeza la destrucción de Roma aconteció según usanza de las guerras, y lo que tuvo de clemencia procedió de la potencia del nombre de CTISTO ...coooconcnncninccnnonnnoncnonononcno nono coronan nono nn nono nn nncnnnannnnnnnos 80 CAPITULO Mi NA 81 Gracias y desgracias comunes por la mayor parte a los buenos y a los MaloS ...ooooconnccnoccnocanocanonanannnananananinnos 81 PUE mn 82 Causas de las correcciones que azotan por un igual a los buenos y alos Malos ......ooccnnccnocccanacananoncnanananananns 82 CAPITULO Xi A 84 A los santos no se les sigue quebranto alguno en la pérdida de las cosas temporales......oooncnnnnnnonnnnnonnncmm.. 84 DOE AA e PO PE 87 Em-de:la vida temporal, larga O breve nico cinthia 87 CAPTUOUrt 88

De la sepultura de los cuerpos humanos que, aun no siéndoles concedida a los cristianos, no les quita nada 88

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Razón de sepultar los cuerpos de lOs SAaMtOS .....ooonoconoccconcconcconnnonnnona nono nono nono ncno nono nonnnc cone nn nec nncnnncnnn rra cra cra nrnnss 90 CAPÍTULO: AI a ia 91 Cautiverio de los santos, a quienes no faltaron nunca las divinas conSOlaciOnesS.....ococonoccnocconcconnconncnonccnnncnoos 91 CAPITULO AN RA A A A A EA EOS RO OIR 91 De Régulo, de quien queda un ejemplo de cautividad voluntariamente tolerada por motivos de religión, que, a pesar de todo, no le pudo ser de provecho, porque adorara a los diOSES.....oooonoonincnnoconocononcconaconaconncancconncnnnos 91 CAPTTUDO AN oie 93 Si los estupros que acaso también padecieron las santas vírgenes en el cautiverio pudieron contaminar la virtud del ánimo sin el consentimiento de la voluntad .....ooooncnnnccnnccnoconocnnonnnonnnonncon nono nononoconoconccnnccnnn cnn cnnnnnnnos 93 CAPITULO VTA AAA AA AAA 94 Muerte voluntaria por miedo a la pena O la deshoNra.......ooooncnnncnnncnnonnnncnnonnnnoncnononn nono nono noco nono necnnccnnn cnc nnnc cnn 94 CAPULLO: AV oi A RA A A A A AAA AA 95 Violencia y libido ajena que en su cuerpo forzado sufre la mente contra su voluntad ...oooonccnnconocunaconicnnonnnnnos 95 CARTTULO ADC e 97 De Lucrecia, que se mató por habérsele inferido eStUPIO....oooconccncnnnnonnconocnnonncnnncnnncnn nono noconoconoconccnnncnncnnncnnnnos 97 CAPÍTULO Oda A AA AA A 99 No existe autoridad alguna que conceda a los cristianos, en cualquier caso, el derecho de quitarse a propios la vida voluntariamente in A Ad 99 CAPITULOS Li AA A Ae 100 Asesinatos de hombres que se exceptúan del crimen de homicidiO ....oonoconoconocanonoconaconocannconn nono nono nono nora ncnnnoon 100 CAPTUEO Aslan 101 La muerte voluntaria nunca puede achacarse a grandeza de ÁniMO ..oooococccoccnococonononononnnannnonn nono nono nonanonnncnnnoos 101 CAPRTULO AAA AA pa 102 De qué especie sea el ejemplo de Catón, que, no pudiendo soportar la victoria de César, se dio muerte..... 102 CAPITULOS IV ip AA AAA A AAA 103 En la virtud en que Régulo aventajó a Catón descuellan mucho más los CrIStiaNOS ....ooooconoccnnocnnoccnoncnoncnnnos 103 CAPITULO AA raid 105 Un pecado no debe deponerse mediante OtIO ...ooooocccnoccooncoonnnonnnannonnnono nono nono nono no nono cn nec nn cnn cnn nana nrnanrnanrnnncnnnoos 105 CAPITULO AV AA a 106 Por qué razón debemos creer que hicieron los santos aquellas cosas que conocemos que no son lícitas ..... 106 CAPÍTULO AV lA A 107 ¿Debe desearse la muerte voluntaria por esquivar Un pecado? cocooccnoccnocononoconoconncannconnnonn nono nono nono n cnn ncnnncnnnno 107 CAPÍTULO AXVI A A EA AA 109 ¿Por qué juicio de Dios se permitió que la libido del enemigo se cebase en los cuerpos de los continentes? O E NN 109 CAPV rason 110 Qué debe responder la familia de Cristo a los infieles cuando le echan en cara que Cristo no les libró del TUTO e LOS ENEMULOS A c 110 CAPITULO AR O ai teda 111 De cuán inconfesables prosperidades desean rebosar quienes se quejan de los tiempos cristianos.............. 111 CABTULO OL oo 112 Con qué gradación de vicios fue creciendo en los romanos la pasión de TelMaT...ooconncnnnonncnnncnnncnnnonnnnncnnnno 112 CAPAUTLO: ANA A A AA 114 De la institución de los Juegos ESCÉNICOS....ccoconoccconcconnconnnonanonnonanonnncnn nono no nono none c nn cnn cnn crac rra rnnnrnn nr naar rn cnica 114 CAPETULO AM A IR 114 Vicios de los romanos que no enmendó la destrucción de la patrla ....oooonnccnnncccnonccinocanonocononcnononacnnncccnnoconnnno 114 CAPITULO XXIV A 115 La clemencia de Dios atemperó la destrucción de la UlDe.....ooonconncninccnoconocononoconoconaconaconn cono nono nono nono nonnn cnn nos 115 CAPITULO AXAV tt A 116 Hijos de la Iglesia que hay encubiertos entre los impíos. Falsos cristianos que hay dentro de la Iglesia ..... 116

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CAPITULO AXAV Tori AAA AA E EA A A AAA E A 117 ¿Qué se ha de hacer en el siguiente dISCULSO coooocncccnoccnocanoconononannnnnnon nono ncnn nono no nono cn nnc nn cnn nnnn cnn nro nrnnnrnnncnnnoos 117

CAPÍTULO L cin A A A A AE AA AA EA 118 Norma que por necesidad debe seguirse en este tratadO.....cooccnnnnnnnnnnoccnoncnonononoconaconcconncnnncnnn nono nrnanrnanonn conan 118 CAPÍTULO WM A A 119 De. lo tratado en el primer dibrO ocio 119 CAPITULO 0 A A A a 120 Empleo que se ha de hacer de la historia para demostrar los males que sobrevinieron a los romanos, cuando daban culto a los dioses, antes que se propagara la religión CriStlaNa .....oonnocnnccnocononnconnnonnconnnonononn nono nonancnnnoos 120 CAPTURA A A A A A A AA 121 Que jamás recibieron de sus dioses quienes les rendían culto precepto alguno de virtud y que en sus fiestas les:representaban deshonestidades:ctiitocicorórnnjorrcitrrniesicns ippo ola iere telde dic asartodi contado ido dibetgcnbia 121 CAPTOR A AAA 123 Obscenidades con que la madre de los dioses es honrada por SUS deVOtOS cooocococccocccocnnonncoonconnconnccnnononoconacnno 123 CAPULLO Vii dió 124 Los dioses de los paganos jamás establecieron una doctrina para el recto VIVÍ ..oooconccnnccnocnnocnnooncnnncnnnnonnnos 124 CAPÍTULO la ad 125 Son inútiles los inventos filosóficos sin la autoridad divina, siendo así que a cualquiera propenso al vicio más le mueve lo que hicieron los dioses que lo que los hombres con sus lucubraciones averiguarON....oooooc...... 125 CAPBRTUEO ll as 127 De los juegos escénicos, en los que los dioses no se enojan, antes se aplacan con la relación de sus torpezas ad id aia Pad del na de Dee ad io arde e dedo loo dsd o da 127 CAPITULO TA 0 AAA AAA AAA E 127 Opinión de los antiguos romanos acerca de la represión de las ciencias poéticas que los griegos, siguiendo el parecer de los dioses, querían que fueran libreS .....oooonnnncccnncccnonccononacononaconononnnnnononocnnn no cnnnncnnna nono nc cnna ca rancccnnss 127 CAPÍTULO At AA A AAA AAA AA AE AAA 129 Con qué artera malicia quieren los demonios que de ellos se cuenten crímenes falsos o verdaderos........... 129 CAPITULO ines dos 130 De los autores y actores, que entre los griegos eran admitidos al gobierno de la república, porque les pareció que no era razón despreciar a los hombres por cuyo medio aplacaban a los diOS8S......ooconnccnnncnnocinoccnoncnonoss 130 CAPMTULO Alles dd ios 131 Los romanos, quitando a los poetas la libertad contra los hombres que contra los dioses les habían otorgado, pensaron de mejor que de SUS ÁLOSES ...oooconoccnocnnocononnnonnnnnncnnncno nono nono no cone cnnncnnn cnn nnn rra non nrnn crac rana cnn arrancan 131 CARTULO ATL 0 dis 132 Debieran haber entendido los romanos que los dioses suyos, que holgaban ser honrados con tan torpes juegos, eran indignos de CUÍltO ÁIVINO ....oooooonoccnococonoconoconnconanonn nono nono nono nono nc nn nono nono nono nn cnn cnn nnnn nan n narran nnnnn nina nos 132 CAPITULO ATV ai A A A A AA A AA E 133 Fue mejor Platón, no dando lugar en su ciudad, bien morigerada, a los poetas, que esos dioses que quisieron ser: honrados Con JUELOS:ESCÓNICOS eccontoronied codes riera ai ilá tea 133 CAPITULO At AR EA AAA AAA AA 136 Los romanos crearon para algunos dioses, no por sano juicio, sino por adulación ....oooonnncnnncnnncnnnncnoncnnnos 136 CARTES AN A A 137 los dioses tuvieran algún cuidado de la justicia, de ellos debieran recibir los romanos preceptos para el bien vivir, antes que pedir a otros hombres leyes prestadaS ....ooooonnocnnocnnoconocononoconoconaconnconnconn nono nono nona conc crac 137 CAPRTULO AV A 137 Del rapto de las sabinas y de otras iniquidades que reinaron en la ciudad de Roma por los mismos días, calificados alabanciosamente de DUENOsS ....oooconocccnccconnconnnonnnononononono nono conocio nono cnoconncnnnnnnn cnn cra conan ran crnn nc on anciano 137 CAPLTUEO ANUIES A 139 ¿Qué enseña la historia de Salustio acerca de las costumbres de los romanos, así de las que el miedo coartaba como de las que la seguridad dejaba libres? ......oooncnnnccnncuniccnnnnnnonononononocnnoconoconoconncnnncnnnnnnncrna conan cnn ccoo corn ncnnnoo 139

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Concepción de la república romana antes de que Cristo 1 prohibiera el culto de los dioses .........on.on.......... 141 CAPITULO AN ii id 143 De qué felicidad quieren gozar y con qué moralidad quieren vivir los que culpan a los tiempos de la religión CTISADA ti a ii Ia OA ls li ed ro 143 CARITA a SU it 144 Sentir de Cicerón sobre la república rOMANA ...ooooooccnoconocononononononoconanonnnonncnnn cono nonn conan ona ccoo nooo nono ancora cnn cnnannnanns 144 A 148 Jamás los dioses de los romanos cuidaron de que no se estragase la república por las malas costumbres ... 148 CAPULLO A li A A AAA A A E 149 Las mudanzas de las cosas temporales no dependen de la asistencia u oposición de los demonios, sino del dictamen: del verdadero DOS. Ai IA o At necios Eee 149 CAPITULO A Vi A A E AAA A AA 151 Hechos de Sila en los que aparecen los demonios como SUS AYUAAdOTES....oooocococcnonaconoconnconnnonn nono nono nono ncnnnoos 151 CAPITULO AS Ni 153 En qué grado los malignos espíritus incitan a los hombres a la maldad, interponiendo su ejemplo, a guisa de autoridad divina, para que cometan sus bellaquerías........ooonnonnnccnococococonnconnconnconnnnnn nono nono nono ncnn conocio rn nccn naco nccnns 153 CAPÍTULO AV LAA 155 Consejos secretos de los dioses tocantes a las buenas costumbres, mientras que públicamente se aprendían en sus solemnidades todo género de maldades .....ooooccnncnnnccnoconococonoconoconoconnnnnnconn nono nono nono nono n crono rn nc conc cnnccnnccnnnanns 155 CARMTULOSOY Tai A ad 157 Con cuánto menoscabo de la moralidad pública hayan los romanos consagrado a sus dioses, por aplacarles, las:torpezas:de los: JUSLOS iii e iiO 157 CAPÍTULO AY ia 158 Salubridad de la religión cristiana eiii sc litio inidniactass ibas leidas 158 CAPTULO AAA Aia 159 Exhortación a los romanos sobre el deber de renunciar al culto de los diOSES ......oooooncnnccnnccnnconocnnooncnanonnnoo 159

CAPITULO Li E O A 162 Adversidades que temen solos los malos, y de las cuales el culto de los dioses no ha preservado nunca al MUNI ci UR aiii 162 CAPBULO TER 163 los dioses a quienes de un modo similar rendían culto los romanos y los griegos tuvieron razones para permitir la destrucción de TrOYd comica nica liccctdo addict idade deal iii dai doc 163 CABMTUDO lla AS 165 No fue posible que los dioses se sintiesen ofendidos por el adulterio de Paris, siendo, como siempre, muy frecuente entre:ellOS ios rt alias det el 165 CAPITUDOTV a A ERA A AAA SEA 166 Sentencia de Varrón, según la cual es útil que los hombres se finjan nacidos de los di0ses............oco.c........ 166 CAPULLO Maa as 167 No es creíble que los dioses hayan castigado el adulterio en Paris, habiéndolo dejado impune en la madre de A 167 CABETULO Vin A di 168 Del parricidio de Rómulo, no vengado por los di0SES ....cooconccnnonnnoncnonononcnonononononaconoconncnnncnnn nono nono nrnanrnn conan 168 CAPÍTULO Visa A e 169 Destrucción de llión, llevada a cabo por Fimbria, general de MarlO....oooonnnccnnccnococoncconnnonncononono conc nono nononcnnnoon 169 CAPÍTULO Vlad 170 Se debió Roma confiarse a los dioses de TrOYA ....oooconnoccnoconocononononoconoconononnconncnnnnnnnnonnnrnn nono n conc conan rn nccnnccnnccns 170 CAPULLO ARA ti 171 Si la paz que hubo durante el reinado de Numa debe considerarse como don de los di0sSeS........ooooonocccnncc... 171

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A no nn 172 ¿Debió desearse que el Imperio romano se acreciera con tan vehementes guerras, siendo posible su paz y

seguridad con la misma suerte con que creéis lo fue en el reinado de Numa coocoonccnnccnnoccnonononcnonoconoconocnocnno 172 CAPITULO AL AAA AA EA AAA A A A AE 173 De la estatua de Apolo de Cumas, cuyas lágrimas se creyó que pronosticaban la destrucción de los griegos, a quienes nO: pudo SOCO Meson drd de dscsóó 173 CAPÍTULO AM A AE A AR A AAA E AAA At 175 Cuántos dioses han añadido los romanos a los constituidos por Numa, cuya multitud no les ayudó en nada O A RR RR RN 175 CAPULLO ATL ora ids 176 De qué derecho y de qué alianza usaron los romanos para los primeros casamientos ..oooconccnnccnonncnoncnnonnnos 176 CABÍTULO XIV a 178 De la guerra injusta que los romanos hicieron a los albanos y de la victoria conseguida por la libido de A 178 CAPÍTULO AAA 181 Cuál fue la vida y cuál la muerte de los reyes TOMANOS...oooconnccnocncoonnnoncnoncnononononnocnnoconncnn nana cnn nrnanrnnnrnn conan 181 CAPTUTO A Vda A 184 Primeros cónsules romanos. Uno de ellos expulsó a otro de su patria y luego murió herido por el herido enemigo, después de haberse cometido en Roma atrocísimos parricidiOS ...ocooonoccconcconnnonnconnnnnnnnnn nono nononcnnnoo 184 CAPULLO Ni 185 De qué males fue afligida la república romana después del comienzo del gobierno consular, mostrándose los dioses a quienes rendían culto remisos en prestarles ayUda ....oooconnccnnoccnocononononoconoconoconocnnn conc conc nono nono crac cra nos 185 CAPULLO AN NA ia 190 Cuántos infortunios atropellaron a los romanos en tiempo de las guerras púnicas, pedida con insistencia, pero en balde, la protección de lOS dÍOSES...ciccoconiccncomecirccnito cronica carita ateantnec res dab ate dina nndo cti prtq anne ecos cine ario died 190 CAPITULO: ADS ARA 192 De la aflicción de la secunda guerra púnica, en la cual caducaron las fuerzas de una y de otra parte .......... 192 CAPÍTULO XA a ias 193 La destrucción de los saguntinos, a los cuales, muriendo por conservar la amistad con los romanos, no los auxiliaron los: d1OSES UB ÉSTOS 2 A a 193 CAPÍTULO AM NAAA AAA 195 Cuán ingrata fuera la ciudad de Roma para con su libertador, Escipión, y en qué costumbres vivía cuando Salustio:la pita Opa mitico till ets ess ies teióia 195 CAPULLO Aia SAA 197 Edicto de Mitrídates en el que se mandaba matar a todos los romanos que se hallaran en ASla.............. 197 CAPITULO ATTE A A A A RAS A A 198 Males intestinos que afligieron la república romana, a los que precedió un fenómeno consistente en rabiarse todos los animales que estaban al servicio del hoMbIE ...ooooonconncnincnioconocononononoconoconoconoconn cono nono nrnanrnanrnn conan 198 CAPTTULO ARI Ri 198 Discordia civil provocada por las sediciones de los GracOS ...ooonccnnoccnoconoccnonoconoconoconoconccnnncnnn cono nonnnrna crac crac 198 CAPÍTULO. AV iia 199 El templo edificado por decreto del senado a la Concordia en el lugar mismo de las sediciones y de las TOUICILOS one ronca ett DAS qa AN DEE ar teca cabecita 199 CAPÍTULO: AX Loi in A AAA AAA AAA AA 200 Las diversas guerras que siguieron a la erección del templo de la Concordía......oonccnccnnnccnoconocnnocnnnancnancnnnoo 200 CABELLO TL AR iiO 201 Las guerras civiles entre Mario y Sila ....ooooonnccnoncnoncconnconnnnnnnnnnnnno nono nono nono no nono cono cnn cnn nnnnn cnn cra crnn crac cnn anna crias 201 CAPÍTULO AY ia na 202 Cuál fuera la victoria de Sila, vengadora de la crueldad de MarlO ...ooooonnccnoccnococonoconaconononnconn nono nonn cono nonnncnnnoon 202 CAPITULO AX 2 AA A A AAA E AAA AAA AAA 203 Comparación de la invasión de los godos con las calamidades que recibieron los romanos de los galos o de los:autores"delas:puerras Civiles Ae a iii 203

Enlace de las gravísimas e innumerables guerras que precedieron a la venida de CTIStO ..oooooccnoccnncccnoncnanon 204 CAPITULO: AA AAA 205 Implica gran desvergiienza imputar a Cristo los presentes desastres porque no se les permite el culto de los dioses, siendo así que existieron tamañas calamidades en el tiempo en que les rendían culto ..................... 205

CAPULLO TL aid io 207 Recapitulación de lo dicho en el libro priMero......oooncnncnnncnnoconnonnonnnnoncnnncnn nono nonnno cono cnnncnnncnnn conan ran cra crnn conan 207 CARTTULO Ma 208 Resumen de los libros segundo y tercero ...ccoconoccconccoonnnonnnonnnonnnnononnonn nono no nono cone cnn cnn nnnnn rra cra conan ran rnn arrancan 208 CAPITULO Uli A A A 210 Si la grandeza del Imperio que no se adquiere sino mediante las guerras debe enumerarse entre los bienes de los:sábrios:o:de los felices tenccclonicococelcn tica elit ntipielendi isc eiade lee leia itle betas cióa 210 CAPTULO TA A Ad 211 Semejanza entre los reinos sin justicia y las piraterÍaS ......oonoonnnncnococonaconnconnconnnonnnona nono nono nono nooo n con nc roca nn nero nccnno 211 CAPULLO Visio l tcatises 212 La potencia de los gladiadores fugitivos llegó casi a igualar a la dignidad teal...ooonooonnnnccnnccinocinnnncccnnnnnnnnnos 212 CABÍTULO VE il Si a 213 Codicia del rey Nino, que, por más extender sus dominios, declaró el primero la guerra a sus vecinos ...... 213 CAPUTO Ti AA 214 ¿Depende el auge o la decadencia de los reinos terrenos de la asistencia o abandono de los dioses? .......... 214 CAPULLO Vin 215 ¿A qué dioses atribuyen los romanos el hacimiento de su Imperio, siendo así que creen que debe confiarse a cada uno apenas la defensa de una cosa sola y determinada? coooooonccnoconocononoconoconnconncnnnnnnn nono nono nono c con n conc conan 215 CAU A 217 Si la grandeza y la duración del Imperio romano deben imputarse a Júpiter, a quien estiman sus adoradores LOS SUPLE o A iia 217 CABO A A a 218 A qué pareceres se atuvieron los que a diversas partes del mundo impusieron dioses diferentes................. 218 CAPITULO Ari A A A AAA A A AA A 220 Opinión de los doctores del paganismo, según la cual muchos dioses no son más que el uno y mismo Júpiter E A II Lo LS red ADE Pot dd o Lit IIS ESEO 220 CAPÍTULO AM ARA AA AAA AAA AA AAA 223 Opinión de aquellos que piensan que Dios es el alma del mundo y que el mundo es el cuerpo de Dios...... 223 CABÍFULO LAR 224 De los que afirman que solos los animales racionales son partes del Di0s UNO ....oooconccnnnccnocanoconacnnnnnonanonanoo 224 CAPÍTULO XIV da A AA as 220 Es una incongruencia hacer a Júpiter responsable del crecimiento de los reinos, puesto que si Victoria, como quieren, es diosa, basta para este asuNtO...ooonocccococoncconnconnconnnonacono nono nono nonn nono no nn nono ne cone rn nn nan anne naar ona nena crac ninos 225 CAPITULO: AV Ao la 223 Si conviene a los buenos desear engrandecerSE...oooooocnnoconocononononononoconaconncnnnconnnnnnnnnn non conan cnn ccoo nc on nc rn nc nn naci nacns 225 CAPULLO AN Dro 227 Por qué los romanos, que a cada cosa y a cada movimiento asignaron un dios peculiar, quisieron que el templo de la Quietud estuviera fuera de las puertas de la ciUdad.......ooonnccnnncnoncconnconnnonnnonnnnnn nono nono ncnn corn ncnnnoss 227 CAPULLO Vidas 227 Si Júpiter es la suprema autoridad, debió estimarse también a Victoria por diOSA...ooooonocnnonnnoccconcconcconacónncono 227 CAPITULO A VUE ia 228 Por qué distinguen la Felicidad y la Fortuna los que las tienen por diOSAS .....ooooconocccocnconcconnnonnnonnnonanonncnnnoon 228 CAPÍTULO: A Did A A a 229 E A E O 229

CAPÍTULO AX AA A A E AAA A 230 De la Virtud y de la Fe, a las cuales honran los paganos con templos y festividades, dejando a un lado otros

bienes a los que cumplía rendir culto, de igual modo si se atribuye rectamente a otros la divinidad ........... 230 CAPÍTULO AL A AAA A AA A ds 231 Los que no conocían los dones de Dios, debían haberse contentado con la Virtud y con la Felicidad ......... 231 CARTULO A AN ri RIDOS 22 De la ciencia del culto de los dioses, ciencia que se precia Varrón de haberla enseñado a los romanos ...... 232 CAPTTULO AMES A A E A A AS Aaa 233 Los romanos, veneradores de muchos dioses, permanecieron mucho tiempo sin rendir honores divinos a la Felicidad, única que basta para todos ....ooooconocccococoncconnconncnnnnnnn nono nono nono nc nn nooo conoce conan nec nn aan nnnn cnn rra nrna nena ninos 233 CAPITULO XIV A AA AAA Aia 236 Por qué razón defienden los paganos el adorar como dioses a los dones de DiOS.....oonconccnincnnoconoccnoncnonncnnnos 236 CAPÍTULO ARXV A A A RA A AAA 236 Del solo Dios a quien se debe culto, el cual, aunque se ignore su nombre, con todo, se siente ser dador de la A A ANO O RO 236 CAPULLO AA isos a ri 237 Los juegos escénicos y la celebración exigida por los dioses a sus adoradores ...coocconcccnocanocononnnonnnnnnanancnanno 237 CABÍTUTO AMM AAA 238 Tres géneros de dioses objeto de las disputas del pontífice Escévola ......ooooonncononinonococnconnconcnnnnnnancrnnnrnnncnnnoo 238 CAPÍTULO XV LAA AA 240 ¿Tuvo alguna influencia el culto de los dioses en la consecución y dilatación del imperio humano? .......... 240 CAPEUEOAA Dos tpioidoapi asalaos 240 Falsedad del augurio que pareció ser índice de la fortaleza y estabilidad del Imperio romano ....oonoonnnccn..... 240 CAPÍTULO XA ES a 242 Qué cosas confiesan sentir de los dioses gentiles SUS AdOradores ..coooconccnnccnocnnocnonancnoncnnncnnonnnoconoconccanccnnnnnns 242 CAPITULO OO Dir 243 Opiniones de Varrón, que, rechazando la creencia popular, aunque no llegara al conocimiento del Dios verdadero, con todo, pensó debía rendirse culto a un solo DiOS......oonoocconococonocononccononanononaconoconancnonnacnnnnccnnnos 243 CAPULLO AAA ia A 245 So color de qué interés quisieron los jefes de los gentiles que entre los pueblos a ellos sujetos se mantuvieran E A NN OS TA 245 CAPFULO AXATI 246 La ordenación de la permanencia de los reyes pende de los juicios y del poder del verdadero Dios............ 246 CAPITULO ARI A AA Ai 246 El reino de los judíos fue instituido y conservado por el único y verdadero Dios mientras permanecieron en la. verdadera reliSlÓN: ulcera isis 246

A 248 CAPULLO 249 La causa del Imperio romano y la de todos los reinos ni es fortuita ni consiste en la posición de las estrellas a ii 249 CAPÍTULO TR 251 Semejante y desemejante salud de los Mielgos ......oooonncninccnoconocanonoconaconnconncanncono nono nono nono nono nono n conan nn nero nccnnccns 251 CAPITULO laos 2 Argumento de la rueda del alfarero, aducido para la cuestión de los mielgos por el matemático Nigidio.... 252 CAPITULOTY AAA A AA AA AAA A 253 De los mielgos Esaú y Jacob, tan dispares entre en sus costumbres y ACCIONES ..ocoocccocccnoccnocnnannnnnnonncnanno 253 CAPÍTULO Vesta Sia 254 ¿Cómo convencer a los matemáticos de la vanidad de la ciencia que profesan? c.oocoocccnnccnoconocnnacnnnoncnannnannos 254 CAPÍTULO Vi A AAA AAA A A A 256

CABÍRULO VI. cin 234 Elección de día para tomar mujer o para plantar o sembrar algo en el Campo ..ooooonccnocccancconnonnnonanonnonanonnnoo 257 CABÍTULO VW ria 258 De los que dan el nombre de fatalidad no a la posición de los astros, sino a la conexión de causas que pende de'la: voluntad de DiOS. + iio a iia aa e 258 CAPITULO Pi A 260 La presciencia de Dios y la libre voluntad del hombre. Contra la definición de Cicerón ...ooonoccnnncnnocnnoncnnnosn 260 CAPITULO aa 265 Si las voluntades de los hombres están sujetas a alguna necesidad....ooooconccnccnocnnocnnocncnoncnoncnonononcronccnnaconacnno 265 CAPULLO oa 267 De la providencia universal de Dios, cuyas leyes abarcan todas las COSAS....cooonoccconccoccconcnonnnnnnnnno nono nonononnnoo 267 CAPÍTULO Airis A Ai A 268 Por qué costumbres merecieron los antiguos romanos que el Dios verdadero, aun sin adorarlo, acrecentara su IPETIO nestorcatino Deslscpal licitar sctbbe estoi 268 CAPULLO AM Ade 212 Del amor de la alabanza, que, aunque es vicio, se le tiene por virtud, porque por él se cohíben mayores vicios ratita altiro leto leandra slats 272 CADETULONI SAA AE ERIN 273 Obligación de cercenar el amor a la alabanza humana, porque toda la gloria de los justos está en Dios...... 273 CAPTTULO AN a Aa O ita 210 Galardón temporal dado por Dios a las buenas costumbres de los TOMANOS ....ococonocccoccconnnonnnonnnonn nono nonancnnnoo 275 CABITULO AV Li A a 213 Galardón de los santos ciudadanos de la ciudad eterna, a quienes son útiles los ejemplos de virtudes de los TOMANOS 2 rodante edita t Dia La ais ASE DR E EL EIA ae Ai e DOUE EEE ee det 275 CAPULLO AT AAA A A EA AAA A A 276 Con qué fruto libraron las guerras los romanos y cuánta utilidad reportaron a los vencidoS .......oonoonnn........ 276 CARTULO-A VR A O ANS 2717 Cuán ajenos a la jactancia deben ser los cristianos si hicieren algo por amor de la patria eterna, habiendo hecho tanto los romanos por la gloria humana y por la ciudad terrena ...ooooonnccnnonocinocccononononcnononacnnnnoconcccnnnnos 2717 CAPÍTULO AD A 281 En qué difieren el deseo de la gloria y el deseo de doOMiNIO....ooooonnccnnoconocononononoconoconoconoconnconn nono nono nrna crac cnn nos 281 CAPITULO id AAN te 283 Tan torpe es supeditar las virtudes a la gloria humana como al deleite del cUerpo.....oconccnnncnnncnnoconoccnoncnnnnss 283 CAPÍTULO AL a A A AAA ADA AAA A AE AA 285 EL IMPERIO ROMANO FUE DISPUESTO POR EL DIOS VERDADERO, DEL CUAL PROCEDE TODA POTESTAD Y CUYA PROVIDENCIA RIGE TODAS TAS COSAS siii a 285 CAPULLO: ATi dl 286 La duración y los desenlaces de las guerras penden del juicio de DIOS.......oonoccnoccnocccococonnconnnonnnonnnonancnnnonnnoo 286 CAPULLO AA 287 De la guerra en que Radagasio, rey de los godos y adorador de los demonios, en un solo día fue vencido con sus:inmensas. huestes atinada sisi vic lacio cti od 287 CAPULLO A a ARA 288 Cuál y cuán verdadera sea la felicidad de los emperadores CriStiaNOS ....ooooconococococonoconnconncono nana nono nono nono ncnnnoon 288 CAPITULO AX 289 Prosperidades concedidas por Dios a Constantino, emperador CristlaNO ...oooooccoccconcconnconcconnnonnnonn nono nonancnnnoo 289 CABITULO-AX LN NS 290 Fey piedad:de: Teodosio. AUDUSO insti id 290

PrÓLOBO:: icons elias ist puetie biela leslsirle ted epabetaceÍ 294

CAPITULO Lis A AA A 298 Qué cumple creer sobre la sentencia de Varrón acerca de los dioses de los gentiles, de los cuales descubrió tales géneros y ceremonias, que los hubiera tratado con mayor reverencia si los hubiera en absoluto

SUENO A A e rl A A aer nro 298 AAA o OO 299 Cuál sea la división dada por Varrón a los libros que compuso sobre las «antigiiedades de las cosas humanas A O CR CR RON 299 CAPRUEOT Soiaaioa 300 De ea disertación de Varrón resulta que las cosas humanas son más antiguas que las divinaS.............. 300 CARÍTUTO Vasa 302 Tres géneros de teología según Varrón: uno, fabuloso; otro, natural, y el tercero, CiVil ....oooonnninnnnnncnnconn..... 302 CAPÍTULO A AA AA ie 304 De la teología mítica, o sea de la fabulosa, y de la teología. civil, contra VattÓN...oconconnccnnnnnnccnnoncnoncnnnnnnnnos 304 CAPULLO Vado 306 Semejanza y concordia entre la teología fabulosa y la CiVil......oonnconncninccnncnoncnnoonnncnnnnnonanonononn nooo cconncnnn ccoo ncono 306 CARBTULO VW NE 309 Interpretaciones de las razones naturales que los sabios paganos se esfuerzan por hacer ver en pro de sus MOSES ind 309 CAPÍTULO DEA AE 311 Oficios. de cada: Uno.de LoS: d1OSES isticlttenrts iria silla dnde ls idad 311 CAPÍTULO Mir ASE AA 315 Libertad de Séneca, que reprende más acremente la teología civil que Varrón la fabulosa..........oo............ 315 CAPULLO tri rep 318 sentir de Séneca sobre los Judi. iii 318 CAPÍTULO AT A sa 318 Descubierta la vanidad de los dioses gentiles, no puede ponerse en duda que a nadie pueden dar la vida eterna los dioses que no secundan la temporal ...ooooonnccnnccnocanoconocnnonnnonnconncon nono nono nocnocnnncnnncnnnnnnn nono nrnnnrnnncnn noo 318

PrólOBO cuca ita tesina esos asin in esconde da oe od acerco tetona ostias cies 320 CAPTA A 321 Probado que en la teología civil no hay divinidad, ¿es creíble que pueda hallarse en los dioses selectos? .. 321 CARÍTULO IL rt a 322 Cuáles son los dioses elegidos y si se les excluye de los oficios de los dioses plebeyos .........ooonocnnnnnnnccoocos. 322 CAPTOR A 323 Nulidad de la razón aducida para mostrar la elección de algunos dioses, siendo más excelente el cometido asignado:a Muchos InÍerlOtES coccion iria ternero reedita its tre aseo 323 CAPELLA A 326 Obraron mejor con los dioses inferiores, a los que no infamaron con baldones, que con los selectos, cuyas A A 326 CAPITULO Moi ida 321 Doctrina más secreta de los paganos. Las razones TÍSICAS ...ooooonoccnnoninocononononononaconoconaconocnn cnn conan ran crac cnn cria nos 327 CRB Va 329 Opinión de Varrón según la cual Dios es el alma del mundo que en sus partes tiene otras muchas almas, y la naturaleza de Éstas:es di coro a ted 329 CABTULO Via AAA A 329 ¿Está dentro de razón hacer dos dioses de Jano y de TérmMiNO? dooooonnnccnocccococoncconnconnconnnonn nono nono ccoo ccoo nono ncnnnao 329 CAPTULO Via aia 331 ¿Por qué razón fingieron los adoradores de Jano su imagen bifronte, siendo así que también la han querido de CUA CAS A A A A Ad 331

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CAPÍTULO DA A A A AAA AA AE AAA 332 Poder de Júpiter en parangón CON JANO ..ocooonoccnoncconcconnnonnnonnnonn nono nono nono nc nono nono none c nn nnnn cane nan n ran nrnn crac ran arrancan 332 CAPÍTULO A AA O A 334 ¿Es razonable la distinción entre Jano y Júpiter? c.ooooconnccnocanoconocnnoonnonnconncon nono nono noc noc nncnnnnnnnnnnn nono nrnanrnnncnnnoos 334 CAPITULO AT A AAA EAS A AS A 334 Sobrenombres de Júpiter que hacen referencia no a muchos dioses, sino a UNO Y MISMO ..cocooccoccconcnoncconacnno 334 CAPULLO XIV a 336 Oficios. de Mercurio: y: de.Marte duccootosnscisssrpoestelo acredite oriente idas laca toco lolierr delgada 336 CAPITULO: A Vi AA A 337 Algunas estrellas a las que los paganos dieron los nombres de lOs diOSES .......ooooonnncnoccconcconononcnonncnanonnonnnoo 337 CAPULLO 338 Apolo, Diana y demás dioses selectos que quisieron fueran partes del MUNDO ....ooccnnccnnnccnocanoconocnnannnonnninnno 338 CABUTULO A VILA 339 Varrón mismo da como ambiguas sus opiniones sobre los diOSES .......ooocnoccnoconococonaconnconnconnnnnc crac nrno nono ncnnnoon 339 CARTULO:A VE OA 340 Cuál sea la causa más creíble inspiradora del error de la paganidad......ooonncnnnccnoccconcconnconnconnnonn nina non nonancnnnoon 340 CAPULLO ADS ida daos 341 Interpretaciones en que se apoya la razón de dar culto a Saturno ...ooooconocccoccconoconnconnnonnnnnn conc nono nonn conocio rn ncnnnos 341 CAPITULO OC io Da 342 Eos misterios de Ceres -EleusiDa oil cistitis sede deecapelesreiiecte bot iecii elena 342 CAPITULO: Aa A te 343 Torpeza de los sacrificios celebrados en honor de LÍbero......oonoconincnnncinoconocononoconoconaconnconn cono nnnn nono nonnnnnc crac 343 CAPÍTULO AL Andas 344 Neptuño; Salacia y Vella ius li ada. 344 CABMTULO AMA AA Rió 345 La tierra. De ella afirma Varrón que es diosa, porque el alma del mundo, que se tiene por Dios, discurre también por esta parte ínfima de su cuerpo y le comunica su virtud diVINA....oooocononccocnnonnnonnnnnnnonn nono nonnncnnnoos 345 CAPITULO AI ii AO 347 Sobrenombres de Telus y sus significaciones. Aunque son signos de muchas cosas, no debieron confirmar las opiñiones. del poltteiSIMO) eiii e dd EEE E e 347 CAPÍTULO-AXV a A AA AA AAA 349 Interpretación hallada por la ciencia de los sabios griegos sobre la mutilación de AtlS....oonnoncnnnnnnnnninnccnnnoo. 349 CAPITULO NAAA 350 Torpeza de los misterios de la gran Madr8 ...ooonnccnnncnconnnocanonononnnonncnnncnn nono nono noc neon cnn nnnnn nana nona nono conan cnn a con n conan 350 CAPTTULO AA itdas 351 Quimeras de los fisiólogos que ni rinden culto a ia verdadera Divinidad ni rinden el culto que se debe a la Divinidad Verdadera ui A A e 351 CAPITULO XV TL AAA AS RA 333 La doctrina de Varrón sobre la teología se contradice a MISMA ..coooccnoccnocononcnonoconaconnconncann nono nono nono nonnncnnnoon 353 CAPÍTULO ATA AAA A AA A A A A 354 Todo lo que los fisiólogos refirieron al mundo y a sus partes, debieron referirlo al Dios uno y verdadero.. 354 CAPTEULO-A A OA A 339 Distinción entre el Creador y las criaturas. Con ello se evita el que se culto a tantos dioses cuantas son las obras:de:aquel Uta lat 355 CAPÍFULO AX NE 356 Qué beneficios presta Dios a los seguidores de la verdad, además de la largueza común y general a todos los NN 356 CARITULO2OA E sr 33 El sacramento de la redención de Cristo no faltó en los tiempos pasados y siempre se predicó con diversas SISNIfICACIONES cit rails 357 CAPITULO a Ab 358

Sólo la religión cristiana pudo descubrir la falacia de los espíritus malignos que se gozan en el error de los

DOME tii A AA A A A A RAE AA 358 CAPITULO AATV iaa 359 Aparición de los libros de Numa Pompilio en que se contenían las causas de los misterios. El senado los mandó quemar para que no se conocieran aquéllaS.....ooooonconnccnnccnoccnooncooncnonononononoconccnnncnnncnnnnnnnnona conan cnn ncnnnoon 359 CAPTA E TA oe 360 La hidromancia era el embeleso de Numa, porque veía algunas imágenes de demonioS coooconoccnocnnnoncnancnnon 360

CAPITULO Li A A IA 363 Cuestión a discutir con los filósofos más excelentes sobre la teología natural .....o..ooncnnnccincnnnconnccnnncnnacnnanoo 363 CAPÍTULO Ta A E AAA AAA AAA A 365 Dos escuelas filosóficas, la itálica y la jónica. SUS AULOTES ...oooonocnnoccnocononoconoconaconncnnncnnncnnnnrno nono ccoo ccoo cnica cra 365 CAPITULO Li Aaa 366 La disciplina: SOCTÁICA uc at e ln da di estad dia 366 CAPITULO a A A A AE 368 El principal discípulo de Sócrates, Platón, dividió toda la filosofía en tres partes ....oooconccnnccnncnnnccnnanonancnannon 368 CAPÍTULO Y ii A A E EA AA A A A td 370 Sobre teología debe disputarse principalmente con los platónicos. Su sentir debe anteponerse a los dogmas de:todos los LOS a nt a a On IDO oa elo cas eeNc 370 CAPITULO Vray 313 Sentencia de los platónicos en la parte de la filosofía denominada FÍSICA ....oooooconinnnnncnnocnnoncnonconnccnncconacnnacnns 373 CARBÍTUEO VI 374 A cuánto asciende la excelencia de los platónicos en la lógica, o sea, en la filosofía racional...................... 374 CAPÍTULO Vlad A AA E AA AA ARA 313 También en la filosofía moral llevan la palma los platÓnicOS ......ooonnnccnoccnocaconcconnconnconanono nono nono nono conocio ron ccnnnos 375 CAPULLO sia operar 317 La filosofía que más se acerca a la verdad de la fe CriStiaMa ...ooooonncnnoccnococonoconaconnconnnonn conc nono nono n ran conocio ran ccnnno 377 CAPITULO its A A A 377 Excelencia del cristiano piadoso sobre la ciencia filOSÓÍICA......ooonnncninccnoccnocononaconoconaconnconn conc cono nono nono conan cinco 377 CAPITULO Ti A A A 379 De qué medios pudo servirse Platón para adquirir aquella visión rayana en la ciencia cristiaNa............. 379 CAPHULEO A 381 Los platónicos, a pesar de que sintieron bien del Dios uno y verdadero, estimaron que se debían sacrificios a MUCOSAS A A A LE a St 381 CAPWEOA psa 382 Sentir de Platón sobre los dioses. Los define como buenos amigos de las virtudes........ooonccnocononcconcconncnnnanns 382 CAPTTUTO ATV AA da 384 Las almas racionales son de tres géneros: celestes en los dioses, aéreas en los demonios y terrestres en los hombres: -Opimión de ÉstOS cuisine 384 CAPITULO sl ii A 386 Los demonios no son superiores a los hombres, ni por sus cuerpos aéreos ni por habitar regiones más Elevada ini A as 386 CAPITULO AV Lit A A AAA A AAA 387 Sentir del platónico Apuleyo sobre las costumbres y las acciones de los demoni0S ....ooooonoconococococonccanncannnóns 387 CAPULLO VS E 388 ¿Es digno que el hombre tribute culto a aquel espíritu de cuyos vicios conviene sea librado?..................... 388 CAPITULO AV A A A RA A 390 Cuál sea la religión que enseña que los hombres, para granjearse a los dioses buenos, deben usar de los demonios como de abogados vmcioociitccin tii ia a iia 390 CAPITULO DA AA A A AA 391

Impiedad del arte mágica, que estriba en el patrocinio de los malignos espírItUS ....oooconoconncnnnonnnoccnoncnanncnnnos 391

CABTULO A A 372 ¿Cumple creer que los dioses buenos comunican de mejor gana con los demonios que con los hombres? . 392 CAPÍTULO Oir AA AA A A e 393 ¿Usan los dioses los demonios como de mensajeros e intérpretes, e ignoran que son engañados o quieren enganarlos Pi a AA a aia 393 CAPULLO: AAA 395 Obligación de denunciar al culto de los demonios. Contra Apuleyo......conconccnnconnccnocnnnancnonononcnonoconoconaconacnno 395 CAPULLO A aaa 396 Sentir de Hermes Trismegisto sobre la idolatría y dónde pudo conocer que debían suprimirse las SUPETSTICIONES EDIPCIAS A a a 396 CAPITULO ART a SS ARAS 399 Hermes confiesa el error de sus padres y, con todo, se lamenta de que tenga que ser abolido ..................... 399 CAPITULO AAN od 403 Cosas comunes a los santos ángeles y a los HOMDIES ....oconoccnnccnocanocaconncooncnonononono nono noconocnnccnnnnnnn nono nrnanrnnncnn noo 403 CAPITULO:AN VS SA 403 La religión de los paganos se redujo a adorar a hombres MUertoS ...ooooonoccnoconococonoconcconnnnncnnn nono nono nonnncnnncnnnoos 403 CAPULLO XA VU An 406 Cómo honran los cristianos a SUS MÁTTITES ..oooonocccocccoonnnnnnnonnnnnnonnnonnncnn nono no nono cone cn nn nn anne rra rra conan rnn cr anar ronca nas 406

CAPITULO AA AA A A A Na td 408 A qué punto ha llegado el discurso y qué resta por tratar aún sobre esta CuestiÓN ...ooooconnccnnccnocnnocnnncncnancnanno 408 CAPITULO La A A A A A AAA 409 Si entre los demonios, a quienes son superiores los dioses, hay algunos buenos, bajo cuya protección pueda el alma humana llegar a la verdadera felicidad ......oononnncnncunnconocanoonnonncooncnnnon noc noconocnnncnnncnnn nono nrnnnrnnnrnn conan 409 CAPRUEOT or 410 Atribuciones que da Apuleyo a los demonios, a los que, sin substraerles la razón, no les asigna nada de virtud A A A AA A A A AD A td aaa 410 CAPULLO TV it 411 Perturbaciones que ocurren al ánimo. Sentir de los peripatéticos y de los estolCoOS .....cooconoccnnocinocononcnonccnnass 411 CABÍTUDO Visa A Aia 414 Las pasiones, que afectan a los ánimos cristianos, no conducen al vicio, sino ejercitan la virtud ................ 414 CARO Van A AAA 416 De qué pasiones son objeto los demonios, según confesión de Apuleyo, que afirma que su ayuda favorece a los.hombres:ante lOS:d1OSES :cciostotaiteit tica eos dei sered iii cciónireldcon da 416 CAPULLO MM A A A 416 Los platónicos creen que los dioses han sido infamados por las ficciones de los poetas, haciéndoles librar combates de afanes contrarios, siendo éstos obras de los demonios, no de los diOSES ....oococononococonononananananon 416 CAPULLO MAS TI 418 Definición de Apuleyo de los dioses celestes, de los demonios aéreos y de los hombres terrenos............... 418 CAPITULO A A O A a 419 Si por la intercesión de los demonios puede granjearse la amistad de los dioses celestes ...........onoononnnnn.... 419 CAPÍTULO A A A AAA A das Ea 420 Según el sentir de Plotino, son menos miserables los hombres en el cuerpo mortal que los demonios en el A NR ON 420 CAPTTULO AAA A AAA A AA AAA ASE 421 Opinión de los platónicos según la cual las almas de los hombres son demonios después de la muerte ...... 421 CAPÍFOLO TS A ie 421 Ternos contrarios, que, según los platónicos, distinguen la naturaleza de los demonios de la de los hombres A E ON 421

CAPTURA AA 422 Cómo los demonios, sin ser felices con los dioses ni miserables con los hombres, son medios entre ambas

partes, sin comunicarse ni CON UNOS NI CON OÍTOS cooocococccocononoconoconoconnnnnnnnnnnnnn nono nono nr non con n cnn n cnn nano n ecc rca nannnnnnnos 422 CAPÍTULO Alai A A AAA AA SAA AA 424 Si pueden los hombres, siendo mortales, ser felices por la felicidad verdadera.....oonoconnncnnnnnnnccnoccnoncconnconncono 424 CABÍTULOAN AN AAA 425 El hombre Cristo-Jesús, mediador entre Dios y lOs HOMDEES......oononnccnoccnocononoconoconaconoconn cono nnnc nono nono nonnncrnn nos 425 CAPI A a 427

Si es racional la definición dada por los platónicos sobre los dioses celestes al decir que, hurtándose a los contagios de la tierra, no se mezclan con los hombres, a quienes sufragan los demonios para allegarse la

amistad delos: dE ii ado 427 CABTULO AM a ia 429 Para la consecución de la vida feliz, que consiste en la participación del sumo bien, no necesita el hombre de un mediador tal cual es el demonio, sino tal cual es CTIStO ....ooononococicicanananananananonanananananononono nono nono nono nanaaanan nos 429 CABMULO XA VU ais a a ic 430 La falacia de los demonios, al prometer con su intercesión el camino hacia Dios, tiene una única pretensión: desviar a los hombres del camino de la Verdad ...ooooonnconoccnocanocunocnnocnnonnconncon nono nono nocnocnn cnn n conc conc rra conan canaria neos 430 CARTULO XIX a 431 La denominación de demonios tiene ya entre sus mismos adoradores un significado peyorativO................ 431 CAPULLO AAA IO 432 Cualidad de la ciencia que hace a los demonios SOberbioS .....ooooonnncnnoconocononoconaconncnnncnnncnnnc nan nono crnn nono n cra cra 432 CAPULLO A E A A A AAA 433 Hasta qué punto quiso el Señor descubrirse a los demonios ....ooooonocnnoccnococonoconoconnconnconnnnnn nono nono ccoo ccoo coran crac 433 CABTULO Mao 434 Diferencias entre la ciencia de los santos ángeles y la de los demonios .....oonocccoccconcconocannconnnonnnonn nono nononcnnnoon 434 CAPULLO: AA A AA 435 El nombre de dioses, que es común por autoridad de las divinas Escrituras a los ángeles santos y a los hombres justos, se aplica falsamente a los dioses de los gentiles.........oonconncnincnnncnoncconcnnncnnocnnnncnonncnn corn nonnnoss 435

CAPITULO agotar ia pis 438 Los platónicos han definido también que la verdadera felicidad la da sólo Dios, tanto a los ángeles como a los hombres. Pero se cuestiona si los ángeles, que creen se les debe culto por la felicidad, quieren se

sacrifique sólo a Dios O también a MISMOS ..ooooocccncnconcconncooncnnnononononononononncnnnnnnn nono nonnnrnnnrnn nc ona cnn n cnn nc nn necnnecns 438 CAPTUEO Lati AT a A ii 441 Sentir del platónico Plotino sobre la iluminación SOberana......oooonccnnncnoncnnonanocnnonnnnnncnoncnn nono no nn noc no conc cnn nccnnnóns 441 A 443 El culto verdadero de Dios. Los platónicos, aunque entendieron al Creador del universo, se desviaron de ese culto, rindiéndolo, con honor divino a los ángeles buenos y a los MaloS.....ooooonoccnocccococaccconnnonnnonnnonanononcnnnoo 443 CAPTULO IV A A A A ARA 445 El sacrificio se debe al Dios uno y Verdadero.....ooooconncnnonanocanoconocnnonnnnnono nono nono nono no cone cnncnnnannnnnnnnrnanrnanrnnncnn neos 445 CAPÍTULO Y A EA AA AAA A E 445 Sacrificios no requeridos por Dios, pero que quiso se observaran para significar los requeridos................. 445 CAPTULO Vita ap Ae At 447 El sacrificio verdadero Y perfectO....ooooccnncccnnonaconoccnonenonnnnnnnnncnnnoconnnnnonnnccnnn conan nro nn anno nc cnnn nana nn nr nn naaa rca cnncnnnnns 447 CAPÍTULO VTA A A A 450 El amor de los santos ángeles se reduce a que quieren que nosotros seamos adoradores, no de ellos, sino del Dios;¡UNO Y Verdadero. ima a ld a 450 CAPITULO VIT. A a Ad 450 Milagros que Dios se dignó dar a sus promesas para alentar la fe de los piadosos, aun por ministerio de los O ON NO 450 CAPTULO LA A AA AAA 452

Artes ilícitas usadas en el culto de los dioses. Indecisiones del platónico Porfirio sobre las mismas ........... 452

CAPÍTULO A sin 454 La teúrgia promete a las almas una falsa purificación por invocación de los demonioS....ooconccnnccnnonnnoncnnnoon 454 CRETA A A a az 455 Epístola de Porfirio al egipcio Anebonte. En ella le pide ser instruido sobre la diversidad de demonios..... 455 CAPULLO AI ii AA AAA AA AAA AAA EA 458 Milagros que obra el verdadero Dios por ministerio de los santos ángeles.......o.oonncnncnnnnnnnconncnnocnnonnnnnncnnnoo 458 CARTULO MA 459 Dios, invisible, a veces se ha mostrado visible, no tal cual es, sino según la capacidad del que lo ve ......... 459 CAPITULO NIN da AA A A A 460 Al Dios único se debe culto no solamente por los beneficios eternos, sino también por los temporales, porque todas las cosas subsisten y penden de su providencia ..oocooccnnccnocnnocnnonnconncnnnononoconoconoconncnnnannnnonanonanrnanrnnncnnnoos 460 CAPITULO: A Vins Aa 461 Ministerio de los ángeles, instrumentos de la Providencia de DiOS.....oooonnnccnocccococonnconnconnconononononn nono nonononnnoo 461 CAPULLO AV ias 463 ¿Debe creerse, para arribar a la vida feliz, a los ángeles que exigen se les rinda culto con honor divino, o debe creerse a los que mandan servir con santa religión no a sí, sino al Dios UNO coooconnccnincniccnnoncnoncnncnonnss 463 CAPEULOA VAS 466 El Arca del Testamento. Milagros divinamente realizados para encarecer la autoridad de la ley y de sus Promesas. dra da tdo io iros isso 466 CEA A ES ai 467 Contra los que niegan la fe a los libros eclesiásticos con que Dios instruyó a su pueblo..........oononnnnnnn....... 467 CABMTULO XIX ira AD 468 Razón del sacrificio visible que, según la religión verdadera, debe ofrecerse al Dios único verdadero e MIS IDlO la tor isa it A E a EA A a o E ONG cta 468 CAPITULO: AX AR AAA AR AA AA AA A 469 Del supremo y verdadero sacrificio efectuado por el Mediador entre Dios y los hombres.......oo.ononnnnn....... 469 CAPULLO A AE ca 470 Modo del poder dado a los demonios para glorificar a los santos por el aguante de las pasiones. Los santos vencieron a los espíritus aéreos no aplacándolos, sino permaneciendo fieles a DIOS.....oooonocnnncnncnnononnncnnnos» 470 CAPÍTULO AM 472 ¿De dónde les viene a los santos el poder contra los demonios y de dónde la verdadera purificación del COLÓ ln id 472 CAPITULO A A a 473 Principios en que se basa la purificación del alma según los platÓnicoS........ooonoccnonccoccconaconannncnnncnrnnono conocen 473 CAPULLO AA A A 474 Principio uno y verdadero, único que purifica y renueva la naturaleza huMaNa ...ooooonccnnnonincnnocnnoccnnncnnnncnnno 474 CAPITULO RAS aaa, 475 Todos los santos, tanto bajo el tiempo de la Ley como bajo los siglos primeros, fueron justificados en el sacramento Yienda le de Oi AA AA a is 475 CAPITULO AA Ra 477 Inconstancia de Porfirio, vacilante entre confesar al Dios verdadero y el culto de los demonios................. 477 CAPÍTULO. AXVU Ao 479 La impiedad de Porfirio transciende aun el error de ApuleyO.....ooooconoccnoccnocononaconnconnconnnono nono nono nono ccnn corn nccnnnos 479 CAPULOAA MA iii 481 ¿Qué convencimientos cegaron a Porfirio, ceguera que no le permitió conocer la verdadera sabiduría, que es A 481 CAPITULO DE A RSE PASEA AA EIA 482 La impiedad de los platónicos se avergiienza de confesar la encarnación de nuestro Señor Jesucristo........ 482 CAPITULO ARA A A A E A da 485 ¿Qué refuta y en qué disiente Porfirio del sentir platÓniCO ...ooooconnccinccinccnocononononoconoconnconn cono nono nono nono nrnnn crac 485

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Contra el argumento de los platónicos con el que afirman que el alma humana es coeterna a Dios............. 487 CABO: AX oi A A A A AS 488 El camino universal para la liberación del alma. Porfirio, por buscarlo mal, no dio con él. Sólo la gracia cristiana:lo descCUbTIÓO ui ta diras 488

CAD Laia 494 Aclaración sobre la segunda parte de la ODIA .....ooooonncnnnccnocanoconocnnoonnooncnn nono nononoco noc noconncnnncnnnnnnnnrnanrnnnrnn aran anos 494 CAPÍTULO AA AAA ARA 496 Conocimiento de Dios y medio único para CONSEguirlO ....ooooccnnnonnccnnoncnoncnonononocnoconocnnccnnn conc nnnn nono nrnanrna conan 496 CAPITOL Ml A A AAA A As 497 Autoridad de la Escritura canónica, creación del Espíritu dIVINO ....ooooonoccnococonoconocannnonnnonn nono nono nono ncnn nono ncnnnos 497 CAPULLO Void 498 La creación del mundo. No es ni intemporal ni ordenada por nuevo consejo de Dios, como si hubiera cambio AE A O 498 CAPTULEON ordre 501 No deben imaginarse ni infinitos espacios de tiempo ni de lugares antes del MUNDO ...oooconnccnincnnocononcnoncnnas 501 CABÍTULO Virada aa 502 El principio de la creación del mundo y de los tiempos es Único y simultáneo ....oocooncnnncnnocnnocnnacnnnonnnancnanno 502 CAPULLO MT A 503 Cómo eran los primeros días, que tuvieron, según la narración, mañana y tarde, antes de la creación del sol RN 503 CAPLIO AS 505 Qué interpretación debe darse al descanso de Dios después de la creación, efectuada en seis días.............. 505 CAPO A A Ea 506 Qué debe pensarse sobre la creación de los ángeles según los testimonios diVINOS ....oooocccoccnoncconoconaconncnananns 506 CAPITULO de 509 La Trinidad, simple e inmutable. Padre, Hijo y Espíritu Santo, es un solo Dios. En ella no hay distinción entre. la cualidad yla SUDSTancIa -eecoooroconisnnoniila diosas iba nani ica idos datos 509 CAPITULO A A E A AA EA 511 ¿Gozaron los ángeles apóstatas de la felicidad de que han gozado siempre los ángeles buenos?................. 511 CAPLIO 513 La felicidad de los justos y la de los primeros padres en el paralSO ....oooocnnccnococococonnconnnonnconn nono nono nono nonn conan noo 513 CAPULLO AAA 514 ¿Cómo o con qué conocimiento fueron creados los ángeles todos? ....oooocnnccnocacococoncconnconnnonnnnnn crac cnn nono nonnnoo 514 CAPITULO XIV A AA EA 516 ¿Qué figura literaria se emplea en el referido pasaje? ...oconcononcninonicanooncnonononoconononoconoconncnnncnnnnnnn conc n ona nrnnncnn anos 516 CAPITULO SiS AA 516 ¿Cómo debe entenderse esto: «el diablo peca desde el principiO»? c.oooonccnnccnococonoconoconnconnnonn nono nono nono nrnn ccoo noo 516 CAPÍTULO AV A A AR 1 La gradación en las criaturas. Criterios de la MISMA ...oooconncnnnnnnnnonoonnonnconnconncnn noc nocnocnnccnnnnnnn nono cra nrnnnrnnncnn anos 517 CAPÍTULO AV AA 519 El vicio no es naturaleza, sino contrario a la naturaleza. Y la causa del pecado no es el Creador, sino la Volta tt o Ad Ed dad LS tt Ia Ia 519 CAPULLO AVE AAA A AAA AAA AA ERA A 520 La belleza del universo en la Oposición de CONETArIOS ..ooconoccnnconocnnonnnonnconncnn conocen noconocnnncnnncnnn nono nrnnnrnnnrnnncnnnoos 520 CAPULLO DIAN ITA 521 ¿A qué debe uno atenerse respecto a aquel pasaje: «Dividió Dios entre la luz y las tinieblas»? .................. 521 CAPITULOS A A 522 Exégesis del pasaje siguiente: «Y vio Dios que la luz era buena» ...ooooonoccnoconocononoconaconnconnconn nono nono nono nonn conan 522

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CAPÍTULO AL A AAA AAA AA AAA A 522 Ciencia y voluntad eternas e inmutables de DIOS ....oooconccnnccnocanocnnoonnnonononcnnnon noc nocnocnnncnn cnn nnnnnrnnnrnanrnnncnnnoos 522 CABO: Alas Ai 524 Algunos errores sobre la existencia de Un principio Malo......ooonnconnnnnnncnnoconocononoconoconaconoconn cono nnnn nono nrnnnnnnn crac 524 CAPÍTULO AM a O A O AA 526 Un. error de Orendain daa 526 CABITULO AIN A 528 La Trinidad divina dejó en sus obras las huellas de SU presencCia.....ooocnnccnococoncconnnonnnonnnonn nono nono nono ncnn nono ncnnnos 528 CABÍTULO:AXV di AAA AA 530 División de datos A e 530 CAPTA AA a oia 3% Imagen de la Trinidad en la naturaleza huMana .....oonconnccnocanoconocnnonnnonnconncon conocen noc nocnnncnnn nan nono non nrnanrnnncnn neos 532 CAPULLO AV lA a 333 Esencia CIENCIA Y AMO teeosilen sii iieinleie sere lescarro desee cciloilesteio ae ebaieoesa 533 CAPULLO: ANY Ti AD 33 Cómo acercarnos más a una imagen de la Trinidad AIVINA ...oooonocnnoccnocononononoconaconncnnn nono conc n nan nono nrnn ccoo ncrnn cnn 535 CAPITULO AD illa 337 La ciencia de los ángeles y sus efectos en la CreaciÓN....cooconnccnnonnnocnooncnoncnnnonnnoconoconocnnncnnncnnnnnnnnrnnnrnanrnn conan 537 CAPÍTULO: bad 538 Perfección del HÚMETO SCS cit iiidt leeis essteboiecieeco 538 CAPULLO: AN A 539 El día séptimo, como plenitud Y descanSO....oooocccnncconncoonnnonnnonnnnnncnn conocio nono nono nn nn cnn cnn nnnn nana cra cra crac ran arrancan 539 CAPULLO Adan 541 Los ángeles son anteriores en creación al mundo según algUnoOS ....ooooccnoccnocononcconoconnnonn conc nono nono nrnn conocio rn nccnnos 541 CABE Ad 542 Las dos sociedades de los ángeles son llamadas luz y tinieblaS.......ooooonnccnnncnoncconcconcnonanonanonnonnono conocio rn ncnnnoss 542 CAPITULO: AXIS 544 Otra opinión sobre la creación de los ángeles. Y una sobre la increación de las aguaS ....oooonnonnnccnocccocaconnnnno 544

CAPULLO IIS Ni 546 Naturaleza de los ángeles buenos y de los Malos ......oconcnnncnnnncnnnnnnocnnoncnoncnnncnnnccnoconocnnncnncnnnnnnn nono conan cnn conan 546 A 549 No hay esencia alguna contraria a Dios, porque al ser sólo se opone el NO SlT...ooonccnnncnincnnoconocnnacnnonnnnnncnnnno 549 CAPITULO AA AAA AAA ARA ARA E E 550 Los enemigos de Dios lo son no por naturaleza, sino por VOlUNtad .....o.ooonnccnoconocononcconnconncano nono nonononn nono ncnnnoos 550 CABLE 551 Las naturalezas privadas de razón y de vida, consideradas en su género y orden, no desdicen de la belleza del ÚUNIVELSO nuts a a iaa srl aa 551 CARTTULO VA AAA q) La naturaleza de toda especie y modo es un canto de alabanza al Creador.....ooooccnncconcniccnnocnnocnnacnnnanonnonnnoos 553 CAPÍTULO Vi A i 333 Causa de la felicidad de los ángeles buenos y de la miseria de los MaloS........oonconncnnncnnocnnocnnocnnonnnnanonanonnnoo 553 CAPÍTULO Van EA IA RAE AAA A A 556 No debe buscarse la causa eficiente de la mala voluntad ....ooooonnconnoninnnnocononononoconoconaconocono cono nono nono nono nrnnncnn noo 556 CAPÍTULO VW AAA 558 El amor perverso doblega la voluntad del bien inmutable al bien mutable.........o..onncnncnincnnncnnnconocanocnnonncnnnoo 558 CAPMTOLO Di A ab 559 ¿Es uno mismo el Creador de la naturaleza y el autor de la buena voluntad en los ángeles buenos? ........... 559 CAPÍTULO Art E A AA AAA A 561

Es falsa la historia que fija muchos miles de años a los tiempos pasadOS ....ooocococcconcconnnoncconnnonanono nono nonnncnnnoon 561

CAPITULO isc idad 563 Opinión de aquellos que, sin admitir la eternidad del mundo, defienden que son innumerables, o que, siendo único, nace y termina incesantemente según el rodar de los SIglOS..........oooonnnccnoncnoccconnconnnonannnanonn nono nonononnnoon 563 CAPRTULO All sa 564 ¿Qué responder a los que pretextan que fue tarde la creación del hombre? ....ooooooncccncciccccucnnocnnacnnannnnnncnnnoo 564 CARMULO AT ii A 566 Algunos filósofos han creido en la revuelta de los siglos, es decir, que, terminados por un fin cierto, todos tornan incesantemente al mismo orden y a la misMa €SPECIS ..oooonoocnnoconocononoconoconoconaconocnnccnnn conan ran nrnacrnnn conos 566 CAPITULO: Alida a ANA 568 La creación en el tiempo del género humano no la obró Dios con un nuevo consejo ni con voluntad mudable A A e aia 568 CARÍTULO WN sunt EA E AA 569 El ser Dios Señor siempre, supone que hayan existido siempre criaturas que señorear. ¿Cómo ha de entenderse que las criaturas han existido siempre, sin ser coeternas al creador? .ocoocccnnccnocanocnnocnnnonnnnnnnnnno 569 CAPITULO NV Lit a 1 ¿Cómo debe entenderse la promesa de una vida eterna, hecha por Dios al hombre antes de los tiempos A RT 573 CAPHTUEO AN A A A A 574 Sentir de la sana fe sobre el consejo o voluntad inmutable de Dios. Contra aquellos que defienden el eterno retorno de lás:obras diia it iia: 574 CABÍTOLO A Vlad 576 Contra los que sostienen que ni la ciencia de Dios es capaz de comprender cosas InfINItAS.....oooconconnnnnnnc... 576 CAPTULO AD AAA 317 Eos:siglos dedos SOS: A A A A A AD 577 CAPTTULODOA puntas 579 Impiedad de los que pretenden que las almas, partipantes de la beatitud auténtica y suprema, han de retornar en círculo eterno a las miserias y a los trabajos......ooocnncnnnconoconncnnonnnnonononcnn nono noco noc noc nncnnncnnn non nonnnrnnnrnnncnn anos 579 CABLTULO O A A A A 583 Creación del primer hombre y del género humano Él..oooooonconnoniccnionononcnonononononoconoconocnnncnnn nono nono nrnnnrnn conan 583 CARTULO IAE ei E e 584 Dios previo el pecado futuro del hombre y a la vez el número de hombres que su gracia habia de salvar... 584 CAPULLO A A A A 585 Naturaleza del alma humana, creada a imagen de DIOS ..oooconoccnoconocaconnconnconncnonoconoconoconncnnn conc nnnn conan rnanrnnncnn noo 585 CARTES IU ni A A a aa 586 ¿Pueden ser los ángeles creadores de alguna naturaleza, por mínima que SEA? c.coocccncniccnnocnnonnnonnnnonnnnncnannos 586 CAPÍTULO IAN ti a A A a 587 Toda naturaleza y toda especie creatural es obra de DIOS ...ooooonnccnnncnnoconoccnonoconononoconaconocnnncnnn nono nono conan cnn conos 587 CAPULLO AUT A A A A A 589 Una opinión que los platónicos. Dios, según ellos, es el creador de los ángeles; pero éstos, a su vez, son creadores de los CUETpOS DUMANOS..ooocococccocononoconoconoconncnnncnnnnnnn nono nono nono no nn neon nero ne none cnn enn nnnnnannn enn nrnn nena nrnnncnnnoos 589 CAPULLO TS ASS A ASAS 590 En el primer hombre estuvo encarnada toda la plenitud del género humano. En él previo Dios a los elegidos y a .os COMdENAdOS caciones ras ddr 590

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INTRODUCCIÓN GENERAL

I. Estructura interna de «La ciudad de Dios»

UN TRISTE PRESENTIMIENTO

Agustín dejó Cartago con nostalgia. Buscaba el hilo de Ariadna para salir de su laberinto —laberinto del corazón y de la inteligencia—. Dios tejía y destejía, y su divina Providencia iba insinuando las veredas de aquel regio camino que conducía a la ciudad eterna (Confess. V 8,14-15). Roma fue un sueño y ahora podía ser una realidad. Agustín se hurtó dolosamente a su madre —la madre de las lágrimas— y se dio a la vela. «Sopló el vien- to, hinchó nuestras velas y desapareció de nuestra vista la playa, en la que mi madre, a la mañana siguiente, enloquecía de dolor, llenando de quejas y gemidos tus oídos, que no los atendían, antes bien me dejabas correr tras mis pasiones para dar fin a mis concupiscencias y castigar en ella con el justo azote del dolor su deseo carnal» (1bid.).

Agustín había arribado ya a Roma. Roma, llena de luces, contempla- ba atónita aquella estrella que anhelaba brillar en su corona. Agustín pa- seaba por sus calles con la frente engallada, su porte grácil y ligero y, con todo, asombrado. La Roma de los Césares asilaba ahora a un fugitivo.

Los móviles que le guiaron hacia la gran ciudad son conocidos. El propio Agustín los expresa en estos términos: «Porque mi determinación de ir a Roma no fue por ganar más ni alcanzar mayor gloria, como me prometían los amigos que me aconsejaban tal cosa —aunque también estas cosas pesaban en mi ánimo entonces—, sino la causa máxima y casi única era haber oído que los jóvenes de Roma eran más sosegados en las clases merced a la rigurosa disciplina a que estaban sujetos, y según la cual no les era lícito entrar a menudo y turbulentamente en las aulas de los maestros que no eran los suyos, ni siquiera entrar en ellas sin su permiso...» (1bid.). Pero, lo sabemos, Agustín huía de su patria acosado por su conciencia; huía porque la huida, como él dirá, es el camino que el corazón encuentra en medio de sus angustias (1bid., IV 7-12).

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La realidad fue muy otra de lo que el soñador se imaginaba. En Roma había disciplina, pero faltaba nobleza (ibid., V 12,22). Este hecho fue el leit motiv de su lamentación sobre la Urbe, como lo hicieran en otros días Cristo y Jeremías sobre la ingrata Jerusalén. Roma caería, porque su no- bleza —la de los romanos— era simplemente cultura.

A Agustín no se le ocultaba que la nobleza de los ciudadanos mantie- ne en pie la república, porque civitas in civibus est, non in parietibus (De urbis excidio 6,6). Y que ser noble no es ser gregario ni del montón. En la nobleza hay una realidad muy honda. Es la victoria de las sociedades. Franqueza, unión, nobleza, caballerosidad, todo, menos simulación.

En Roma se vivía de la tradición, pero, en teoría, la vivencia de esa tradición estaba desterrada. Disciplina, sí; salario, no. Y los estudiantes los revolucionarios de las capitales— sabían aprovechar las revueltas. Agustín se resistía a creer, pero había de sucumbir ante la palmariedad de los hechos (Confess. V 12,22).

Su Roma —la Roma soñada— se había derrumbado. Roma era mo- rada de todas las sectas. Allí se ocultaban los maniqueos (ibid., V 10,19), allí se profesaban mil y mil filosofías, entre ellas la académica (ibid.). Era un hervidero y un enjambre. Agustín, con visión certera, se dio cuenta de la trascendencia de estos hechos. Esta ciudad le brindará tema abundante para esta otra. La experiencia viva brota siempre en el momento preciso.

LA OCASIÓN, LA PROVIDENCIA

Se ha exagerado, quizá más de lo justo, la influencia, o mejor, el em- puje del saqueo de Roma por Alarico como ocasión, como causa de la obra maestra de Agustín, la Ciudad de Dios. Es y ha sido un tópico para todos los historiadores y expositores. Cierto que ha dado pie para ello el capítulo 43 del libro II de las Retractaciones, donde expone Agustín el tiempo de la composición de su obra. Pero se ha olvidado la doctrina general del Hipo- nense.

Es pretensión ambiciosa querer buscar un motivo ajeno a la mente de Agustín. Una pregunta surge al instante: ¿Sin el saqueo de Roma se hubie- ra escrito la Ciudad de Dios? No creemos acertada la brusca afirmación de Papini: «Quizá —dice— esos libros jamás hubiesen sido escritos sin las malévolas hazañas de Alarico». Me atrevería a decir que esta obra, si no sistemática, esquemáticamente, estaba escrita antes de escribirse. Tal vez los diez primeros libros, la apología de la religión, a que haremos lue-

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go referencia, no hubieran visto la luz pública de no haber sucedido ese hecho providencial. La teoría de los dos amores como móviles de las po- tencias humanas es ya tema trillado en los escritos del Doctor de la Gracia. Y éste es precisamente el tema central de la obra.

Sin querer ser más agustinistas que Agustín, diremos que el saqueo y asolamiento de Roma no fue más que una circunstancia histórica que pro- videncialmente halló un intérprete. Creo bien fundado que esta coyuntura fue una estratagema de la Providencia para dar al mundo una obra del esti- lo de ésta. San Agustín, amigo siempre de buscar la Providencia como rec- tora de todo, hasta de «la alita del ave y de la florecilla de la hierba» (De civ. Dei V 11), no podía considerar su magnum et arduum opus (ibid., I pref.) como hechura de un acaso, sino como creación providencial. Y así fue. San Agustín coloca su obra a los pies de la Providencia, y toda ella es eso, un cántico a la Providencia.

«DE URBIS EXCIDIO», O LA MAQUETA DE LA «CIUDAD DE DIOS»

El lamento de Roma se oyó en Hipona. El mundo civilizado tembló un instante ante el grito desgarrador de la dominadora de pueblos. Alarico, con su hueste aguerrida, había sembrado el terror en las almas. También en Hipona el humilde Obispo escuchaba las zahirientes palabras lanzadas contra la religión cristiana. Agustín seguía al detalle el gran acontecimien- to. Día tras día, cuando la ocasión se presentaba, subía a la cátedra sagrada para alentar a los afligidos y deshacer las angustias.

De todas partes se oían estos gritos. Dicunt de Christo nostro —dJice Agustín con un acento de melancolía —<quod ipse Romam perdiderit (Serm. 105,12). Se queja Agustín desde el pulpito. Quizá las lágrimas co- rrieron más de una vez por sus mejillas. Ahí veis, dicen, que perece Roma en los tiempos cristianos (Serm. 81,9). El Obispo en quien no había «fibra córnea» —como él mismo dirá en carta a Darío (Epist. 231,2) no podía permanecer inactivo ante esta invectiva de los paganos. Ya otras veces ha- bía salido al paso a tales objeciones. «Muchos paganos nos objetan: ¿Para qué vino Cristo y qué provecho ha traído al género humano? ¿Acaso desde que vino Cristo no van las cosas de mal en peor que antes de venir El? An- tes de su venida eran los hombres más felices que ahora... Han caído por tierra los teatros, los circos y los anfiteatros. Nada bueno ha traído Cristo; sólo calamidades ha traído Cristo.

» Y comienzas a explicarles a los que así objetan los bienes que ha traído Cristo, y no entienden. Les declaras los frutos de la predicación del

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Evangelio, y no saben lo que dices. No percibes los bienes de Cristo; eres un ciego» (En. in Ps. 136,9).

Ahora asciende a la cátedra «abrumado del peso de una gran respon- sabilidad histórica» (Cabo). Pronuncia el sermón De urbis excidio, uno de los más patéticos y más emocionantes que han oído los siglos. En él se desborda el Agustín de la retórica y burbujea el Agustín del amor. Horren- da nobis nuntiata sunt —les dice a sus hiponenses—, strages facta, incen- dia, rapinae, interfectiones, excruciationes hominum. Verum est, multa audivimus, omnia gemuimus, saepe flevimus, vix consolati sumus; non ab- nuo, non nego multa nos audisse, multa in illa urbe esse commissa (1b1d., 2,3). Fue tal la depresión que causó este acontecimiento en el Obispo, que determinó desarrollar este programa, ya trazado, en una obra. De urbis ex- cidio es la Ciudad de Dios en pequeño; es, diríamos mejor, la maqueta de la Ciudad de Dios; es «un esbozo potente, colorido, dramático, de las res- puestas de Agustín». En este célebre discurso se hallan en comprimidos las grandes ideas que se desarrollan a través de los 22 libros de la Ciudad de Dios. «En esta homilía De urbis excidio —escribe Lorenzo Riher —está en germen la Ciudad de Dios, como en el grano vigila y alienta el árbol en que se posarán y anidarán las aves del cielo».

Los graves problemas que se abordan en esta famosísima homilía son los mismos que más tarde resonarán desde la tribuna de la Historia. Dios castiga con frecuencia a justos y a pecadores, a unos para probación y a otros para castigo; pero Dios siempre es justo. Recurre a las Escrituras. Analiza los ejemplos de Job, de Abrahán, de Daniel, de Noé. Hace otras mil y mil piruetas retóricas con argumentos piadosos y crudos en su mayor parte. Acude, por fin, al modelo, a Cristo, como recurso máximo del su- frimiento paciente. Ouod passa est universa illa civitas, passus est unus. Sed videte quis unus: Rex regum et Dominus dominantium, comprehensus, vinctus, flagellatus, contumeltis omnibus agitatus, ligno suspensus et fixus, occisus. Appende cum Christo Romam, appende cum Christo totam ter- ram, appende cum Christo coelum et terram: nihil creatum cum Creatore pensatur, nullum opus artifici comparatur (ibid., 8,9). Agustín lo concluye exhortando a la paciencia para conseguir la paz, la omnium rerum tranqui- llitas ordinis (De civ. Dei XIX 13), el reposo de eternidad, donde descan- saremos y contemplaremos; contemplaremos y amaremos; amaremos y alabaremos (1bid., XXII 30).

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PLAN DE LA OBRA Y SU REALIZACIÓN

Es incomprensible que una obra como esta de la Ciudad de Dios se realizara sin un plan predeterminado. ¿Sería suficiente para pensar esto las digresiones y el —en cierto modo— desorden? Éstos hechos son innega- bles. Pero esto no quiere decir que el plan no estuviera ya ideado; esto s1g- nificaría que el plan queda por rellenar, en esqueleto, y que el recurso his- tórico vendría a cubrir las lagunas de la inteligencia.

Agustín tenía un plan de la obra. Su preocupación incesante por po- nerlo en evidencia nos autoriza para pensar en la raigambre espiritual que esta Obra había adquirido en su ser más íntimo. Agustín resume este pro- yecto en las Retractationes (1 c.43): Esta gran obra, por fin, quedó termi- nada en 22 libros. De éstos, los cinco primeros son la refutación de los que consideran necesario el culto de muchos dioses para la prosperidad de las cosas humanas. Los otros cinco van contra... los que sostienen que el culto que ofrecen de por vida a muchos dioses después de la muerte les reportará provecho. Mas reducir la obra a la parte negativa no sería construcción. Los doce libros que siguen son una corroboración de las afirmaciones pro- pias. Los cuatro primeros tratan de los orígenes de las dos ciudades. Los cuatro segundos tocan su proceso o desarrollo, y los cuatro restantes, que son los últimos, las contornean y encierran en sus límites.

Sin embargo, Agustín advierte: «Donde hay necesidad, también en los diez primeros nos afirmamos en nuestra posición, y en los doce poste- riores atacamos la contraria».

Es cierto que este plan estaba reconstruido a posteriori, es decir, so- bre la base ya escrita de la obra. Bastaría esto para asegurarnos en nuestra posición. Sin embargo, se hace notar a lo largo de los escritos de Agustín.

Suponer que la obra fuera sistemática es imaginarse un absurdo, dado que esto queda fuera del margen de todo escrito con tendencia marcada- mente histórica. Amén de que las preocupaciones y ocupaciones que em- bargaban el ánimo del Obispo durante los trece años que duró la composi- ción eran asaz apremiantes para dirigir la mirada de su mente a este punto con exclusividad. Por otra parte, Agustín, siempre fiel y ordenado, no fue un rígido aferrado a las quaestiones y quaesdunculae.

El proyecto recogido en las Retractationes lo expresa en la Epístola ad Firmum casi en idénticos términos. En ella habla de la división de los libros para darlos al público en códices manejables, y sigue la misma indi- cación que en las Retraetationes.

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Al presente nos interesa más resaltar el tema dentro de la misma obra. En el prólogo al libro primero nos da en síntesis el plan y el motivo: «Tra- taré de las dos ciudades, en cuanto el plan de la presente obra lo exija». Con esto habría suficiente para conjeturar y discurrir libremente, pero son muchos los pasajes en que recalca su propósito (cf. [1 1; HI 1; IV 1 y 2; VI 1; IX 1; X 32,4; XI 1; XVIII 1; XIX 1). San Agustín no quería ser infiel a aquel suscepi, que parece echar sobre sus hombros el peso enorme de una humanidad decadente. Siempre alude al in quantum possum, al facultas datur (cf. I pref.; 1 9; III 4; V 26,2; VI 12; VII pref.; IX 4,2; 23,3; 27; X 32,4). Agustín se sentía inferior, inferior en tiempo, carecía de él, y no confiaba ni en las fuerzas físicas de su salud ni en sus fuerzas morales, como lo exigía una obra de tal empeño. La obra es su obra maestra y el magnum et arduum opus.

La realización del plan adquiere proporciones gigantescas. «La con- cepción —escribe Queirolo— es digna de Dante, y la ejecución, como pa- ra honrar a Benigno Bossuet». Son majestuosas las piedras de esta vieja sl- llería. Brilla en ellas el aspecto atrevido, trágico, imponente, del pensa- miento profundo y tierno. El estilo es sencillo, humorístico a veces, realista y duro a ratos. Pero se acusa en la obra un orden que remata en desorden.

EL DESORDEN DE UN CIENTÍFICO

Es justo constatar aquí un hecho que no se oculta a ningún lector de la Ciudad de Dios. Es su aparente desorden.

Se lamentaba un intelectual, a la vista de esta obra colosal: —¡S1 se pudiera dar un orden nuevo a la Ciudad de Dios! —Sería —le repliqué —desarticular la obra.

Así es. La Ciudad de Dios es Ciudad de Dios precisamente por ese pretendido defecto y con él; de lo contrario, sería una Suma, y las Sumas no son para muchos lectores.

Con todo, es necesario inquirir la causa de ello. Resulta paradójico que una obra con un programa bien definido, como es ésta, se ejecute sin orden. No vale conjeturar o hacer hipótesis. La facticidad es palmaria. Agustín emplea en su composición trece años. ¿Puede un hombre mante- ner su pensamiento fijo y estrechado por el marco implacable de una idea durante tanto tiempo, siendo tantísimos los quehaceres que le asedian y re- claman? Es el caso de San Agustín.

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El Obispo de Hipona es el oráculo de la Cristiandad. Sus escritos se prodigan y la afirmación de las creencias se impone. Aquí y allá dirime las contiendas. Convoca sínodos, predica, ora, funda y trabaja, todo con una actividad estilo siglo XX. Donatistas, pelagianos, maniqueos, arríanos, to- dos eran cercenados por la aguda segur del Hiponense. Y, sin embargo, Agustín proseguía su magna empresa.

Aún tenía otra preocupación más concreta: llevar la paz a los espíri- tus. Y «como no se veía constreñido a rematar su obra y deseoso siempre y ante todo de dar la paz a los espíritus, él aborda de paso todas las cuestio- nes que sabía preocupaban a sus contemporáneos». No fue fiel a su empe- ño, porque no lo exigía su propósito.

Se dirá que pretendo justificar lo injustificable. No. Esta postura es sostenible por misma. Marrou en un principio, extremó su sentencia. Aludiendo a los defectos de composición de la Ciudad de Dios, juzga el plan complejo y enredado, difícil de entender; le tacha de confundir los temas y de mezclar cuchi ¡ones y pone en evidencia sus muchas digresio- nes. Cierto que no puede entrarse en critica de él, puesto que ya él mismo en su Retractado, insertada al final de la obra, mitigó grandemente su sen- tencia. Más severo en cuanto a las digresiones y mezcla de problemas se muestra Rondet, refiriéndose a la retractación de Marrou. Sin embargo, hemos de decir que las digresiones tienen su interés, aunque a la larga re- sulten fatigosas. Dan a la obra ese colorido que traspasa los estrechos mar- cos de la pura historia.

Además, todo induce a creer que ese aparente desorden se desvanece al analizar los pasajes uno a uno. Tal vez no sea falta de Agustín, sino in- suficiencia O incapacidad nuestra. Me fundo al decir esto en que él mismo reconoce «que es necesario abundar en palabras aun en las cosas claras, como si las propusiéramos no a los que tienen ojos para verlas, sino a los que andan a tientas y a ojos cerrados para que las toquen de algún modo» (De civ. Dei U 1). Unas líneas antes, dirigiéndose a Marcelino, a quien de- dica la obra, expone y justifica su proceder: «El estragado sentido del hombre que osa oponerse a la verdad evidente hace necesario el emplear muchas razones». Agustín es consciente de todo ello. Sabe mejor que no- sotros en qué circunstancias escribe y en qué ambiente se leen sus obras. El mismo advierte que, al dar al público los tres primeros libros, oyó que alguien preparaba una réplica contra ellos. «A éstos —dice— les aconsejo que no deseen lo que no les conviene. Es fácil que al que no quiere callar le parezca que ha respondido» (ibid., Y 26,2). Es consciente también de que deja muchos puntos por tocar, pero su propósito no es solucionarlo to-

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do. «Para dar solución, como lo exige la presente obra, a esta pregunta, que incluye otras muchas..., me detuve un poco, en especial para consolar a las santas y piadosamente castas mujeres, en las que el enemigo perpetró violencia, lastimando su pudor»... (ibid., II 2). Siempre salva su finalidad propia.

La obra en sí, su composición, no es acomodada al gusto moderno. No es el desaliño literario, como quiere De Labriolle, lo que da a la obra ese resabio antimodernista; es la profundidad de su pensamiento y la radi- calidad en la solución de los problemas. «Los hombres de hoy —dice un gran escritor —ya no la leen, y se comprende por qué. Es un palacio del pensamiento construido con bloques de sillería, y los modernos prefieren las casas de cemento armado, ¡estilo 900!» La Ciudad de Dios no se lee porque los hombres se han creído autosuficientes para la constitución del Estado. Con una agravante, que la Iglesia tiene que hacerse su vida entre los reinos, y los reinos no colaboran con ella para formar el gran reino.

Hoy se lee más y con mayor fruición las Confesiones. Es un libro que está más al alcance de nuestro tiempo. El individuo, concreto, hoy ha lle- gado a ser el «non plus ultra» del saber. Pero no se repara en que la divini- zación del individuo, digamos más concretamente, del yo, es una utopía. El individuo es algo en relación con los demás, con la sociedad. Es verdad que la sociedad, la comunidad, se compone de individuos; pero el indivi- duo sin la sociedad es impotente, insuficiente, anémico.

El cristianismo se hizo cargo de esta verdad. Fue y sigue siendo un fenómeno esencialmente social El individuo, dentro de esta comunidad, tiene que perder su alma para salvarse (Mt. 10,39; lo. 12,25). A la vez, en esta nueva economía, el individuo pasa a ocupar un puesto de honor, en el sentido de que será todo lo que es esa sociedad, la Iglesia; será, como la Iglesia, «templo del Espíritu Santo». Se revaloriza, pero sólo secundaria- mente. Esto quiere decir que corre los riesgos de la Ecclesia y que su valor pende del mayor o menor progreso de la Iglesia.

Desde este punto de vista diremos que la Ciudad de Dios es más cris- tiana, más católica, si cabe hablar así, que las Confesiones. Esta, la perso- nificación del individuo, es una consecuencia del movimiento y de los eventos de aquélla. La Ciudad de Dios es la primera hermenéutica de la historia de la Iglesia, es el complemento de los Hechos de los Apóstoles. Este complemento abarca dos grandes épocas, la precristiana, israelítica y profana, y la posteristiana.

Ahora es fácil una mirada retrospectiva. El orden es maravilloso bajo la acción de la Providencia. Lo social es el centro de la obra. Mas. como

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los modernos tienden a invertir el orden de valores, de ahí que en la Ciu- dad de Dios sea, para ellos, flagrante el desorden. La razón es que lanza una pedrada a su rostro al ponerles ante los ojos la esencia vieja del cris- tianismo eterno. Por eso no la leen, no porque les aburra, sino porque no les interesa.

EL LIBRO-FLORESTA

La Ciudad de Dios, desde su aparición, ha llamado la atención en el mundo de los estudiosos. Este ejemplar de la cultura antigua es el vehículo del saber pasado. Por ella conocemos libros de los que hoy no existe más que el nombre; en ella se condensa la ciencia antigua, la filosofía histórica; ella contiene un repertorio acabado de cantos poéticos y mitológicos, y ella es una biblioteca de historia. La Ciudad de Dios es el mejor museo para los anticuarios de la cultura. «La obra excede ciertamente a todas las otras por la variedad, por la multiplicidad y por la amplitud de los argumentos; por la erudición histórica y científica; por la magnificencia del estilo; por la robustez, agudeza y finura de los razonamientos; es el «Capolavoro», no para el vulgo, sino para los pensadores y buscadores de las más altas y más sublimes razones que tornan persuasiva y bella la fe cristiana»

Nos maravilla frecuentemente el continuo despliegue de datos y de notas. Nos extraña la preparación tan detallada del compositor de esta gran obra. Agustín resumió en ella los puntos esenciales de su universalidad doctrinal. Sin tiempo, siempre agitado y siempre activo, dio al mundo la más sensacional de las sorpresas.

Se piensa muy poco en lo que una obra de esta envergadura signif1- caba en aquellos días. Agustín no era el hombre de fichero de nuestro tiempo. Los libros se leían una vez y desaparecían. El coste de copiarlos no era sostenible por cualquiera. En una palabra, el único recurso de traba- jo era la propia habilidad, el propio talento. San Agustín demostró una vez más que poseía todas estas cualidades, y en grado sumo, al legarnos y sin- tetizarnos en esta obra las grandes corrientes del pensamiento contemporá- neo suyo. Nosotros ahora desarticulamos la Ciudad de Dios y hallamos que es apología de la religión, enciclopedia de la cultura antigua, censo de herejías, «hermenéutica» de la historia e historia de la filosofía. Todo en ella con esa trabazón lógica, con ese sentido literario de la estética, con ese ritmo poético que hace de las obras del Divino Africano, como lo llama Lope de Vega, el recurso de nuestras inquietas inteligencias.

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Estas ideas han pasado a ser ya tópicos y lugares comunes. Macedo- nio, en la carta 154, citada por los Maurinos, le escribe a Agustín luego de haber leído los libros de la Ciudad de Dios: «Estoy maravillado en grado superlativo de tu saber. Es tal la agudeza, la ciencia y santidad que encie- rran los libros que publicaste, que no hay quien los supere». Y añade más estupefacto aún: «Desplegué tus libros, les echaron mano y, dejando todas las otras preocupaciones, se implicaron en su lectura, de suerte que pido a Dios ayuda para salir de este aprieto, porque no qué admirar más en ellos, si la perfección del sacerdocio, o los dogmas de la filosofía, o los conocimientos históricos, o la jocundidad del lenguaje, que es capaz de agradar tanto a los indoctos que no desisten hasta haberlos explicado, y, una vez explicados, corren de nuevo a seguir buscando». Toda su época se hizo eco de estas admiraciones. Pablo Orosio, Casiodoro, etc.

La obra no ha perdido aún nada de su profundidad. «Difícilmente escribe De Labriolle —se hallará una obra más amplia y más rica en ideas que la Ciudad de Dios. Desde el 412 al 426, este libro, que en su origen no era más que un escrito de circunstancias o de polémica, se ha desarrollado hasta ser una potente síntesis doctrinal en que tiene cabida toda la historia de la humanidad, todo el sistema de las creencias cristianas, todo el drama del gran espectáculo que nos pone ante la vista la lucha secular de la «Ciu- dad de Dios» contra la «Ciudad terrena» hasta la apoteosis final de la una y la entrada de la otra en los abismos infernales». La cita, aunque larga, nos patentiza la profunda impresión que causa la obra en el lector. Es un torbe- llino de ideas, al que se le arrima el foco de una inteligencia privilegiada. Otro agustinólogo del siglo pasado escribe: «La Ciudad de Dios es un mo- numento maravilloso por la novedad, la sublimidad y la extensión de la concepción, por la abundancia, de hechos y de ideas. Antes de San Agus- tín, ningún genio había visto tan bien y tan sublimemente tantas cosas. La Ciudad de Dios es como la enciclopedia del siglo V; comprende todas las épocas y todas las cuestiones y responde a todas. Es el poema cristiano de nuestro destino en relación con nuestro origen y con nuestro último fin». Sería desvirtuar el valor de la obra hacer aquí un panegírico de la misma. Baste para concluir este apartado citar las palabras de un ardiente amante y conocedor de San Agustín. Dice así: «El libro es teología, filosofía, polít1- ca, apologética e historia. Unas veces el autor es expositor, otras didáctico, otras lírico y siempre filósofo, que se remonta en el orden de las causas hasta encontrar la mano de Dios. Pero es, sobre todo, teólogo lleno de pro- fundidad, por donde corre la vena caliente de su vida intensamente afecti-

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va... La «Ciudad de Dios» es la primera tentativa humana por hacer filoso- fía de la Historia. Es apologética y es cántico dogmático»?.

Il. «La ciudad de Dios», apología de la religión

AL FRENTE, UNA BANDERA: EL DIOS UNO

La polémica nació en los primeros siglos del cristianismo. Los paga- nos lanzaban sus diatribas contra la religión cristiana porque ésta se oponía a todo cuanto en ellos había de más valioso. El cristianismo fue un tornar las cosas al revés, fue un radicalismo místico, pero real; radicalismo que se reflejó en la cultura y, sobre todo, en la moral. Lo que el mundo, aquel mundo por el que Cristo no rogaba, ponía en primer plano, quedó poster- gado por la fuerza avasalladora de esta nueva realidad. Donde el mundo asentaba el pabellón de la soberbia y del poder, Cristo fijó la bandera de la humildad y de la servidumbre. Este era, para el mundo griego principal- mente, una bofetada en el orgullo científico. La filosofía, el gnosticismo, salió a la palestra el primero para enfrentarse con esta nueva filosofía. Acusa al cristianismo de ateísmo: «Sólo creen en un Dios los cristianos»; de antropomorfismo: «Dios habitó entre nosotros, el Verbo se hizo carne» (lo. 1,14). Agustín dará luego cuenta de estas imposturas. Pero antes que él se encargaron de hacerlo el intrépido filósofo y apologeta San Justino, Atenágoras, y Teófilo de Antioquía.

La filosofía no tardó en convertirse en política. El cristianismo ahora se presentaba ya como enemigo del estado, de la república. La teología po- lítica, civil, con sus divinidades y mitologías, no se allanaba a la creencia de un solo Dios. Los dioses estatales se derrumbaban ante el único Dios de los cristianos. Tertuliano, en el 197, traslada la controversia del campo fi- losófico al jurídico. El argumento de prescripción, o sea, estamos en pose- sión de la verdad, probad vosotros, surge como necesidad de todo lo ver- dadero. Los opúsculos Ad nationes y el Apologeticum son una retorsión fogosa y violenta de los argumentos paganos.

Pero aun la controversia presenta una nueva fase. El mundo pagano siente el vértigo de su fin. La Roma decadente, el Imperio, se derrumba y crece de nuevo la agitación de las mentes contra los cristianos. Y ahora,

!. ENRIQUE CABO, El cristianismo y la cristiandad según San Agustín.

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ante esta perspectiva, sale otro nuevo paladín del nombre de Cristo: San Agustín. Las acusaciones, que se amontonaban, provenían tanto del sector intelectual como del vulgo. «Falta la lluvia, la causa es de los cristianos» (De civ. Del U 3). Hasta aquí llegaba la insensatez de la plebe. Cristo es la causa de todos los males (ibid., 13). Agustín, ante esta insistencia quejum- brosa, se lanza al campo de batalla. «Y lo que comenzó siendo una acusa- ción lanzada a la frente del paganismo, llegó a ser una de las más acabadas apologías del cristianismo».

San Agustín pisaba terreno firme. No eran comparables sus enemigos a su temperamento. El Dios uno es el arnés con que acomete a toda esa pléyade de falsas divinidades que asedian las mentes y cautivan los cora- zones de los romanos. Son incontables las veces que Agustín repite, a lo largo, sobre todo, de los diez primeros libros, la expresión unus verus Deus. Diríamos que ésta era su obsesión. Y se comprende. Ante el poli- teísmo degradante del mundo pagano no había otro camino de salvación que éste. Desde el primer momento, Agustín se sitúa en su puesto y, como niño travieso, comienza lanzando piedras al tejado ajeno, y, al fin, de una pedrada derroca los templos de los simulacros. Emplea a veces un lenguaje duro, fuerte, fustigante. Se nota en él la herida que le ha causado la profa- nación del nombre de Cristo.

En el libro primero reseña los bienes que los bárbaros prodigaron a los romanos por honor y respeto al nombre de Cristo. ¡Cuántas vidas per- donadas! ¡Cuántas consideraciones, contra todo estilo bélico, guardadas! ¡Cuántos que ahora ejercitan sus pérfidas lenguas contra el nombre de Cristo —dice Agustín— hallaron su vida en este refugio sagrado, en los sacros recintos de los templos! (ibid., I 1). Menciona todos los beneficios que los godos en el último saqueo de Roma hicieron, y luego añade: «Esto debe ser atribuido a los tiempos cristianos y al nombre de Cristo. Quien no ve esto, está ciego; el que lo ve y no lo alaba, es ingrato; y el que resiste al que lo alaba, es imbécil» (ibid., 1 7). Os falta lógica —parece decirles—; los males los atribuís al nombre de Cristo, cuando en realidad debierais si pensaseis con más cordura— atribuir los trabajos y durezas que os han infligido los enemigos a la divina Providencia, que suele corregir y acriso- lar con las guerras las depravadas costumbres de los hombres» (ibid., IT).

La historia se encarga ahora de rellenar las lagunas y las afirmacio- nes. La nulidad de los dioses, más aún, la nocividad, queda palmaria ante los hechos que evidencia la historia. Agustín se avergilenza de citar tantos testimonios, y se avergilenza por la prolijidad del discurso, no por la so- berbia desfachatez de los mismos (ibid., VII 21). Unico es el Dios que de-

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be ser adorado, al que se debe culto, tanto por los bienes de esta vida como por la vida feliz que ha de seguir a la muerte. San Agustín no aparta nunca la vista de esta finalidad que lleva la primera parte de apología de la reli- gión. Uno y otro propósito lo recuerda en el último capítulo del libro V y del X. Y siempre concluirá con que el «premio de estas obras es la felici- dad eterna, cuyo dador es el Dios uno, que la da a solos los piadosos» (ibid., V 26,1).

LA LÓGICA SE IMPONE

Es maravilloso asistir al derrocamiento de los valores paganos por la lógica implacable de Agustín. Ante su tribunal pasan las mitologías, la his- toria, las leyendas, la filosofía, todo. Y él, como juez imparcial, aprueba y reprueba, movido más por la verdad que por el capricho. Podríamos apli- carle lo que él dice de Porfirio cuando habla de lo que corrigió de las doc- trinas de Platón: «Antepone al hombre la verdad» (ibid., X 30). Es cierto que en muchas ocasiones se deja llevar de su celo y ridiculiza, cuanto pue- de, todo lo que le viene a la recordación».

Veamos una de esas diatribas que Agustín propone tan frecuentemen- te. Habla Agustín sobre la erección del templo de la Concordia: «¿Qué ra- zones alegan para que la Concordia sea diosa y no lo sea la Discordia, buena aquélla, según la distinción de Labeón, y mala ésta? Ni me parece guiado por otra razón que porque Roma tenía un templo a la diosa Fiebre y otro a la Salud. Para ser consecuentes debieron dedicarlo no sólo a la Con- cordia, sino también a la Discordia. Fue un riesgo querer vivir los romanos bajo el enojo de una diosa tan mala, y no se acordaron que una ofensa he- cha a ella dio origen a la destrucción de Troya... Con nuestras risas de tales vanidades se estomagan los doctos y sabios; sin embargo, los adoradores de las divinidades buenas y de las malas no dejan de entre las manos este dilema de la Concordia y de la Discordia: o se olvidaran del culto de estas diosas y antepusieran a ellas a Fiebre y a Belona, a las cuales construyeron los antiguos templos; o les rindieran culto cuando, retirándose la Concor- dia, los condujo la sañuda Discordia hasta las guerras civiles» (1bid., III 25). Querer edificar y hacer diosas a todas las potencias, es un absurdo. Pe- ro, si esto lo es y si el deseo cunde por todo, se precisa lógica, y la lógica conducirá a consecuencias aún más absurdas.

El mismo problema presenta Agustín al hablar de la Felicidad, la Vir- tud, la Fe, diosas que los romanos no han creído dignas de ser colocadas entre los dioses selectos. ¿Por qué se la constituyó tan tarde diosa? ¿No

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bastaba ella sola?, pregunta el gran apologista. «¿Qué significa que el Im- perio romano alcanzaba ya amplias dimensiones, cuando nadie aún adora- ba la Felicidad? ¿Acaso fue por eso el imperio más vasto que feliz? Pero, aun después de admitida la Felicidad en el número de los dioses, siguió la grande infelicidad de las guerras civiles. ¿Acaso se indignó la Felicidad porque la invitaron tan tarde, y no para honor, sino para afrenta, adorando con ella a Príapo y a Cloacina, y a Pavor y a Palor, y a Fiebre, no divinida- des a las que cumplía adorar, sino bellaquerías de los adoradores?» (ibid., IV 23,2). La lógica se impone. La Felicidad es la única que puede hacer fe- lices, y, sin embargo, después de rendirle culto, siguió la infelicidad, infe- licidad de guerras intestinas, fuera y dentro del Imperio.

El gran Obispo de Hipona prueba la impotencia de las divinidades por la distribución de oficios y deberes que les han confiado. Es curioso el detallado análisis que exhibe Agustín de los dioses que cooperan a la pro- creación de los hijos. Hace el recuento de todos ellos y la incumbencia de cada uno, y añade: «Presencian el acto conyugal la diosa Virginense, el dios padre Subigo, la diosa madre Prema, y la diosa Pertunda, y Venus y Príapo. ¿Qué significa esto? Si era menester al hombre que trabajaba en aquella empresa la ayuda de los dioses, ¿no bastara alguno o alguna de ellos”... Si hay vergúenza en los hombres, que no hay en los dioses, ¿por ventura a los casados, cuando advierten que presencian el acto tantos dio- ses de uno y otro sexo que los instigan al acto, no les saldrán los colores a la cara, de suerte que él se mueva menos y ella ofrezca más resistencia? Si se hallan allí todos los enumerados, ¿qué papel desarrolla la diosa Pertun- da? Enrojezca de vergúenza y salga fuera. Haga también algo el marido» (1bid., VI 9,3). En realidad, cada capítulo de los diez primeros libros es un muestrario de la lógica de las conclusiones.

Agustín ofrece dos argumentos principales: el argumento que hoy llamaríamos ad hominem y el argumento ad absurdum, ad ridiculum. También Agustín es sarcástico, y ridiculiza cuando la gloria de Dios así lo exige. Usa de todos los medios a su alcance, porque, como dice ya al final del libro X, «a los que no creen sobre la rectitud de esta verdad a las Sa- gradas Letras, y, por tanto, no las entienden, puedo combatirlos, pero no puedo avasallarlos» (1bid., X 32,3). Una vez más, Agustín se siente pater- nalmente acongojado. Ha llegado a sus oídos que alguien está preparando una réplica contra los libros por él escritos. La vanidad es muy atrevida. Agustín se cree seguro de mismo y cree desbaratadas todas las razones que puedan oponérsele. «Ponderen —dice— todas las cosas con detención. Y si, quizá juzgando sin parcialidad, les pareciere que las cosas son tales que pueden ser más bien baratadas que desbaratadas con su desvergonza-

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dísima charlatanería y con su ligereza casi satírica o mímica, pongan freno a sus frivolidades y escojan antes ser corregidos por los prudentes que ser alabados por los imprudentes» (ibid., V 26,2). Agustín siente su suficiencia ante la insuficiencia burlona del vulgo y de la alta sociedad, rebajada ya por todos los particulares. Ha quedado satisfecho de su obra, y no por so- berbia, sino por gracia de Dios. Dios es invocado por él en los trances an- gustiosos. Y Dios es nuestro ayudador —dirá cuando al principio de la Obra se siente desfallecer (1bid., I pref.).

No puede pasar en este apartado, como algo sin interés, el famoso ar- gumento que Agustín esgrime cuando habla de los juegos escénicos y de los representantes o actores de los mismos. La cuestión se debate entre los griegos y los romanos. El «dialéctico de la inmanencia» resuelve la cues- tión con una argumentación silogística fácil, sencilla, pero impresionante y avasalladora. «Los griegos piensan que hacen bien en honrar a los hombres de teatro, porque rinden culto a los dioses que piden juegos escénicos. Y los romanos, en cambio, no permiten que de la tropa histriónica padezca desdoro aun la tribu plebeya, cuanto menos la curia senatorial. En tal desavenencia resuelve la cuestión este argumento. Los griegos proponen: S1 se ha de dar culto a tales dioses, sin duda han de ser honrados también tales hombres. Resumen los romanos: Es así que en modo alguno deben ser honrados tales hombres. Y los cristianos concluyen: Luego en manera alguna se ha de dar culto a tales dioses» (ibid, II 13). El silogismo no pue- de ser más perfecto; por algo Agustín había estudiado en la escuela de Só- crates, vertida por Platón. La lógica se impone una vez más, y sale vence- dor el más dialéctico, el más verdadero, el cristiano.

EL MARTIRIO COMO ARGUMENTO APOLOGÉTICO

El mártir es el verdadero seguidor del Maestro divino. Cristo se en- tregó a la muerte, y se entregó a ella con dulzura, porque tenía una misión divina que cumplir en ella. «Seguidme», parece alentar en el pecho del creyente. El hecho de la muerte y de la resurrección de Cristo ha sido el gran caballo de batalla de toda la crítica racionalista. Es la prueba máxima de la divinidad de la religión cristiana. Si Cristo no hubiera resucitado, nos dice San Pablo, vana es nuestra fe. El dar la vida por una causa es la má- xima garantía de la veracidad de esa causa. El que desprecia los valores que el mundo le brinda, el que se hace sordo a la voz de la sirena diabólica y, cuando se le exige dar testimonio de sus creencias, se entrega con decl- sión y con confianza, fija su vista en la eternidad que le espera, ése es el

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más fiel a la doctrina que profesa. La Verdad lo exige todo de su criatura. Totum exigit te qui fecit te (Serm. 34,7). El martirio es la suprema prueba de fidelidad.

San Agustín asienta como verdad inconcusa que a ningún cristiano le es lícito inferirse la muerte a mismo (De civ. Dei I 22,2). Analiza escru- pulosamente el caso de Lucrecia (ibid., 1 19, 1-2s.), el caso de Catón (1bid., I 23-24), y concluye que en ellos no se deja entrever grandeza de ánimo, sino debilidad, porque no pueden soportar, o la servidumbre de su cuerpo, O la necia opinión del vulgo (ibid., 1 22,1). No debe esquivarse un pecado con otro; no es lícito a nadie darse muerte, sea cualquiera la causa que a ello le induzca (ibid., I 27). Así concluye este detallado estudio sobre la nocividad e ilicitud del suicidio: «Esto decimos, esto afirmamos, a esto damos de todos los puntos la aprobación: que nadie debe inferirse por su libre albedrío la muerte, no sea que, por huir de las angustias temporales, vaya a dar en las eternas. Nadie debe hacerlo tampoco por pecados ajenos, no sea que comience a tener uno gravísimo y personal quien no se veía mancillado por el ajeno; nadie por sus pecados pasados, por los cuales es más necesaria esta vida, para poder subsanarlos con penitencias; nadie por deseo de una vida mejor, que tras la muerte se espera, porque no se hacen acreedores, después de la muerte, de una vida mejor los culpables de su propia muerte» (ibid., 1 26). Y porque la objeción no vaya flechada contra los ejemplos de suicidios que leemos en las Escrituras, Agustín responde luego (ibid., 1 21). Y no es lícito al hombre darse muerte, porque hay un precepto que dice: No matarás, se entiende a ningún hombre. Y el que se da muerte a mismo, da muerte a un hombre (ibid., 1 20-21).

La objeción es inevitable: Si a nadie le es lícito matarse, a nadie le es lícito entregarse a la muerte. «Pero no mata aquel que debe servir a quien lo manda, como la espada obedece a quien la maneja» (1bid.).

El mártir debe servir a la verdad. «Vive con la verdad —dice Agus- tín— y muere por la verdad». Y la verdad le pone en un trance apurado. En el martirio siempre ha de haber una disyuntiva entre la verdad y el error, que puede presentarse de mil diversas maneras. El mártir en todo ca- so es el testigo, el testigo de una verdad para él verdadera, pero que a ve- ces también puede ser falsa, pero sólo erróneamente para él. Los mártires de la religión cristiana son los testigos de la fe cristiana, los que dan testi- monio de la resurrección de Cristo, de su vida gloriosa y pujante en los co- razones de los fieles. Las persecuciones acrisolan y aumentan el número y el catálogo de los mártires (¡bid., X 32,1). Necesse est —decía Agustín— ut aspera sint tempora (MA. Caillau et S. Ives, II 19). En estas estreche-

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ces, el verdadero amante de Dios, el sufrido, el paciente, el mártir, el testi- go de la verdad, muestra que los males corporales deben ser tolerados por la piedad de la fe que profesa y para encarecer más la verdad (De civ. Dei X 32,1). Este encarecimiento de la verdad es el valor apologético del mar- tirio. El martirio, como apología de la verdad, es un germen de fecundidad.

Esta verdad que el mártir predica con su sangre es la fe en Cristo. «¿Qué testimonian —se pregunta Agustín— todos los milagros en que se predica la resurrección de Cristo y su ascensión? También los mártires fue- ron mártires de esta fe, es decir, fueron testigos de esta fe, y, dando test1- monio de esa creencia, soportaron al mundo, el más enemigo y el más cruel, y le vencieron, no ofreciéndole resistencia, sino muriendo. Por esta fe murieron quienes pudieron pedir esto del Señor, por cuyo nombre fue- ron matados» (ibid., XXII 9). He aquí la clave del martirio: morir por Cristo. Y morir por Cristo implica heroicidad: «Si el uso eclesiástico lo admitiera, les llamáramos nuestros héroes» (ibid., X 21); implica una lucha hasta el derramamiento de la sangre (ibid.), implica un vencimiento de las potestades infernales, no por dones humildes, sino con virtudes divinas (1bid.).

Los paganos no tienen mártires; tienen, sí, hombres fuertes y valero- sos. La ciudad de Cristo no lucha por la salud temporal contra los perse- guidores, sino que no les opone resistencia por la salud eterna. Ellos, en cambio, eran ligados, encerrados, fustigados, atormentados, quemados, despedazados, pero non erat eis pro salute pugnare, nisi salutem contem- nere (ibid., XXII 6,1). Y, cuando habla de Sagunto, se lamenta de que to- das aquellas torturas no las hubieran padecido por «la fe evangélica y con aquella esperanza con que se cree en Cristo, fundada no en el premio de un brevísimo tiempo, sino de una eternidad sin fin» (1bid., III 20). Agustín expresó esto mismo en términos más precisos al decir que al mártir no lo hace la pena, sino la causa: Martyrem non facit poena, sed causa (Epist. 204,4). Y aún más claramente en este otro lugar: Tu ostendis poenam, ego quaero causam. Tu dicis sum passus, ego dico quare sis passus... Ergo homo Deli prius sibi eligat causam et securus accedat ad poenam (Serm. 329,4). Y esta causa santa, tolerada con constancia, con paciencia, con mansedumbre y hasta con heroicidad (De civ. Dei XXII 6; 9) eleva al már- tir al rango de ciudadano, el más destacado, de la ciudad de Dios. «A éstos (a los mártires), la ciudad de Dios los tiene por ciudadanos tanto más es- clarecidos y honrosos cuanto con mayor fortaleza lucharon contra la im- piedad hasta el derramamiento de su sangre» (ibid., X 21).

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El martirio, como argumento apologético, es invocado por San Agus- tín en la Ciudad de Dios. Los dioses paganos eran insuficientes. Se discute el punto de los dioses que no cedieron su lugar en el Capitolio a Júpiter, y la historia desmiente las vanas interpretaciones que se daban de ese hecho. Agustín agrega: «También los romanos, aunque sentían que eran vanida- des, sin embargo, pensaban que debía exhibirse el culto religioso que se debe a Dios, a las cosas constituidas bajo el régimen y el imperio del único y verdadero Dios... Era necesario el auxilio del Dios verdadero, que envía hombres santos y verdaderamente piadosos, que, muriendo por la verdade- ra religión, hacen desaparecer las falsas de entre los vivientes» (1bid., IV 29). Los mártires no son dioses, sino hombres que lucharon por la verdad, para que brillara la verdadera religión, convencidas las falsas y fingidas (1ibid., VIII 27,1). Y porque no son dioses no les ofrecemos sacrificios ni sacerdocios, etc.; pero son incomparablemente superiores a los dioses de los paganos (1bid., 2).

El martirio entraña un valor personal y un valor social, como todas las obras del cristiano. El valor personal se reduce a que el martirio es el bautismo de fuego, la caridad perfeccionada y extremada. «Tanto vale el martirio a los que mueren sin haber recibido el lavacro de la regeneración, el bautismo, cuanto les valiera el bautismo para perdonarles los pecados» (1ibid., XIII 7). Agustín no duda en atribuirle tanto valor. Tal ha sido luego el sentir de la Iglesia universal. La caridad es el vínculo de la perfección y la victoria. Y si «el compendio de toda religión es imitar al que se adora» (1ibid., XIII 17,2), el que muere por Cristo imita en sumo grado a su divino Maestro. Por eso reinará con El, limpio de toda inmundicia de pecado (1bid., XX 9,2). Con razón puede prorrumpirse con Agustín: «¿Hay muerte más preciosa que la que hace que se perdonen todos los pecados y se au- menten los méritos de una manera prodigiosa?» (ibid., XIII 7).

El martirio es la semilla de la nueva cristiandad. Dios ha dejado la re- colección en manos de los hombres. Si el martirio es uno de los argumen- tos más fuertes para probar la divinidad de la religión, es precisamente por ese germen de eternidad que encierra. El mártir es el peregrino que arrastra tras para el amor de Cristo a los demás. Los hombres admiran sus ejem- plos y reparan en ellos. Serían los más locos del mundo si su religión no fuera verdadera. De aquí que Agustín, con aquel énfasis que le es propio, escribiera: Martyres occidit, semina sanguis sparsit, seges Ecclesiae pullu- lavit (En. in Ps. 88 serm. 1,10). ¡Qué armonía tan suave es ésta cuando se considera en el admirable concierto del Christus totus, de la Ecclesia uni- versa! La sangre de los mártires riega todos los miembros de Cristo, riega al Cristo total y da vitalidad a su cuerpo. Sparsum est semen sanguinis

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dice en frase lapidaria—, surrexit seges Ecclesiae (Serm. 22,4). En la Ciu- dad de Dios, la obra por excelencia social, no podía faltar este valor del martirio.

Y no faltó. La veneración de los mártires (De civ. Dei XXI 19) en la primitiva Iglesia es fruto de este valer. Los mártires lo son todo; por ellos obra Cristo todo; (véase, por vía de ejemplo, De civ. Dei VIII 6; XXI! 9,10; XVI 50; VII 27). Y «dar la vida por el amado es la máxima prueba de amistad».

EL MILAGRO Y SU VALOR APOLOGÉTICO

El hombre, con su soberbia radical, con ese grito desesperante de acercamiento hacia la Divinidad: Eritis sicut dii, no se allana a las creen- cias más que por la evidencia personal, real o Ungida. La radicalidad hu- mana en este sentido es absoluta. El hombre no se rinde ante la evidencia de los hechos, sino ante la admiración que le producen. Es un principio elemental de psicología. Lo impresionante, lo maravilloso, lo milagroso digámoslo de una vez—, cautiva el interés, la admiración del hombre. Esta admiración da al ser humano ese sentido de penetración, de profundidad. Y he aquí la clave de que el misterio, ese que no se toca con la mano y que, sin embargo, avasalla y rinde la inteligencia y desmonta el corazón, contenga esa potencialidad de dominio. No sin razón se ha querido para explicar la propagación de las religiones buscar lo insólito, lo desconocido, lo inusitado. Y la religión católica no se ha desviado de este trámite ordi- nario.

El milagro —éste es el misterio y lo maravilloso— es ese inclinarse de la inteligencia ante la estupefacción de un hecho. Es que el milagro aboca al hombre a la impotencia de su razón y le muestra el camino para la comprensión de los ocultos secretos de la naturaleza. San Agustín —el me- jor psicólogo que han conocido los siglos— no era ajeno a estas verdades. No es extraño que él, en el milagro, considere como un elemento de los más esenciales ese rasgo de admiración, ese salir fuera del curso natural, ese exceder el poder de nuestra limitada naturaleza. Pero —nótese bien no es ésa «la nota exclusiva del milagro», como ha querido Van Hové. Es cierto que Agustín, con insistencia, ha puesto esto de relieve en el milagro. «Llamo milagro a lo que, siendo arduo e insólito, parece rebasar las espe- ranzas posibles y la capacidad del que lo contempla» (De útil. cred. 16.34). «Cuando Dios obra algo contra el curso conocido y ordinario de la natura- leza, decimos que hay milagro» (Contr. Faust. XXVI 3). De igual modo,

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en el De Trinitate, cuando habla de los prodigios que se realizaron en el monte Sinaí, dice que son milagros, signos con alguna significación, por- que inusitato modo fiebant (De Trin. UI 5,11; 6,11).

El milagro entraña además otras dos realidades que lo completan y le dan propiamente su valor apologético. Son: ser un hecho divino y ser signo o confirmación de algo por lo cual se hace. La primera de estas dos reali- dades está expresada en las obras de Agustín con una claridad que deslum- bra. Sin embargo, A. Michel ha escrito: «Para San Agustín no es absolu- tamente necesario que el milagro sea propiamente divino». No nos parece acertada la apreciación crítica que otro autor hace del citado. «No podemos comprender tal afirmación, si no suponemos en quien la escribió una im- precisión, debida a la lectura demasiado superficial de los escritos de San Agustín». Más tarde corrige la plana y alaba la labor realizada por la di- vulgación de San Agustín llevada a efecto por Michel.

Es comprensible una y otra postura desde el momento en que se dis- tinga, dentro de la obra del Hiponense, lo que él discierne con tanta escru- pulosidad. Para los hombres hay misterios, milagros, en toda la naturaleza creada, «porque hay muchos cambios cuya razón se nos oculta, y de ahí procede la selva de todos los milagros visibles» (Epist. 162, 9). Y si no nos detenemos a considerar los demás, es porque assiduitate vilescunt (De civ. Dei X 12); nos son ya tan comunes, que hemos perdido el concepto de su rareza. San Agustín distingue maravillosamente dos clases de milagros por los efectos producidos: «También entre estas obras distinguimos una dua- lidad: unas solamente producen admiración, otras suscitan gratitud y bene- volencia» (De util. cred. 16,34). El milagro natural, cuando se lo considera con diligencia, es el mayor de los milagros, y, sin embargo, esto es lo más acomodado para los sentidos de los ignorantes (ibid.). En este sentido, en el sentido de causar admiración —+es una especie de milagro—, no se re- quiere una potencialidad divina. Pone el ejemplo de un hombre volando, que causaría admiración, pero nada más (ibid.). «Absolutamente», como dice Michel, el milagro, entendido ampliamente según San Agustín, no precisa ser un hecho divino, porque, en sentido lato, milagro sería todo lo que causa admiración.

Con todo, el pensamiento agustiniano es mucho más hondo. El mila- gro es una obra de Dios, si no inmediata, mediatamente realizada por el Esto lo afirma el Santo en muchos pasajes de sus obras (cf. De civ. Dei X 12; X 7 et passim; De Gen. ad litt. IX 18,35). Si el milagro es un ir contra las leyes de la naturaleza (Contra Faust. XXVI 3), un exceder el modo na- tural de las cosas y de las causas (ibid., XXIX 2), sólo el autor de la natu-

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raleza puede obrarlo. Clara aparece también esta idea en cada uno de los comentarios a los milagros que San Juan narra en su Evangelio.

El segundo elemento del milagro era el ser signo o confirmación de algo. Esto le da ese carácter de apologético que desde la más remota anti- gúedad se atribuye a lo maravilloso. «Exceptuando, según principié a de- cir, todo esto, existen, sin embargo, otras cosas pertenecientes a la misma terrena materia que sirven para anunciar a nuestros sentidos algo divino, y con toda propiedad se denominan milagros o prodigios...» (De Trin. Ul 10,19). Este es el más cabal significado del milagro. El milagro, como signo de algo divino, es la máxima garantía de una religión. El fin discri- mina los milagros, llevados a cabo por Dios o por sus santos, de los prodi- glios mágicos o teúrgicos de los demonios (De civ. Dei X 16,2). Todos los milagros del paganismo, tanto de los dioses como de los hombres, analiza- dos por el Santo, le llevan a esta conclusión: «Son o falsos o tan inusita- dos, que hay razón más que suficiente para no creerlos» (ibid., XVIII 18). Y como ellos se han empeñado en hacer maravillas para embelesar a los flacos e infiltrarles su errónea y falsa religión (1bid., X 16,1), Dios ha que- rido también probar la suya haciendo tales prodigios por medio de sus siervos, prodigios que, aunque son pequeños para Dios, sin embargo, son aptos para infundir un temor saludable e instruir a los mortales (ibid.).

Cristo, como centro de la historia y de la humanidad, es el punto de referencia de todas las maravillas. San Agustín enumera todos los milagros obrados con el pueblo de Israel, como prenuncio y preludio del nuevo ca- mino y del nuevo sacrificio de Cristo (ibid., X 17-19; 32,1-2). Los mila- gros son obra de Dios y prueban su religión (ibid., X 9,1; X 14-17). Los milagros obrados después de Cristo se enderezan a eso, a encarecer y dar a conocer y testimoniar su divinidad (ibid., XXI 5-9). Y sus instrumentos son los apóstoles, los mártires, los hombres de Dios, en una palabra, que por su intercesión y por sus súplicas consiguen tales gracias (1bid., XXII 9- 10).

Porque el milagro es algo increíble, por eso la propagación y difusión del cristianismo es un milagro. Agustín propone una serie de puntos a creer, y al final concluye: «Si no creen que se han realizado estos milagros por medio de los apóstoles, para que se les creyese a ellos, que predicaban la resurrección y la ascensión de Cristo, nos basta este grande milagro: que el orbe de la tierra ha creído eso sin ningún milagro» (ibid., XXII 5. Pue- den leerse también los capítulos 7-9).

A la luz de estos hechos ya es fácil hacernos a la idea de lo que la Ciudad de Dios contiene sobre la apología de la religión. No son exagera-

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das las afirmaciones siguientes: «La Ciudad de Dios es la más grande apo- logía de la antigiiedad». Y otro autor: «Es una apología del cristianismo y la más potente de las que produjo la antigúedad». Así. Los argumentos que en ella se esgrimen son incontrovertibles. El autor tiene conciencia de su deber y se opone enérgicamente y enérgicamente remata esa madeja de ló- gica silogística, capaz de derrumbar las creencias más arraigadas.

HIT. La «ciudad de dios», enciclopedia de la cultura antigua

EL SABER ANTIGUO

La cultura griega cundió por todas las regiones del Imperio romano. Roma se tornó el emporio de la ciencia. En aquella ciudad donde anidaban todas las doctrinas, se fingían todas las mitologías. Los poetas, los histo- riadores, los filósofos, eran para unos lo destacado del pueblo; para otros, la hez de la sociedad. ¿A qué se reducía aquel saber? Se han multiplicado prodigiosamente los estudios en torno al contenido del mismo. Marrou nos lo define en pocas palabras, fundado en las grandes autoridades que han estudiado el tema y en las fuentes propias. «Se puede definir en pocas pa- labras: era una cultura esencialmente literaria, fundada sobre la gramáti- ca y la retórica, tendiendo a realizar el tipo ideal del orador». Esto res- pondía a una larga y antigua tradición griega y romana. En realidad, todos los grandes personajes que se destacan en el pueblo romano acoplan per- fectamente su saber a esta descripción. El orador era la cumbre de la cultu- ra. La poesía llegó a responder a una necesidad artística, muelle y femeni- na, que ha caracterizado siempre al pueblo italiano. Decayó la poesía, sur- g1ó la historia como mero relato de hechos sin interpretación. El intelectual romano no era ni historiador, ni poeta, ni aun filósofo, aunque esto le toca- ra más de cerca; era sencillamente un gramático, un retórico con aspiracio- nes a orador.

Agustín nacía al Imperio romano. No era de familia distinguida ni noble. Su educación intelectual correspondía al hombre de clase media. Agustín estudiaba en la escuela y en los libros. Es un autodidacta. Marrou, en su Retractado, se lamenta de no haber sacado de este hecho las valiosas consecuencias que encierra. Es que el hombre cultivado por su cuenta con un valor y una capacidad de trabajo insuperable es un hombre, además de sabio, constante y una personalidad vigorosa. Si es verdad lo que señala el

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mismo autor —y que lo es dan fe de ello las obras de Agustín—, que «la ciencia en tiempo de Agustín se reducía a la cultura general que la tradi- ción clásica colocaba como base para la formación del orador», el estu- diante de Cartago llenó plenamente su plan de intelectual. Su carrera de gramática fue brillante. El mismo nos lo atestigua en sus Confesiones (MU 3,6). Tanto es así, que, cuando pasó a Roma el prefecto Símaco, le nombra profesor de retórica en Milán (ibid., V 13,23).

Sabido es lo que la gramática y la retórica como bases para el orador significaban. La erudición, tanto de tipo histórico como mitológico, for- maba parte del caudal que el orador había de tener. La vastedad de los co- nocimientos era profunda y ardua. Agustín supo sobreponerse a todo. Y consiguió su ideal. Fue otro momento cumbre para su vida de hombre cul- tivado su encuentro con la filosofía (ibid., III 4,7). La filosofía, como ayu- da para el orador, era inapreciable. La filosofía, con su riqueza de ideas, le brinda un campo abierto tanto a su inteligencia como a su imaginación. Las Categorías de Aristóteles le abrieron los ojos a un nuevo mundo y le descubrieron las posibilidades de comprensión que él poseía. «Las entendí yo solo», dice entusiasmado el joven de Cartago (Confess. IV 16,28-30). Cuando más tarde toma en sus manos los libros de los platónicos, le dele1- tan con una sabrosidad comparable solamente a las dulzuras divinas (1bid., VI 9,13-15). Este fue un claro de luz que penetró en su espíritu y le dejó extasiado en aquella contemplación filosófica tan cara al neoplatónico (1ibid., VII 10,16 ef passim). Agustín iba aumentando sus conocimientos. Su labor era la del investigador, la del orador: recoger datos para un futuro mejor. «Todos los teóricos latinos se han hecho una idea terrena, utilitaria, de la cultura general. De los dos aspectos de la «cultura preparatoria», han retenido sobre todo el aspecto «perfectivo» con detrimento del aspecto «activo». La cultura general es para ellos menos una formación del espíritu como función que el hecho de acumular conocimientos, materiales utiliza- bles para el futuro orador». Agustín no se desvía de esta corriente.

Esta nota, que daría a Agustín tarjeta de ciudadano en la Roma deca- dente, viene contrarrestada por la conversión, por su cultura cristiana, si puede hablarse así. Agustín, con este nuevo cúmulo de conocimientos, no es ya un «hombre de la antigitedad», sino un «hombre de la Edad Media». En este sentido completa su haber intelectual y se transforma en el centro y cruce de dos edades, mejor diríamos de dos corrientes culturales, la roma- na en decadencia y la occidental. La Ciudad de Dios es el paso de la una a la otra, significa sencillamente el entronque y el empalme de las dos co- rrientes, que han de dominar el pensamiento europeo durante varios siglos. Vivimos de la cultura antigua que nos ha legado el autor de esta obra ma-

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jestuosa, y de ella alimentamos nuestro pensamiento sociológico, filosóf1- co y teológico. San Agustín, a esta altura, se presenta como spátantiker Mensch más que como antiker und mittelalterlicher Mensch. Estas apre- ciaciones terminológicas de Reitzenstein tienen su verosimilitud. En reali- dad, San Agustín está en el cruce de las dos edades, y, absolutamente ha- blando, no podría decirse que sea un tardío-antiguo, un antiguo de la últi- ma época, sino el primer medioevalista.

Este cultivo de la ciencia eclesiástica le realza y valoriza mucho más. Su nivel intelectual adquiere una altura de gigante y es parangonable con cualquier sabio de aquellos tiempos. El cristianismo, informando aquel su saber, es lo que ha dado a la Ciudad de Dios ese sabor de eternidad, ese enciclopedismo que se muestra en cada una de sus páginas, porque cada página es eso, una reseña de un dato histórico, de una apreciación exegéti- ca y de un tono filosófico maduro y bien definido.

MITOLOGÍA, POESÍA E HISTORIA

Al abrir esta obra del Hiponense se halla el lector con un número considerable de citaciones, de nombres y de fechas. Es curioso constatar la comprensión extensiva de Agustín, sobre todo de las mitologías y de los misterios de las religiones paganas. ¿Dónde sorprendió el escolar de Ma- daura estas imágenes? Conocida y muy de su lectura ordinaria le era la Eneida, de Virgilio. Virgilio, para él, era el poeta encantador, el que atraía su curiosidad en aquellos tiernos años de su juventud, cuando todo su an- helo era «amar y ser amado» (Confess. U 2,2; !II 1,1). Virgilio era aquel poeta que en medio de fábulas mitológicas le hacía llorar en su juventud, y en su niñez le deleitaba con un deleite muy semejante al verdadero (ibid., 1 13,21-22). Virgilio era el poeta cuyos versos aprendían los niños desde su infancia (De civ. Dei 1 3), y en un corazón como el de Agustín, tierno, sen- sible y delicado, no podía menos de encontrar un lugar seguro y bien aco- modado. En él aprendió Agustín la mitología, en él aprendió muchas de las ceremonias empleadas en la consagración de los templos y de los hombres a los dioses, y en él aprendió, sobre todo, a ver las cosas remontando el sentido vulgar del pueblo, el amor a la patria y a las virtudes nobles.

Virgilio es el poeta favorito de Agustín. «El autor esencial, el clásico por excelencia, el summus poeta, aquel en que se resume la cultura latina, aquel que Agustín cita con más frecuencia y más conscientemente, a quien siente siempre presente en su memoria y en su corazón, es, sin duda, Virgil- lio». Existen, además, entre los poetas, otros de segundo puesto en el cora-

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zÓn de Agustín; así tenernos a Terencio. Sus versos sabrosos conservan en la obra de Agustín la frescura de la pluma del poeta. Y también es, si no familiarizado, conocedor de los versos de Horacio, Lucano, Perseo, Ovidio, Catulo, Juvenal. Todos se hallan citados en la obra del Obispo de Hipona. La poesía fue siempre un campo abierto a su alma de místico y platónico en sus ratos de idilio y en sus ocios de oración. La poesía, como recreación y sensibilidad, es un ejercicio ascético de búsqueda del infinito. Y a Agustín le atraía esta grandiosidad de la creación, que expresará des- pués tan maravillosamente en sus arranques contemplativos.

La mitología le ofrecía un terreno laborable y útil para la obra em- prendida. Virgilio y el mismo Homero le habían colocado sobre la pista. No era ya poco el conocimiento que había adquirido sobre la materia con la lectura de las obras de estos autores. Su noticia era acabada, como lo prueba la exposición que hace a lo largo de toda la Ciudad de Dios. Ade- más de estos autores, ¿tuvo otros a mano? En la antigiledad, afirma Ma- rrou, hallamos un cierto número de profesores de mitologías donde los es- tudiantes podían adquirir grandes conocimientos sobre el asunto. Pero la fuente más segura, en que Agustín ha adquirido su ciencia, es, sin duda, la obra, por otra parte histórica, de Varrón, tantas veces citada por él, Anti- gúedades. En ella halló pasto abundante para su inteligencia y para sus fi- nes particulares de apologeta erudito. Las Antigiiedades de Varrón, con su teología mítica o fabulosa, su teología civil y su teología natural, era una enciclopedia de la mitología. En ella se presentaban los dioses, los institu- tores de los mismos, los misterios, los hombres dedicados a los mismos; en fin, todo lo que refiere en ese análisis detallado que Agustín hace de la obra (De civ. Dei VI 2-4ss., explanado luego en los tres libros siguientes: VII, VII, IX). También en alguna ocasión cita a Evemero (ibid., VI 7,1 27) e interpreta algunas cosas —por ejemplo, la cronología de la ciudad celeste y terrestre— en sentido evemerístico (cf. Ciudad de Dios XVI.

Otro punto cuestionable es la cultura histórica de Agustín. Para ha- cernos una idea aproximada de los autores frecuentados por Agustín para la composición de su obra, y de los cuales nos señala algunos, hemos de tener presente la siguiente distinción: hay una historia profana, pagana, y otra historia sagrada, eclesiástica. San Agustín hace uso de una y de otra, y una y otra están perfectamente delineadas. Seguimos en esto a todos los tratadistas. El informador de la historia profana, en lo tocante a las institu- ciones y mitologías, es el viejo historiador ya mencionado, Varrón. Cita, además, a Salustio, a Tito Livio, a Floro y Eutropio. Se halla también al- guna reminiscencia de Tácito y aun de Suetonio Los diez primeros libros se escribieron teniendo a la vista a todos o a la mayor parte de ellos.

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La historia sagrada, mejor la historia del pueblo de Israel, de la hu- manidad, desde Abrahán hasta el nacimiento de Cristo, está sintetizada en la Ciudad de Dios. Y se hace solamente alusión a la historia crónica o cro- nológica (De civ. Dei VII II; XVII 27). Suponemos que ésta sea la de Eu- sebio, al que se cita expresamente en De civ. Dei (XVIII 25). Tal vez le fuera accesible en la traducción de San Jerónimo. Sin embargo, él nos dice que para informarse sobre las herejías ha leído atentamente la Historia eclesiástica de Eusebio, traducida y completada por Rufino (De haer. 83). Conoce, además, los catálogos de herejías de Filastro y de Epifanio (£pist. 222,2). Todo ello nos induce a creer que haya podido hacer uso, en la composición de esta obra, de esos materiales.

No hemos de pasar por alto otros dos autores tan dignos de loa y tan caros para el Obispo de Hipona. Nos referimos a Cicerón y a Séneca. Re- cordemos por un momento la impresión que causó en el joven, ávido de sabiduría, la lectura del eximio maestro de la elocuencia (Confess. II 4,7). «Mudó —dice él con emoción— hacia ti mis súplicas e hizo que mis votos y deseos fueran otros». Y no era —nos advierte él— el estilo lo que delei- taba, sino lo que decía. A Agustín le eran perfectamente aplicables aque- llos versos de Homero:

El olor que se pega una vez a una vasija, le dura después mucho tiempo.

Versos que él aplicaba a la lectura de Virgilio, que se imponía a los niños. Y esto también a él le duró toda la vida. Siempre que cita a Cicerón, lo hace con veneración, se descubre, son palabras —dice— del eloquentis- simus vir, del moderador de la república.

No menor es la fruición con que alega a Ennio Séneca. Le cree tan cercano a nosotros, que a veces se deleita en sus versos como en oráculo sagrado. ¡Cuánta admiración para el ilustre español romano! Junto a éste, y haciéndole eco, se halla Apuleyo, aquel platónico tan traído y llevado, tan citado por Agustín, porque también le había tomado afecto desde su niñez.

Por las páginas de la Ciudad de Dios vemos desfilar la flor y nata de la cultura antigua. No es de extrañar que ella nos sitúe, más que ninguna otra obra, en el corazón de la antigiiedad. Pero es más de maravillar que ella también, con su sabor arcaico, nos brinde un regusto de modernidad, de actualidad, a lo menos en sus ideas, en sus certeras apreciaciones. Esta vasta enciclopedia del pasado es una biblioteca para todo investigador de las antigiedades clásicas. Más aún encierra otro valor enciclopédico, que es ser

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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

«El libro VIII es un compendio de filosofía, que muestra la grandio- sidad del platonismo y su proximidad a las ideas cristianas». Esta es la idea más delineada que puede justificar este apartado. La Ciudad de Dios, co- mo obra enciclopédica, no podía dejar de resumir a grandes trazos esta ra- ma tan importante en la cultura de la antigúedad. La filosofía, que se des- pertó en Agustín al contacto con el Hortensio, de Cicerón, le acompañaría en todas sus avanzadas en el campo de la religión. Ya en su primera obra, en el libro Contra académicos, se barruntan sus pretensiones y sus aficio- nes. Platón le atrae, y con él los platónicos. En el libro VIII de la presente obra nos hace una historia pormenorizada de la filosofía anterior a Platón. En este análisis destaca a Sócrates, el maestro de Platón (De civ. Dei VI 2-3). El platonismo le ofrece un terreno laborable para sus investigaciones cristianas y prueba su acercamiento a la verdad de nuestra religión.

S£San Agustín conoce algunas obras de Platón. Cita el Timeo nueve veces, una vez según la traducción de Cicerón (ibid., XIII 16,2) y ocho conforme a la traducción de Calcidio. Cita, además, cuatro veces el Fedón. En general cree Combés que todas las demás citaciones del mismo son de segunda mano, tomadas de Cicerón. No compartimos la opinión de Marrou cuando escribe: «Si Agustín cita el Ilepí kócov (que él cree de Platón), es según la traducción de Apuleyo». San Agustín no atribuye, como Marrou encarece de nuevo en nota, el De mundo a Platón. Y pensamos así, en pri- mer lugar, porque los pasajes que el citado autor francés menciona no lo ponen de manifiesto. Las palabras de la Ciudad de Dios: quae uno loco Anuleius breviter stringit in eo libro qui de Mundo scripsit (1V 2) no im- plican que esta obra se la atribuya a Platón, pues del filósofo griego no di- ce una sola palabra en este lugar. Además, el otro pasaje que cita, tomado del sermón 242,8, no hace al caso. En él se habla simplemente de los cua- tro elementos, tierra, agua, altre y éter, llamado también cielo y fuego. Alu- de al Timeo, como se ve por el capítulo 11 del libro VIII de la Ciudad de Dios. Quizá este confusionismo le haya nacido a Marrou de que en este mismo lugar pone por subtítulo del Timeo De Mundi constitutione. Pero, cotejando, en realidad, bien todos los pasajes paralelos, caemos en la cuen- ta de que éste es el mismo Timeo. Así, por ejemplo, escribe: Ouanquam et de mundo et de his quos in mundo deos a Deo factos scribit Plato (1b1d., X 31). Evidentemente alude al Timeo. Por consiguiente, el error no es de Agustín. Por otra parte, si este libro que cita escrito por Apuleyo fuera una traducción del platónico de Madaura, San Agustín, sin duda, como en otros casos, lo hubiera notado.

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El Obispo de Hipona conoce, además, las Categorías de Aristóteles, tal vez también por la traducción debida a Mario Victorino. No nos alla- namos tampoco a creer que no conociera más obras, cuando también de Aristóteles panegiriza y hasta a veces señala algunos puntos de su doctrina (ibid., VII 12).

Las Enéadas, de Plotino, son, sin duda, aquellos libros que, según su expresión, cayeron en sus manos en los años de su conversión (Confess. VII 2,3). Más tarde, antes de la composición de la Ciudad de Dios, las re- leyó y se apropió de su saber hasta el punto de cristianizarlo en muchos puntos. Otro platónico tan discutido y tan controvertido en la Ciudad de Dios es Porfirio, a quien bate y rebate en el libro X. A su lado milita tam- bién su paisano el filósofo de Madaura, Apuleyo.

En el libro VII de la obra se dan cita todos los viejos maestros de las dos grandes escuelas; en él «trata ex professo de la filosofía griega». Pitá- goras, Zenón, Crisipo, Espeusipo, Epicuro, estoicos, epicúreos y pitagórl- cos, todos en una concatenación maravillosa, hacen acto de presencia ante el implacable juez, justo y severo, encarnado en la persona de Agustín.

UNA IDEA FLOTANTE: EL MANIQUEÍSMO

Agustín vivía la problemática de su vida con un cúmulo enorme de sentimientos. El hombre en su madurez se torna un poco niño. Aquellas doctrinas que en su juventud había aprendido de los maniqueos no podían ahora vagar sueltas en su cabeza. Muchas de ellas eran aprovechables, y de hecho Agustín no las desecha, antes las depura y cristianiza. Era ecléctico, porque la verdad así lo exige. No vamos a detenernos a estudiar las etapas del maniqueísmo en Agustín. El P. Lope Cilleruelo lo ha hecho ya en un artículo interesante. A nadie se le ocultan los relatos de las Confesiones y las controversias antimaniqueas del gran convertido de Tagaste. Queremos fijar nuestra atención en la «presencia oculta del maniqueísmo en la Ciu- dad de Dios».

A la verdad, hemos de decir que Agustín se da cuenta de que está lu- chando contra una realidad, y a veces los denigra con un argumento ad ab- surdum. Explica el precepto de No matarás. Unde et quidam hoc praecep- tum etiam in bestias ac pecora conantur extendere, ut ex hoc nullum etiam illorum liceat occidere. Cur non ergo et herbas et quidquid humo radicitus alitur ac figitur? nam et hoc genus rerum, quamvis non sentiat, dicitur vi- vere; ac per hoc potest et mori; proinde etiam, cum vis adhibetur, occidi» (De civ. Dei 1 20). Agustín no desprecia ocasión. Cuando su pluma se va

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deslizando, flota siempre en su imaginación aquel error que le hizo perma- necer alejado de la verdad por largo tiempo. Y esta idea, que desde su más tierna edad abrigó en su mente, no le abandonará nunca.

El maniqueísmo, con su concepto de mal, con su dualismo, dejó en el autor de la gran obra una huella imborrable. También aquí, pensaba él, era posible la cristianización. El Apocalipsis y las Epístolas de San Pablo le enseñaban algo parecido. Y con la Biblia y el maniqueísmo se trabaría la nueva función. «Más tarde, Agustín —escribe Combés— lloró sus errores, pero las lágrimas no pueden borrarlo todo. Las ideas de la juventud, por mucho que uno quiera librarse de ellas, dejan siempre una huella en el fondo del alma; y tanto más durable es esa huella cuanto el alma luchó más para defenderla y sufrió más al abandonarla. Pues bien, esta huella nos pa- rece marcada con claridad en el concepto que se forma San Agustín en la Ciudad de Dios. La opone a la ciudad de Satán, y corresponde a la idea maniquea de las dos potencias que se disputan el mundo. Agustín la corri- ge, no concediendo al Mal ni la eternidad ni la influencia del Bien, y sobre todo afirmando que el hombre es libre para resistir. Pero esta corrección no le impide ver en la vida, bajo todas sus formas, moral, social y política, un combate perpetuo entre los principios enemigos. Esa visión será el fondo y, por decirlo así, el alma de su doctrina». Gilson se opuso a este punto de vista de Combés y adujo varias razones contra esta tesis «En caso de esco- ger —dice el P. Lope—, confieso que la tesis de Combés se acerca más a la verdad, a mi juicio, que la de Gilson». El P. Lope, en el mismo artículo, va desbaratando una a una todas las razones aducidas por Gilson. Nos creemos dispensados de hacer este estudio. Sin embargo, es interesante re- señar aquí la posible filiación de la idea agustiniana de Filón o de Ticonio. La de Filón queda positivamente descartada desde el momento que no se prueba que San Agustín tuviera un conocimiento de su obra. Aunque, en realidad, las coincidencias ideológicas son numerosas, sin embargo, mien- tras no se pruebe la influencia, hemos de achacarlas a la fuentes comunes usadas por uno y otro; Filón, judío-helenistas, y Agustín, maniqueo- cristianas. En cuanto a Ticonio. donatista, si bien es verdad que Agustín conoce sus Reglas (De doctr. christ. UI 31,44), con todo, la doctrina que en ellas se enseña dista mucho de ser la agustiniana. Es un problema exe- gético.

«En una palabra —concluiremos con el ilustre agustinólogo agus- tino—, tenemos que excluir también cualquiera filiación fundada en una comunicación literaria. La única filiación admisible, la que da forma con- creta y perfecta al afán dualista que observábamos en el joven Agustín, es la Sagrada Escritura, y especialmente San Pablo»

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Así, la obra de San Agustín se nos presenta «como una enciclopedia del conocimiento». En él, especialmente en la Ciudad de Dios, se personan todas las enseñanzas de la antigitedad, todos los errores, todas las herejías; todo el mundo antiguo, diríamos, se asoma por el balcón abierto a la mo- dernidad, balcón que. identificamos con la Ciudad de Dios.

IV. La ciudad de Dios, hermenéutica de la historia

¿FILOSOFÍA, TEOLOGÍA O HERMENÉUTICA?

Como preámbulo a este estudio es preciso adelantar el concepto agus- tiniano de historia. Sintetizando y recogiendo los valiosísimos estudios preparados sobre este punto, nos reduciremos a presentar las conclusiones de Amari sobre el objeto de la historia, conforme a la doctrina agustiniana: «La determinación del objeto histórico —dice— comprende un triple or- den de hechos.

El primero comprende los acontecimientos en el sentido genérico de res gestae. En él encontramos las locuciones spatia temporum, volumina temporum, contextus ordo saeculorum, series saeculorum, ordo temporum, que indican el orden temporal y el desarrollo ordenado en él de los hechos.

El segundo orden determina la naturaleza de estos hechos, refiriéndo- los a los hombres y a la acción de Dios en el tiempo: gesta divina et huma- na.

El tercer orden especifica el ámbito de los hechos humanos, poniendo como objeto propio de la historia el género humano como colectividad.

Se forma el objeto de la historia por un conocimiento exclusivamente humano, por la scientia. Pero un conocimiento histórico más elevado, la sapientia, manifestará otro orden de hechos como objeto de la historia: tal es el de la lucha interna del individuo, que se transporta a la historia de los ángeles y al género humano».

En estos breves esquemas puede resumirse todo el concepto agusti- niano de historia. Este concepto implica toda la problemática agustiniana, tanto de orden metafísico como teológico. El dualismo maniqueo y la lu- cha antipelagiana tienen cabida en esta concepción excepcional del proce- so histórico. En el capítulo siguiente haremos unas someras consideracio- nes sobre el hombre en las Confesiones y el hombre en la Ciudad de Dios,

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considerado como ese eje en torno al cual gira la historia de la humanidad entera, con su destino eterno y ultraterreno. La historia, para San Agustín, no es, como para Bernheim, «la ciencia que relata y expone en su nexo causal los hechos del desarrollo del hombre en sus manifestaciones como ser social», sino que es la ciencia que, sobre ciertos principios de interpre- tación, da sentido eterno a los hechos humanos. Tal vez sea una definición con prejuicios, pero en realidad así lo creemos. En la historia agustiniana entran como constitutivos tres elementos esenciales: el hombre, Dios y los hechos. Sobre este fundamento intentaremos exponer con brevedad la con- troversia tan acalorada en nuestros días.

En los dos últimos decenios principalmente se ha agitado entre los es- tudiosos la cuestión sobre el sentido de la historia. La historia, como pro- blema, ha acuciado la mente de todos los intelectuales, precisamente por- que el hombre va construyendo su historia y porque se ha llegado a decir que el hombre es historia. La discusión versa sobre el mismo título de esta ciencia. La filosofía de la historia es el gran caballo de batalla. Contra la filosofía de la historia se han aducido razones de todo género. A partir de 1947, Rahner, para quien la historia es una «divina comedia», volvió a po- ner la cuestión sobre el tapete. Y, desde esta fecha, los estudios se han multiplicado. La teología de la historia, en oposición a la filosofía, ha ido ganando terreno. Se objeta a la filosofía de la historia que:

1. La historia se ocupa de hechos concretos y contingentes, mientras que la filosofía tiende más bien a un conocimiento de universales, de razo- nes «madre». 2.” Que el suceder humano se desarrolla en un campo sobre- natural, en una atmósfera edénica y redimida, mientras que la filosofía no se remonta a esas alturas. A pesar de que estas razones hayan sido o quie- ran ser desbaratadas por los defensores de la filosofía de la historia, con todo, la filosofía, en un sentido estricto, no es aplicable a la historia. La historia, vista desde la otra orilla, es decir, vista desde el punto de mira di- vino, tiene un sentido universal, pormenorizado, sí, pero general y deter- minado. Sin embargo, una determinante de este sentido es el hombre mis- mo, el hombre que toma parte en estas gestas. Para el hombre, la historia es eso, un fluir de acontecimientos, un correr de años, de obras y de suce- sos, con un origen y un fin determinados y concretos. La trascendencia de los hechos no va entrañada en los hechos mismos. Los hechos en sí, en cuanto acciones de tal hombre, no llevan esa mira trascendental. El hom- bre no investiga la causa de tales hechos; sabe que fue tal hombre el que los hizo; busca, sobre todo, el motivo de esas acciones, y ese motivo es ya interpretativo, hermenéutico, no intrínseco al hecho mismo. El papel de la filosofía, aplicada a un hecho, es sencillamente el de inquirir la causa efi-

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ciente, el autor de tal hazaña; quizá se extienda también a los motivos, pe- ro no pasa de ahí.

La teología de la historia, como ciencia histórica, viene también reba- jada y objetada por los que propugnan la filosofía de la historia. Unos y otros pretenden ser exclusivos. La teología no abarca todo lo que se refiere a Dios. «Las valoraciones históricas emanadas de cara a lo trascendente, contra el pensar de algún autor, no son teología por necesidad». Cierto que hay una teodicea —1nvención de Leibnitz— que es de cuño esencialmente filosófico. La teología, como tratado de Dios —+£ése es el concepto puro y genuino—, no abraza los aconteceres humanos sino en cuanto que todo lo que se sucede viene regido y gobernado por la Providencia. Además, si es verdad que el mundo, la humanidad después de la caída, restaurada por Cristo, tiene un destino sobrenatural, eterno, no lo es menos que por la luz de la razón puede seguirse ese desenvolvimiento lento de años, de fechas y de hazañas. La teología, aplicada a la historia, se reduciría a una mística de la humanidad, en cuanto que se emplearía en buscar a Dios en cada uno de los acontecimientos y en inquirir su influjo en cada una de las obras reali- zadas.

Esta divergencia entre filosofía y teología de la historia ha sido la ocasión de que otros autores hayan ensayado una tercera vía. Se debatían Padovani y Ottaviani, los dos representantes de la cultura italiana. La po- lémica versaba sobre la existencia de leyes reguladoras de los aconteci- mientos. Ottaviani proponía una nueva ciencia con el nombre de praxiolo- gia, o ciencia de la práctica, no en el aspecto deontológico, o de lo que de- ben hacer los hombres, sino de lo que hacen. A este fin formulaba una se- rie de leyes praxiológicas: Leyes de los deseos y de las necesidades; leyes de interés y leyes de la fenomenología del sentimiento. Este formalismo en la historia tiene perfecta cabida dentro del margen de la Ciudad de Dios, sin prejuzgar polémica alguna. Estas leyes son leyes que rigen y vigen en las páginas de esta gran obra. La ley eudemonológica expresada por Otta- viani en estos términos: Todo hombre tiende a la conservación indefinida y a su total felicidad, se formula y se menciona frecuentemente en la Ciu- dad de Dios.

Sin embargo, estas leyes no surten el efecto esperado, porque sim- plemente nos proporcionan un ángulo del triángulo antes propuesto para una solución verdadera de los problemas históricos. Séanos permitido ade- lantar aquí un término que, sin prejuzgar esta problemática, nos conducirá al fin. El término empleado por nosotros es el de «hermenéutica de la his- toria». La hermenéutica —hoy tan manoseada, justamente porque el hom-

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bre es el centro de las cosas— implica una interpretación, un elemento subjetivo, en el que radicará la objeción contra ella. San Agustín explica la

palabra EPENVEÍA. Sienifica interpretación (De civ. Dei VII 14). Los he- chos en no encierran ninguna significación concreta y determinada. Los hechos son tales en relación con este o con el otro que los considera. Ais- lados, independientemente de un sujeto que les una significación, me- jor, una interpretación, no son más que meros efectos producidos por una causa, que a veces será racional, el hombre; a veces natural, diríamos irra- cional, animales o elementos. Se objetará que en este sentido convertimos la historia en puro subjetivismo, en conciencia fáctica, pero ideal, de reali- dades. La objeción sería digna de aprecio en caso de que simplemente se redujera a esto nuestra hermenéutica. Hay aún otros elementos que la inte- gran y contornean soslayando esta dificultad. Resulta que el hombre que interpreta estos hechos ha de hacerlo, indudablemente, con criterios perso- nales; pero a la vez hay otros criterios estables, fijos y generales, para to- dos los acontecimientos. Estos serán los criterios o formas de la hermenéu- tica. Así, pues, no hay ni filosofía ni teología de la historia; existe una hermenéutica de la historia, una interpretación filosófica o teológica de la historia. Los hechos no son filosofía ni teología; solamente el que los ana- liza puede darles un sentido filosófico o teológico en conformidad con ciertas leyes o formas de hermenéutica.

A la luz de estas consideraciones es fácil ya la solución de este otro problema: La Ciudad de Dios, ¿qué es, filosofía, teología o hermenéutica? Ante todo, hemos de hacer notar que San Agustín no se contenta con ser un mero expositor o narrador de hechos; quiere algo más. Habla de los ma- les de las guerras púnicas y escribe: Si enarrare vel commemorare cone- mur, nihil aliud quam scriptores etiam nos erimus historiae (De civ. Del 1 II 18,1). Su papel será el de dar sentido a la historia, interpretar los hechos, como hace en cada uno de los capítulos de esta gran obra.

A tenor de sus conclusiones, los defensores de cada una de las apre- ciaciones apuntadas resuelven la cuestión a su favor. A raíz del centenario de la muerte del «gran Africano a la antigua» ——como le llama Una- muno—, la controversia se acentuó. Padovani se decidió resueltamente por estudiar la Ciudad de Dios como teología de la historia, al paso que otros, Ruotolo, por ejemplo, seguían considerándola en el viejo sentido de filoso- fía. Más modernamente se han dividido las partes: unos la llamarían meta- física de la historia; otros, filosofía cristiana de la historia. Empero, nos afirmamos y nos inclinamos a nuestra apreciación. La Ciudad de Dios es una hermenéutica de la historia, cuyos principios de interpretación son los

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siguientes, son lo que podíamos llamar las constantes para la recta inter- pretación de la historia, independientes y añadidas a los criterios persona- les, individuales del hermeneuta, que podrán ser leyes del interés, del sen- timiento, de las necesidades o de los deseos.

1? La PROVICENCIA

La Providencia en el pensamiento agustiniano es la clave de la solu- ción para todos los conflictos y para todos los enigmas. Agustín, que sintió sobre su ser la mano cariñosa y paternal del gran Padre en aquel su pere- erinar por los arrabales del placer, no podía desligar al mundo de su co- rriente vivificadora. Sobre —Jdiría Agustín si viviera entre nosotros—, la mano de Dios tendió su palma. Su providencia me guió, y su auxilio po- deroso dirigió mis pasos por los asendereados caminos de la vida. Las Confesiones son un canto a la Providencia desde su primera página, aquel pórtico divino que nos abre el sancta sanctorum: Inquietum est cor nos- trum, donec requiescat in te (Confess. 1 1,1), hasta el augusto colofón: A te petatur, in te quaeratur, ad te pulsetur; sic, sic accipietur, sic invenietur, sic aperietur (ibid., XIII 38,53). Y el mundo —-la humanidad es como el hombre (Serm. 81,9)—, por consiguiente, no puede ser ajeno a la mano de la Providencia.

El providencialismo es la tesis desarrollada a lo largo de la Ciudad de Dios. «La historia, antes de realizarse en el tiempo, ha florecido en la eter- nidad, en el consejo de los pensamientos divinos o de la presciencia del Creador». La historia realizada no es otra cosa que la ampliación de la imagen divina, forjada en los talleres de la eternidad. Esta tesis es la cul- minación de toda la creación. Todo lo abarca la Providencia, ab angelo ad vermiculum, desde el más encumbrado serafín hasta el más vil gusanillo de la tierra (De div. quaest. 83 q.53,2), desde el ángel y el hombre hasta las florecillas de la tierra (De civ. Dei V 11). Desde esta cumbre, la historia aparece como un poema inefable, lleno de encanto y de poesía (ibid., XI 18; Epist. 138,1,5; 166,5,13). Los males, los contratiempos, las adversida- des, son las antítesis que embellecen los poemas. Todo bajo el régimen de la Providencia se torna dulce, agradable y bueno: Deus, per quem universi- tas, etiam cum sinistra parte perfecta est (Sol. 1 1,2). El problema del mal, que tanto acuciaba a la antigúedad y que tanto agitó a Agustín en su juven- tud, quedaba así maravillosamente soslayado. El mal es necesario para la hermosura del universo, como los fondos negros en la pintura. Pero, si San

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Agustín no olvidó nunca este aspecto, profundizando más en las Escritu- ras, lo completó y subordinó a otro aspecto superior. «El acento cargado antes sobre la necesidad del mal para el esplendor de la hermosura del universo pasa a la bondad del fin por el cual es permitido; el optimismo sucedió al pesimismo» La Ciudad de Dios es la apoteosis de la Providen- cia en su gobierno del mundo. El mal queda reducido a la mínima expre- sión, porque el fin de la Providencia, al permitirlo, es la bondad, la belleza del universo. Así, la Providencia integra el punto esencial para la interpre- tación de los males acaecidos a lo largo de la historia.

Sin embargo, la Providencia parece estar en contradicción con la li- bertad humana. A San Agustín no se le ocultó esta objeción. Cuando trata de rebatir el hado (fatum), lo hace con una energía inigualable. Se enfrenta con el dilema propuesto por Cicerón y lo soslaya de modo sorprendente. Cicerón objeta: «Si son sabidas todas las cosas futuras, sucederán en el mismo orden en que se presupone que sucederían; si sucederán en este or- den, es cierto el orden de las cosas para Dios, que las presabe; si es cierto el orden de las cosas, es cierto el orden de las causas, porque no puede ha- cerse algo a lo cual no haya precedido causa eficiente alguna; si es cierto el orden de las causas, por el que se hace cuanto se hace, todo lo que se hace es Obra del hado. Si esto es así, nada hay en nuestra potestad y no hay al- bedrío de nuestra voluntad» (De civ. Dei V 9,2). El mismo argumento, con retruécano, propone para negar la presciencia. «Aprisiona —dice Agus- tín— al espíritu religioso en tales estrecheces, que le hace elegir en la dis- yuntiva: o pende algo de nuestra voluntad o hay presciencia de los futuros» (1bid.). Cicerón prefirió el hombre a Dios, y conservó en el hombre la li- bertad, negando a Dios el ser presciente del futuro. En cambio, «contra to- dos estos sacrílegos e impíos atrevimientos, nosotros afirmamos que Dios sabe todas las cosas antes de que sucedan y que nosotros hacemos por libre voluntad cuanto sentimos y conocemos que no se hace sino queriéndolo nosotros. Pero no decimos que el hado haga todas las cosas; decimos más, que el hado no hace ninguna. El orden de las causas, donde la voluntad de Dios tiene gran poder, ni lo negamos ni designamos con el nombre de ha- do. Con todo, de que sea cierto para Dios el orden de todas las causas no se sigue que no penda nada del arbitrio de nuestra voluntad, porque también nuestras voluntades están en el orden de las causas, que es cierto para Dios y se contienen en su presciencia, ya que las voluntades de los hombres son causas de las acciones humanas» (ibid., 3). Así quedaba solucionado el di- lema y rebatido Cicerón. No hay, por consiguiente, oposición entre la presciencia divina y la libertad humana. Es indudable que el problema no es de poca trascendencia y que es difícil de resolver. Agustín lo veía con

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claridad. Quizá no para todos fueran claros sus argumentos. Pero, ante to- do, campea la idea de la Providencia tomando parte en todos los acaeceres, hasta de los humanos, que es de donde nuestra voluntad parece excluirla.

Esto que Agustín señala, como una verdad inconcusa, en el hombre, lo plasma con mayor claridad al dar significado providencial a la historia. Dios castiga por igual a justos y a pecadores, a malos y a buenos, ¿por qué? Porque plugo a la divina Providencia invitar a penitencia a los malos con ese flagelo y enseñar la paciencia a los buenos. A este tenor, ha prepa- rado bienes eternos para los buenos y justos, y bienes temporales, con ma- les eternos, para los malos y pecadores (ibid., I 8,1). La Providencia es el recurso máximo para los conflictos. Cuando los móviles humanos no bas- ten y cuando sean suficientes, la Providencia ha de imperar siempre, para que los destinos de la humanidad sigan el curso que tienen prefijado. La Providencia es la razón de que muchos cuerpos, aun de los justos y santos, queden sin sepultura, y de que otros la hayan recibido y de que los patriar- cas mandaran que se los sepultara (ibid., I 13). La Providencia corrigió y allanó la soberbia de los filósofos (ibid., II 7) y ordenó para fines buenos las desastrosas muertes de los reyes de Roma (ibid., III 15,1-2; 16). La Providencia concedió al Imperio romano tan vastas latitudes (1bid., IV 3; 15) y da a los buenos y a los malos el reino (ibid., IV 33), y la divina Pro- videncia constituye los reinos humanos, y de su voluntad penden su dilata- ción y su duración (ibid., V 1; 21). En manos de ella están todos los deve- nires, y todos los acontecimientos de la historia y de ella y a ella debe atri- buirse todo (ibid., 11: V 2: 19: VII 30).

La Providencia, por consiguiente, no puede separarse de la historia y de su desenvolvimiento y ha de considerarse como un elemento para la in- terpretación de los aconteceres. Pláceme dar fin a este apartado con las bri- llantes palabras de un conferencista: «San Agustín no fue pesimista, por- que escribió contra los maniqueos; no fue optimista, porque luchó contra Pelagio; no fue escéptico, porque se rebeló contra los académicos; no fue fatalista, porque rechazó el fatum de los romanos; fue sencillamente provi- dencialista» (E. CABO).

2. CRISTO EN EL CENTRO DE LA HISTORIA

Cristo, en la concepción agustiniana de la humanidad, lo es todo. El es el nuevo Adán que da vida al género humano, El el Redentor que nos libró de nuestra caída, El el único y el verdadero Mediador. En Adán cayó toda la humanidad, y desde entonces, desde los albores de nuestra existen-

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cia, desde los primeros vagidos del paraíso, la vida del hombre fue un sus- piro, un anhelo, un ansia de redención y, por tanto, de Redentor. Cristo era visto desde aquellas lejanías como el futuro Dominador, el que había de librar a la humanidad, rota y desgarrada, del profundo abismo en que ya- cía. La historia así viró hacia Cristo. Y Cristo, al aceptar su encarnación, aceptó el más trascendental de los deberes: dar un nuevo ser a las cosas, a los hombres y a la humanidad. Se diría que aceptó el ser Creador del hom- bre nuevo.

Hay una expresión en la Ciudad de Dios que sintetiza este pensa- miento de expectación y de viraje hacia Cristo. Prophetica historia llama San Agustín a la narración en que se refieren primordialmente las cosas que llevan algún significado futuro y secundariamente las que van tan uni- das a éstas, que, aunque no signifiquen nada, sin embargo, no impiden a aquéllas su significación y la completan (De civ. Dei. XVI 2,3). Esta es historia, porque narra los hechos pasados, y es profética, porque los narra de tal forma que prenuncia los futuros (ibid., XII 10,2; X 32,3). Esta es la mente del profeta y ésta su intención: hacer historia con significación me- siánica. Es cierto que quien desea interpretar la historia de Israel con ojos puramente racionales, sin tener para nada en cuenta este hecho, la venida que se espera de Cristo, no la interpretará como es, porque Cristo es uno de los ejes para la recta hermenéutica. Sin Cristo, la historia es ininteligible. Precisamente el significado profundo de los hechos narrados, como preté- ritos, en las historias anteriores a Cristo, está vuelto hacia esa imagen. En torno a Cristo se desarrolla la historia antigua. Frente a Cristo se desen- vuelve la contemporánea a El y sobre Cristo gira la posterior. Cristo es la conjunción de dos edades; Cristo es el lazo de unión, la intersección de dos coordenadas: la providencia de Dios y la libertad humana.

Sin Cristo, la historia es un caos, porque El es la luz que la ilumina. San Agustín es cristocéntrico; todo lo hace girar en torno a Cristo. El mun- do antiguo es preludio de Cristo: los antiguos ritos, los antiguos sacrificios (1bid., X 4-6), los milagros, las profecías, con sus fondos de trascendencia (1ibid., X 8-17), todo. En los libros XV, XVI y XVII discurre largamente sobre la revelación de Cristo desde los orígenes del género humano. Cristo es el fundador de la Ciudad de Dios (XVIII 1). Cristo mantiene así la co- rriente divina que circula por los hombres, pero la conserva, porque es el Mediador.

Cristo Mediador es otra realidad que se concatena con ésta, y sin la cual el hombre se siente aprisionado. Hay un capítulo en el libro X de la Ciudad de Dios que nos da en síntesis la obra redentora de Cristo por me-

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dio de la mediación; es el capítulo 20. Cristo es mediador, porque se hizo hombre sin dejar de ser Dios, y para salvar a todo el hombre, vistió todo el hombre, se echó sobre sus hombros todo su ser mancillado y enfermo (ibid., X 27). Las artes teúrgicas de Porfirio y de los griegos eran insufi- cientes para la total purificación. Cristo llenó esta laguna y la anegó con la sobreabundancia de su gracia. Este camino de purificación, de renovación, no faltó a los hombres de la antigua ley ni a los anteriores a la promulga- ción de la misma (ibid., X 25). De esta suerte, Cristo se asume la soberanía de la justificación y se torna en purgator et remunerator para las dos ciu- dades y es veracissimus potentissimusque mundator atque salvator. Indi- vidualmente, fuera de El nadie se libra, nadie se ha librado y nadie se libra- rá: nemo liberatus est, nemo liberatur, nemo liberabitur (ibid., X 32). El es el camino universal para la liberación y salvación de las almas. El es el principio para el mismo efecto (ibid., X 24). El es el Mediador que alargó la mano a los caídos y sumidos en lo profundo de la miseria (ibid., X 31).

En lo social, Cristo, fundando su Iglesia, la religión cristiana, nos proveyó de un medio de salvación. La liberación y purificación del alma queda supeditada a la religión cristiana. Esta institución de Cristo, institu- ción en pro de la comunidad, de la sociedad de los fieles, es el único ca- mino verdadero, real, seguro con firmeza de eternidad (ibid., X 32,1-3). El cristianismo así toma un realce y una pujanza no igualados. Su crecimiento se opera por la virtud divina: Gratia Dei desuper veniente, per lavacrum regenerationis in Spiritu Sancto misso de caelo subinde cives eius accres- cunt (ibid., XX 17). A partir de este hecho, de la encarnación de Cristo, la historia no puede comprenderse sin Cristo. De aquí nace que el cristocen- trismo, Cristo, sea un criterio para la recta inteligencia e interpretación de los acontece res históricos.

3." LOS DOS AMORES

Agustín pensaba así: En mi ser hubo una lucha, lucha a muerte, entre dos seres que anhelaban sorprenderme. ¿Por qué, pues, no podré deducir que esto es la historia? Desde este momento comenzó a ser original Agus- tín. La historia comenzaba bajo esta visión de dualidad de amores. Agustín trasladó el drama de su vida a los acontecimientos de la historia. De esta manera, el hombre se engranaba en la corriente vital de los acaeceres his- tóricos y brindaba un nuevo título a la hermenéutica. Con esta grandiosa concepción se explicarían todas las luchas, todas las guerras, porque todas ellas serían eso, una lucha entre dos amores: el egoísmo y la caridad.

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Esta contrariedad de quereres la halló Agustín en el fondo más abisal de su alma. «Hay en el alma dos voluntades, porque, no siendo una de ellas total, tiene la otra parte lo que le falta a ésta... De este modo, las dos voluntades mías, la vieja y la nueva, la carnal y la espiritual, luchaban en- tre y, discordando, destrozaban mi alma» (Confess. VII 5,10). En la arena del corazón de Agustín se peleaba la más despiadada de las batallas, de meipso —dice él— adversas roeipsnm (ibid., VHI 11,27). De esta con- tradicción personal sacó Agustín una triste experiencia, pero a la vez con- tagiosa y vivificadora: el cristianismo como lucha. Esta concepción, en el terreno de lo social, es la base de la Ciudad de Dios.

Fecerunt civitates duas amores duo: terrenam scilicet amor sui usque ad contemptum Dei, caelestem vero amor Dei usque ad contemptum sul (De civ. Dei XIV 28). He aquí definido el origen inmanente de las dos ciu- dades. En este pasaje se resume todo el gran despliegue de comparaciones y semejanzas que San Agustín emplea a través de sus diversos escritos. La explicación de esto viene dada en los libros que integran la segunda parte de la Ciudad de Dios. Pero, sobre todo, un pasaje del De Genesi ad litte- ram nos exhibe todos los caracteres de estos dos amores en que vemos abunda el mundo. Dice así: «Estos dos amores, santo el uno e inmundo el otro; social el uno, y el otro, individual; uno que mira por el bien común por la sociedad celestial, y el otro que busca en el bien común la propia utilidad, por su arrogante deseo de mandar; el uno, obediente a Dios; el otro, su émulo; uno tranquilo, turbulento el otro; pacífico uno y sedicioso el otro; prefiriendo uno la verdad a las alabanzas de los que yerran, y ávido el otro de alabanzas; uno amistoso, envidioso el otro, queriendo uno para el prójimo lo que quiere para sí, y anhelante el otro de someter el prójimo a sí; uno, rigiendo al prójimo para utilidad de éste, y el otro para la suya propia. Estos dos amores precedieron en los ángeles, uno en los buenos y otro en los malos, y distinguieron las dos ciudades, fundadas en el género humano bajo la admirable e inefable providencia de Dios, que administra y ordena todo lo creado» (De Gen. ad litt. X1 15,20). He aquí en pocas pa- labras el carácter específico de los dos amores. Este es uno de los hallaz- gos máximos en la historia: la especificación del ser por el amor. Cada uno es lo que ama (Serm. 121,1). Si la operación sigue al ser, el ser sigue al amor y en el amor se completa. Precisamente en esto radica la genialidad de la concepción. Todas las obras históricas son productos del amor, del amor santo, social, o del amor perverso, privado, egoísta. Partiendo de este supuesto, es fácil explicarlo todo. Las guerras civiles, un ejemplo en la de Sila y Mario, fueron y son obra de la pasión de dominio, de alabanza, de amor propio (De civ. Dei 11 23,1-2; 14,1-2). El amor propio, la propia hon-

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ra y la propia gloria fue el motivo de que Régulo volviese, después de arengar en el Senado contra Cartago, a sus enemigos (ibid., I 15,1-2); de que Lucrecia se diera muerte por haberse visto violada (ibid., I 19-1-3); de que Catón se quitara la vida por no soportar la victoria de César (ibid., I 23-24); y esta misma pasión fue la causa de que se infligiera la muerte al hermano de Rómulo (ibid., HI 6). A esta misma causa han de revocarse to- dos los reinados desastrosos de los reyes romanos y la corta regencia de los cónsules, porque dice Virgilio hablando de Tarquinio: «Siempre ha triunfado en su pecho el amor a la patria y una pasión inmensa por su glo- ria» (cf. De civ. Dei 5 16). La gloria es el único móvil de todos los actos puramente humanos, y Agustín así interpreta todas las acciones de la anti- gua historia romana, que expone con profusión de datos y de citas.

En cambio, la historia de la ciudad de Dios florece en el campo del amor santo, de la caridad perfecta, de ese amor a Dios hasta el desprecio de mismo. Dueña prueba de ello son los libros XV, XVI, XVII. Lo es también el galardón que se les da, el descanso eterno, la estabilidad de las moradas eternales.

Con este nuevo punto de vista se completa la hermenéutica de la his- toria en lo que tiene de historia humana, de libertad del hombre. No es sólo la Providencia la actora en este drama de lo histórico; no es sólo Cristo el fin exclusivo de esta epopeya de la humanidad. Toma también parte en ella, y como protagonista hasta cierto punto, el hombre, este hombre con- creto, con su destinación eterna y su cristocentrismo radical. Este hombre que, mientras viaja en esta peregrinación, lleva el signo de la trascenden- cia, el del uti agustiniano, que significa viaje; no el de frui, que indica re- poso, gozo, disfrute. Este hombre da a la historia una directiva según su amor; por eso el amor es el quicio de lo histórico, porque el hombre es la parte activa de la misma, porque, como el ser del hombre se concreta por lo que ama, el ser de la historia bajo la Providencia y en dirección a Cristo se centraliza por el amor del que va tejiendo esta historia. Así, la visión exacta de la historia para San Agustín es una hermenéutica de los hechos históricos, fundada sobre ciertos criterios de interpretación, que él emplea en la Ciudad de Dios y que son los personales y constantes, y éstos son los tres apuntados: la Providencia, Cristo y los dos amores, que se identifican con el hombre.

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V. La «ciudad de Dios» y las Confesiones»

LA APTITUD DE AGUSTÍN

Se ha presentado un problema en torno a las dos obras cumbres del Obispo de Hipona. El problema consiste en esta pregunta: ¿Para qué estaba dotado naturalmente San Agustín, para componer las Confesiones O para escribir la Ciudad de Dios? Para dar respuesta adecuada a esta pregunta es preciso tener en cuenta algunas observaciones. En San Agustín, en su per- sonalidad, encontramos una paradoja, paradoja profunda y fecunda. La pa- radoja se apoya precisamente en esto. Toda la vida de Agustín se redujo a aquello que él expresaba ya en sus Confesiones, si bien luego «sublimado» —sin que la palabra encierre un sentido freudiano—: «Y ¿qué era lo que me deleitaba sino amar y ser amado?» (H 2,2). Y también: «Amar y ser amado era la cosa más dulce para mí, sobre todo si podía gozar del cuerpo del amante» (II 1,1). Y amar, como define Agustín, es un apetito (De div. quaest. 83 q.53,2); el amor es un ímpetu que no puede permanecer inacti- vo, es un ímpetu que empuja por necesidad (En. in Ps. 121,1). El amor es un movimiento hacia algo, hacia fuera; es una emigración del corazón. Si, pues, amar es vivir en el amado, a lo menos intencionalmente, síguese que el hombre no piensa en sí. Y he aquí lo paradójico en Agustín. Rodeado y enfrascado toda su vida en mil amores con signo negativo en su primera etapa y positivo después, nunca descuidó su interior. Aquí brilla una para- doja fecunda: amar, que es igual a vivir fuera de y preocuparse de en sÍ.

Esta paradoja explica toda la vida de Agustín. Su vida, entregada, di- ríamos modernamente, al apostolado, al exterior, y su interioridad. Y el problema culmina en esto: ¿Qué nota dominaba más en su vida? Porque justamente en la respuesta a este interrogante se hallará la clave para la so- lución del problema anterior. Es cierto que es difícil delinear y delimitar estas dos cualidades que adornaban y equilibraban el ser del gran Africano. A juzgar por su abundante cosecha literaria, debe pensarse en que Agustín estaba hecho para entregarse, para comunicarse, y sobre esta comunica- ción, sobre la comunidad funda sus monjes. Según esto, su aptitud nativa sería para lo social, para lo comunitario, para el cristianismo. Y ésta es la labor que brilla y resplandece en cada uno de los capítulos de la Ciudad de Dios. Lo social —ya hemos hecho mención de ello— es el punto básico del cristianismo. Primero la sociedad, la Iglesia, y luego, mediante su valo- ración, se valora el individuo. En este sentido, la Ciudad de Dios es una

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obra esencialmente cristiana, sin que esto quiera decir que las demás no lo son. Simplemente queremos decir que el argumento, la composición y el desarrollo de esta gran obra es de tipo puramente cristiano, es el primer en- sayo sobre la esencia del cristianismo, como algo social. Las Confesiones, desde este punto de vista, es una obra sencillamente enfocada hacia una vi- sión del cristianismo, la interioridad, la intimidad, tan recomendada en los Evangelios y en todos los libros sagrados; pero no pasa de ser una visión parcial. Psicológicamente es la obra del valer imperecedero por la penetra- ción y profundización de los grandes enigmas y de las grandes deformida- des que encierra el ser humano. Sin embargo, el cristianismo no es sim- plemente inferioridad; si así fuera, nos podrían tachar un poco de protes- tantes. Los dos factores, el interno y el externo, el interior y el exterior, se expresan con profusión y convencimiento en los escritos sagrados.

«San Agustín —ha escrito alguien— no «nació» para escribir su obra De civitate Dei. Como nacer, seguramente nació para no escribirla. El que en realidad la escribiera, más que a una propensión nativa, ha de atribuirse a una madurez conquistada. Dicho en forma más concreta: «Nativamente», San Agustín vino dotado para escribir las Confesiones; por eso mismo no lo estuvo para escribir la Ciudad de Dios. Las Confesiones toman su moti- vación de un pathos de intimidad, mientras que la Ciudad de Dios supone temple público» No estamos del todo conformes con estas tan valiosas apreciaciones. A decir verdad, hablando así —conste que no parece mane- ra acertada de hablar—, San Agustín no «nació» para escribir ninguna Obra; nació para seguir los impulsos de su amor. Y el amor le arrastró a to- do esto. Es innegable que su ansia de interioridad, de intimidad, le capacita para escribir las Confesiones; pero esto no le resta en nada la capacidad para escribir la Ciudad de Dios. Hago esta afirmación porque en la Ciudad de Dios se conjugan los dos términos de la paradoja a que antes aludíamos, mientras que las Confesiones es sólo un buceo, por el mundo de los in- comprensibles misterios del ser del hombre. No sería arriesgado decir que San Agustín escribió la Ciudad de Dios porque, sin escribirla, su ser, en lo que tenía y valía, qué era su amor, no quedaría completado. Yo prefiero decir que nació para escribir la Ciudad de Dios, intuyendo la propia vida, no escribiéndola.

Así es perfectamente inteligible aquello de que antes se entendía la Ciudad de Dios por las Confesiones; en adelante se entenderán las Confe- siones por la Ciudad de Dios. Esta última es la obra del Agustín completo y total, del Agustín erudito y psicólogo, mientras que las Confesiones es la obra del psicólogo en actitud orante ante el Dios personal, buscado por y encontrado para mí. Las Confesiones, en este sentido, pueden concebirse

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como una introducción a la Ciudad de Dios porque es una visión parcial del ser humano, en cuanto relacionado con Dios y desligado de la socie- dad, es decir, solitario, aislado.

EL HOMBRE Y SU CONCEPCIÓN

El problema, en las Confesiones y en la Ciudad de Dios, es único. Sólo con una diferencia: que en la Ciudad de Dios se integra, mientras que en las Confesiones se esboza. El enigma del hombre en una y otra obra es la cumbre de la más brillante exposición. «Esta concepción integral que abarca todo lo creado, desde la más alta «luz espiritual» hasta la «materia informe», constituye el fondo de esas dos grandes obras, las Confesiones y la Ciudad de Dios, en las que el Santo Doctor se propone resolver el más íntimo problema de la vida espiritual e inmortal, tanto en los hombres co- mo en los ángeles». Este es el centro de las dos obras.

En las Confesiones toma conciencia de mismo por primera vez el hombre; en la Ciudad de Dios la toma la humanidad. Por eso esta obra ha sido llamada «las Confesiones del mundo antiguo». El hombre frente a Dios es el tema que ocupa la atención de Agustín en estas grandes aveni- das de su pensamiento. Dejando a un lado de momento la imagen, tan trl- llada, del hombre diluido en el tiempo y con tendencias de eternidad, tan bellamente expuesta en las Confesiones, queremos fijarnos un poco en aquella otra imagen del homo peregrinus, que entraña en todo un mundo de significación metafísica y trascendente. Desde la primera página de la Ciudad de Dios hasta la última se ve flotar a este hombre, que, en tenden- cia de lo eterno, se pierde entre las cosas temporales. La Ciudad de Dios, la compañía de la región celestial peregrina entre la maldad del mundo, sin pensar que es precisamente en esta refriega donde se completa y se perfec- ciona. La Ciudad de Dios, peregrina entre la ciudad terrena, es el símbolo más acabado del hombre, distendido en el tiempo, según la imagen tan co- nocida de las Confesiones.

Si Agustín desarrolla esta imagen del hombre en torno a la humani- dad, es por una idea vieja ya en su concepción, es porque considera la hu- manidad como un hombre y a ella le atribuye todos los devenires de la vi- da peregrina del hombre. Su vida está reflejada en el relato de la Ciudad de Dios. «No tiene la felicidad de una fuente la ciudad y de otra el hombre, puesto que la ciudad no es otra cosa que una multitud concorde de hom- bres» (De civ. Dei 1 15,2). La misma imagen emplea en el capítulo 3 del libro IV. Se propone probar que es más feliz el hombre que, con ser pobre,

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está contento con su escasa fortuna que aquel otro que, siendo rico cauda- losísimo, siempre está asaltado por los temores y por las preocupaciones. Así, las ciudades, con el ruido de las guerras y con la pólvora de su arma- mento, siempre están inseguras y nunca gozan de plena paz y seguridad, porque el hombre es en la ciudad lo que una palabra en un discurso. «El mundo —diría en un sermón— es como el hombre: nace, envejece y mue- re» (Serm. 81,9). A la verdad que el mundo no es la mole corporal, sino los moradores. El mismo lo expresa en estos términos: «Mundo se llama no solamente a esta fábrica que Dios hizo, cielo y tierra, mar, las cosas visi- bles y las invisibles, sino también a los habitantes del mundo se llama mundo, como se dice casa a las paredes y a los que la habitan» (In Epist. lo. tr.2,12; In lo. Evang. tr.2,11; In Epist. lo. tr.4,4; la idea está muy espar- cida por las obras del gran Doctor).

El hombre agustiniano así está enraizado en el mundo, vive en el mundo y gira hacia la eternidad. De entre estos hombres hay unos que, abandonando todas las cosas, tienden, sin declinar, hacia la altura, hacia su verdadera patria. Y el amor los hace ciudadanos de esta patria. En cambio, hay otros que, errantes y vagando por el mundo, con el amor puesto en las criaturas, se derraman al exterior y pierden sus posibilidades para la patria celestial. Son lo que Agustín llama en un cierto sentido el mundo. «¿Quién es el mundo? Los habitadores del mundo, como se dice casa a sus morado- res. Esto ya está dicho muchas veces y no os lo repetimos con fastidio. Al oír mundo en mala acepción, no entendáis sino los amadores del mundo, porque lo habitan por el amor, y porque lo habitan merecieron tal nombre» (Un Epist. To. tr.4,4; también tr.2,12; En. in Ps. 105,5). He aquí el origen y la procedencia de las dos ciudades, de la concepción existencialista del hombre. El hombre, como «ser en el mundo», en el auténtico sentido agus- tiniano, es el morador del mundo, que lo habita por el amor. El hombre tiene que estar en el mundo, pero puede no habitar en él. En otras palabras, diríamos: tiene que ser en el mundo, pero no tiene necesariamente que amarlo, porque habitar es eso, vivir con el amor sobre una cosa.

Las Confesiones son una explicación de este pensamiento en torno al hombre. No necesitamos extendernos mucho para hacer ver las grandes corrientes del pensamiento de San Agustín que circula en uniformidad de pulsaciones por estas dos obras maestras. El hombre, como peregrino de eternidad y cruce de dos amores, es el tema de ambos escritos. Pero en la Ciudad de Dios hay algo más profundo y de mayor raigambre, porque es la obra social por excelencia del gran escritor africano. Esa corriente se ha hecho savia común para todo el pensamiento posterior. Por esa idea, ex- tendida hasta la humanidad entera en un entronque largo y seguro, desde la

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autoridad suprema hasta el más ínfimo de los vasallos, todo en armonía perfecta, se han guiado todas las sociedades desde hace quince siglos. Y hoy la política no tiene otra salida que tornar a las otras cumbres, a buscar el modo de asegurar la paz, eso que no se encuentra, porque se busca des- cartando a Cristo, a su Iglesia, que es la suprema autoridad para esta causa. Se ha olvidado que la sociedad no es para los hombres, aunque también lo sea, sino —y esto es lo principal— los hombres son para la sociedad. La paz no es fruto de una reunión, sino de la buena conciencia y de la comu- nión con la auténtica depositaría de la paz que Cristo vino a traer con la espada a la tierra. Esa paz venía para los hombres de buena voluntad. Lean y relean una vez más el libro XIX de la Ciudad de Dios, que es «el mejor tratado que se ha escrito de sociología», y en el encontrarán los grandes de hoy las gigantescas proporciones que alcanzan los pilares de la paz radica- da en la Iglesia, custodia fiel de la palabra de Cristo, «por el que reinan los príncipes y los jueces ejercen la justicia».

LA «CIUDAD DE DIOS» Y LA POSTERIDAD

No nos es permitido pasar en silencio un punto referente a la repercu- sión de la Ciudad de Dios en la posteridad, tanto en el orden social como en el orden cultural e intelectual. Ya desde un principio, Pablo Orosio to- como método de construcción histórico el seguido por el Obispo de Hipona en esta obra. Luego, Genadio de Marsella, el gran enemigo de San Agustín, le censura por sus muchos escritos y le aplica aquellas palabras de la Escritura: In vaniloquio non deest peccatum Sin embargo, esta censu- ra del marsellés no rebajó en nada la gran autoridad que adquirieron los escritos del santo Obispo.

En lo político, mejor, en lo social, su influencia comenzó a notarse a partir del período carolingio. Los grandes principios sentados en la obra sobre el régimen de los reinos y sobre su sumisión a la Iglesia comenzaron a ser puestos en vigor por Carlomagno. El nuevo emperador era el más asiduo lector de la magna obra del Doctor de la Gracia. Ya su primer bió- grafo, Eginardo, lo hacía notar en estos términos: Delectabatur libris S. Augustini, praecipueque his quí «De civitate Dei» praetitulati sunt. La 1m- portancia que a esta obra se daba, puede colegirse de las grandes traduc- ciones que por mandato de los emperadores se hicieron. Durante el ponti- ficado de Bonifacio VIII tornaron a vigir los principios agustinianos, si bien un poco excesivos y con aditamentos que superan el pensamiento de San Agustín. La bula Unam sanctam, donde se expone la teoría de las dos

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espadas, que gobernó el Medioevo, quizá de cuño egidiano, tal vez tenden- cioso, quería ser la expresión más genuina de aquel principio: La Iglesia y el Estado son dos poderes soberanos, pero la Iglesia está encargada del ré- gimen de los mismos imperios (Mager). El atentado de Anagni fue el mo- mento más peligroso del ataque que el cesarismo imperial emprendió con- tra la Iglesia. «Fue aquel —diremos con el doctor Cabo— en que Felipe el Hermoso enviaba a Nogaret a Anagni para que escupiera la dignidad de Bonifacio VII, cuando aún restallaban como un látigo sobre la carne im- pura del despotismo cesáreo las palabras de la bula Unam sanctam». Cuando moría el Pontífice, Dante podía escribir: «He visto a las flores de lis entrar en Anagni y dar vinagre y hiel a Cristo». Se estaban cumpliendo entonces aquellas palabras del gran sociólogo Agustín: «Cuando la ciudad terrena dictó leyes tocantes a la religión, le fue preciso a la Iglesia disentir y no conformarse con ellas y ser aborrecida de los que opinaban lo contra- rio, sufrir sus odios, sus enojos y el ímpetu de sus crueles persecuciones» (De civ. Dei XIX 17). Pero las grandes ideas de Agustín vieron, por fin, una acogida venturosa. En lo social, la influencia de la Ciudad de Dios ha sido avasalladora. En realidad, en términos más o menos precisos, siempre los Estados se han guiado por las directivas trazadas por el gran Africano.

Queremos, sobre todo, fijarnos en su influjo en el mundo intelectual, en el mundo de las ideas. Desde que la filosofía de la historia se consideró como ciencia, todos los tratadistas han vuelto sus ojos a esta gran obra. Se la ha estudiado en sus diversos aspectos de filosofía y de teología de la his- toria. Se la ha considerado en sus relaciones con la scientia nova o teoría scientitica de Juan Bautista Vico, a quien se ha creído fundador de la filo- sofía de la historia. Otón de Freising (De duabus civitalibus 1158), Dante (De monarchia 132,1), Ruperto de Deutz (1135) y Joaquín de Fiore (1202), en el Medioevo, fueron los representantes del legado especulativo del gran Obispo de Hipona. Joaquín de Fiore, con su división de edades en edad del Padre, edad del Hijo y edad del Espíritu Santo, intentó acercarse en lo posible a la distinción de épocas de la Ciudad de Dios.

Modernamente hay dos hombres principales, además de otro, que no han podido desligarse de San Agustín, que merecen especial mención en esta rama del saber que brota del frondoso tronco de las obras del Hipo- nense. Me refiero a Benigno Bossuet y al conde de Maistre. Más moder- namente, podían citarse a F. Schlegel, Soloviev y Vito Fornari, que han seguido la inspiración y el espíritu agustiniano. Es indispensable y en todo punto aparecen los dos, los primeros citados de la época moderna. Bossuet desarrolla en su obra Discurso sobre la Historia universal toda la ideolo- gía agustiniana. El subtítulo de la misma dice así: Para explicar la conti-

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nuación perpetua de la religión y de las varias mutaciones de los impe- rios. El sentido providencialista que en ella se emplea nos recuerda los grandes esfuerzos realizados por Agustín para demostrar al pueblo romano el influjo del Dios uno y verdadero, que aun en medio de las persecuciones ejerce sobre sus fieles, mejor, sobre sus criaturas. Pudiéramos añadir que la continuación de este escrito histórico —providencialista— es la obra del conde de Maistre titulada Las veladas de San Petersburgo, que lleva por subtítulo lo siguiente: Coloquios sobre el gobierno temporal de la Provi- dencia. El propósito aparece claro en este sobrenombre y la realización a través de toda la obra. Prueba de que las obras no son más que una glosa a la Ciudad de Dios, de San Agustín, es el prefacio de la obra de este último, en la que cita y encomia la concepción agustiniana.

En nuestro tiempo se ha virado de nuevo hacia ese monumento de la cultura y de la ciencia universal, y los grandes devenires de la historia, que humanamente no encuentran solución, se encajan perfectamente en la con- cepción llevada a cabo en la Ciudad de Dios por Agustín. Se ha proclama- do la «vuelta a San Agustín» como remedio último a los grandes pecados de nuestros días. La separación creciente, en algunos países abiertamente y en otros con más clandestinidad, entre la Iglesia y el Estado, ha llamado una vez más a San Agustín a la hora presente. Sería ésta la mejor lección que el mundo debió haber aprendido en el decimosexto centenario de su nacimiento. Así, la ciudad celestial, que va reuniendo de entre los mortales ciudadanos para sus moradas, llegaría a abrigar en su seno a todos los pe- regrinos de la eternidad que viajan sobre el vacío del tiempo. Se podría ha- cer hoy la invitación que Agustín dirigía a aquella Roma rota y disoluta, quebrantada por la profanación de sus dioses y desgarrada por la angustia intensa de la desventura sufrida. «Arrebata ya, ¡oh Roma!, la patria celes- tial, por la cual trabajarás muy poco y en la cual reinarás siempre y de ver- dad. Allí no hay para ti el fuego vestal ni la piedra del Capitolio, sino el único y verdadero Dios, que no señalará límites a tu poder ni a la duración de tu imperio. Sin comparación más gloriosa es la ciudad soberana, donde la victoria es la verdad, donde la dignidad es la santidad, donde la paz es la felicidad y donde la vida es la eternidad» (De civ. Dei (1 29,1-2). Y, una vez en esta patria, después de la vida —porque la vida es lucha (ibid., XIX 5)—, el hombre hallará el consuelo a su mortal desconsuelo, porque ¡bi vacabimus et videbimus; videbimus et amabimus; amabimus et laudabi- mus. Ecce quod erit in fine sine fine (1b1d., XXII 30), sin olvidar que la vi- da de la vida mortal es la esperanza de la vida inmortal (En. in Ps. 103,4,17).

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VL La «Ciudad de Dios» y sus ediciones

LOS MANUSCRITOS Y EDICIONES LATINAS

La fijación del texto de la Ciudad de Dios no está aún bien definida a pesar de la gran cantidad de manuscritos que han llegado a nosotros, índice de la gran difusión que alcanzó en la Edad Media. En un primer inventario de los manuscritos llegaron al número de 250 los ejemplares completos y de 60 los parciales. Más tarde, Wilmart ha registrado más de 350. De aquí la gran confusión entre familias y la gran dificultad para fijar el texto defi- nitivo. Es verdad que, después de la edición de Dombart-Karlh, los diez primeros libros quedaron prácticamente fijados y sin necesidad de nueva añadidura y nueva aportación. Con todo, a partir de 1929, en que se publi- la última edición, no se ha vuelto a hacer una edición tipo y modelo a seguir. Esperamos que un día pueda algún estudioso de las bellezas litera- rias y de las antigúedades clásicas darnos el texto íntegro y auténtico. En el entretanto, esperemos y sea la esperanza nuestra salvación.

Esta indecisión e imprecisión en la fijación del texto nos ha guiado a aceptar como texto para esta nueva edición el de Migne. No es mucho lo que los investigadores han aportado después de él para este propósito, si exceptuamos el manuscrito de Corbie. Lo creemos hasta que la crítica en este caso pruebe con sus valiosas investigaciones su falta de autoridad. No hemos añadido ni introducido en él variación alguna. Migne, accesible pa- ra el público, es ya suficiente para los lectores a los que, en general, se di- rige la Biblioteca de Autores Cristianos.

NUESTRA VERSIÓN

El estilo literario, dulce y sabroso, rico en ritmo y melodía y cargado de períodos, que se aprecia en la Ciudad de Dios, hace difícil la labor al traductor. En realidad, en San Agustín se distinguen perfectamente dos es- tilos, si no del todo diversos, en su estructuración. Uno es el estilo retó- rico, pulido y de gusto ciceroniano, en el que la frase se alarga y se pro- longa indefinidamente en períodos simétricos y asimétricos, con ritmo y poesía, pero que para la traducción es con frecuencia difícil, porque en ocasiones no pueden reducirse las frases, viéndose el traductor en la preci-

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sión de añadir de su cosecha algo, para que, al dividir la frase, no quede sin sentido. El lector podrá apreciarlo, y sabrá disculpar, por razón de la inte- ligibilidad.

Hay otro género de estilo, que es el espontáneo, el del corazón, di- ríamos. El corazón, cuando habla, no tiene palabras para expresarse; le basta lo que anhela. Así relampaguea en chispazos palpitantes de vida, en frase corta, limada, sí, pero siempre inteligible y siempre profunda, como son profundas las ideas del corazón, porque también el corazón las tiene. Y Agustín en este género es un genio. Las Confesiones, las Cartas, los Ser- mones, todas las obras íntimas y circunstanciales son de este género, por- que, cuando Agustín hablaba, hablaba con el corazón y privaba a la lengua de sus palabras. Los períodos aquí son cortos y de fácil comprensión, por- que las razones del corazón puede otro corazón entenderlas con facilidad, no así las de la inteligencia, que es lo que ocurre en la Ciudad de Dios y en los Diálogos de Casiciaco.

Precisamente toda la dificultad para una traducción accesible de esta gran obra radica en esto, en que la Ciudad de Dios es una obra de períodos largos, de oraciones subordinadas, que adquieren una extensión desmesu- rada y dificultan en sumo grado la labor. Ante esta dificultad, hemos pro- curado e intentado principalmente dos cosas: inteligibilidad y literalidad, pero no excesiva. Lo primero, porque en muchos pasajes el lector quiere resolver algunas dudas, y, si falta la inteligibilidad, quedan tan oscuras como antes. Lo segundo, porque usar un sentido abiertamente libre es des- hacer el texto de su verdadero y típico contenido. Creemos que la traduc- ción debe ser lo más fiel posible, sin excederse por una parte ni por otra, ni por una literalidad minuciosa ni por una libertad indebida. Hemos procu- rado que la lectura de San Agustín corra suelta, para lo cual hemos dividi- do, en cuanto es posible, los períodos en frase corta, tan del gusto del día. Es dificultosa esta división de períodos, por lo que en muchas ocasiones no queda otro recurso que establecer como criterio único la letra y atenerse a ella, si no con literalidad rabiosa, sin distanciarse mucho. Esperamos que la presente traducción sea benignamente aceptada por el público de habla española, al que está dirigida.

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Autocrítica

(Retractationes 2,43: PL 32,647s.)

CAPÍTULO XLIII

Los veintidós libros de la «Ciudad de Dios»

1. En el entretanto, Roma fue destruida por la invasión e ímpetu arro- llador de los godos, acaudillados por Alarico. Los adoradores de muchos dioses falsos, cuyo nombre, corriente ya, es el de paganos, empeñados en hacer responsable de dicho asolamiento a la religión cristiana, comenzaron a blasfemar del Dios verdadero con una acritud y un amargor desusado hasta entonces. Por lo cual, yo, ardiendo en celo por la casa de Dios, tomé por mi cuenta escribir estos libros de la Ciudad de Dios contra sus blasfe- mias o errores. La obra me tuvo ocupado algunos años, porque se me in- terponían otros mil asuntos que no podía diferir, y cuya solución me preo- cupaba primordialmente. Esta gran obra de la Ciudad de Dios, por fin, quedó concluida en veintidós libros. Los cinco primeros van dirigidos con- tra aquellos que pretenden una prosperidad tal para las cosas humanas, que estiman necesario para ello el culto de los innumerables dioses que suelen adorar los paganos. Y sostienen que estos males surgen y abundan porque se les prohíbe tal culto. Los cinco siguientes son una réplica a aquellos que defienden que estos males no han faltado ni faltarán nunca a los mortales, y que varían entre grandes y pequeños, según los lugares, los tiempos y las personas. Mas añaden que el culto politeísta es útil y provechoso por la vi- da que ha de seguir a la muerte. Estos diez libros refutan esas dos vanas Opiniones, contrarias a la religión cristiana.

2. Mas, a fin de que nadie nos reproche que desbaratamos la postura ajena y no afirmamos la propia, la segunda parte de esta obra, que com- prende doce libros, va encaminada a eso. Si bien es cierto que, cuando la necesidad lo exige, también en los diez primeros afirmamos nuestra postu- ra y en los doce últimos rebatimos la contraria. Los cuatro primeros libros de esta segunda parte versan sobre los orígenes de las dos ciudades, de la

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Ciudad de Dios y de la ciudad del mundo. Los cuatro siguientes, sobre su proceso o desarrollo, y los cuatro últimos, sobre sus fines propios y mere- cidos. Así, los veintidós libros, que se ocupan de las dos ciudades, han re- cibido el título de la mejor, y se intitulan de la Ciudad de Dios. En el libro décimo no debió señalarse como milagro, en el sacrificio de Abrahán, la llama de fuego del cielo que discurrió entre las víctimas divididas, porque esto se le mostró en visión. En el libró decimoséptimo, aquellas palabras que se dijeron de Samuel: No era de los hijos de Aarón, debieron más bien expresarse así: «No era hijo del sacerdote». Costumbre más legítima fue que los hijos de los sacerdotes sucedieran a los sacerdotes difuntos. Entre los hijos de Aarón, en efecto, se cuenta el padre de Samuel; pero no fue sacerdote, ni tampoco de sus hijos, como si le hubiera engendrado el pro- pio Aarón, sino como todos los de aquel pueblo se dicen hijos de Israel. Esta obra comienza así: Gloriosissimam civitatem Del.

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LA CIUDAD DE DIOS

(CONTRA LOS PACANOS)

LIBRO I

Increpa a los paganos, que imputaban a la religión cristiana, que prohíbe el culto de los dioses, las calamidades del orbe, en especial el re- ciente asolamiento de Roma por los godos. Trata de las gracias y desgra- clas que en esta ocasión, como suele suceder, fueron comunes a los bue- nos y a los malos. Por fin, refrena la procacidad de los que impugnaban el pudor de las doncellas cristianas, violado por la soldadesca.

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Prólogo

Motivo y plan de la presente obra

He tomado por mi cuenta, carísimo hijo Marcelino, en esta obra a ins- tancia tuya preparada y a ti debida con promesa mía”, contra aquellos que anteponen sus dioses a su Fundador, la defensa de la gloriosísima Ciudad de Dios, ora en el actual discurso de los tiempos, ora en aquella estabilidad del descanso eterno, que ahora espera por la paciencia, hasta que la justicia se convierta en juicio, y luego ha de alcanzar por la perfección con la vic- toria final y la paz perfecta. Empresa grande y ardua; pero Dios es nuestro ayudador. muy bien el caudal que es menester para intimar a los sober- bios la excelencia de la humildad, con la cual la alteza, no la que es hurto de la arrogancia humana, sino la que es don de la divina gracia, trasciende todas las cumbres terrenas, que se bambolean al compás de los tiempos. El Rey y Fundador de esta Ciudad, de la que me he propuesto hablar, declaró a su pueblo en la Escritura el sentido de aquel divino oráculo que dice: Dios resiste a los soberbios y a los humildes da su gracia. Mas esto, que es privativo de Dios, también lo pretende para su alma soberbia el espíritu hinchado, que se complace en que se diga en su alabanza:

Perdonar a los vencidos y abatir a los soberbios.

Por lo cual no hemos de pasar en silencio decir de la ciudad terrena (que, en su afán de dominar, aunque le estén sujetos los pueblos, ella es

2 San Agustín en la epístola 138 (n.20) promete esta obra a Marcelino en los si-

guientes términos: Veo que he escrito una carta muy prolija, sin haber dicho acerca de Cristo todo lo que había que decir, tanto para los torpes de entendimiento, que no pueden alcanzar las cosas divinas, como para los agudos que no pueden entender: les estorba su afán de contender y las preocupaciones de su viejo error. Pero quizá baste. Con todo, averigua lo que les cause extrañeza en contra de esta carta y comunícame- lo, para que les conteste a todo, con la ayuda de Dios, ya sea por carta, ya en un libro. Marcelino le había insinuado ya esto en la epístola 136 (n.3). Este Marcelino es co- nocido en la antigiledad. Varón de virtud y de celo por la gloría de Dios, consulta e investiga, y, creyéndose incompetente para resolver, pide ayuda. San Jerónimo le es- cribe algunas cartas. Orosio le cita y hace mención de él, alabándole en sumo grado.

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dominada por su libídine*) cuanto el plan de la presente, obra exija y nues- tras posibilidades permitan?.

CAPÍTULO I

De los adversarios del nombre de Cristo, a quienes en el asola- miento de la Urbe los bárbaros perdonaron por reverencia a Cris- to

Y esto precisamente porque de esta ciudad proceden los enemigos contra quienes hemos de defender la Ciudad de Dios. De entre los cuales, unos, enmendando el yerro de su impiedad, llegan a ser buenos ciudadanos en ésta; otros, empero, arden en odios tan fogosos contra ella y son tan in- gratos a los evidentes beneficios de su Redentor, que hoy en día no podrían pronunciar palabra contra ella, si, cuando huían del hierro hostil, no hubie- sen hallado su vida, de la que tanto se ufanan, en sus sagrados templos. ¿O es que no son enemigos de Cristo aquellos mismos romanos a quienes los bárbaros, por respeto a Cristo, perdonaron la vida? Testigos son de esto las capillas de los mártires? y las basílicas de los apóstoles que en aquella des-

3 Séanos permitido hacer uso de la palabra libido, o libídine, aunque de sabor

freudiano, sabor que al presente no le queremos dar. En la terminología agustiniana hay tres palabras que los traductores han vertido al lenguaje corriente por concupis- cencia, pero que en realidad creemos que no corresponden las tres a ella. Las palabras son éstas: libido, cupiditas y concupiscentia. La diferencia entre unas y otras es pal- maria a través de las obras del Santo. Cupiditas lo abarca todo, todo el amor impuro, lo que no es la caritas. Concupiscentia tiene ya un sentido más restringido; es una tendencia de tipo sensual. En cambio, libido hace referencia más bien a lo sexual, al placer venéreo. Y en los demás pasajes en que la emplea hace alusión, en cierto modo freudiana, a este carácter. (No necesitamos acumular citas, porque pensamos hacerlo en otra parte.)

+ Riber traduce esta última frase: ...y lo ofrezca de suyo la oportunidad. No con- sideramos acertada la traducción, puesto que Agustín en la misma obra hace varias veces mención de esta posibilidad a que aquí se refiere O parece referirse. Por una parte, se siente sin fuerzas físicas, por sus muchas preocupaciones, y por otra sin fuerzas morales. Siempre, en el transcurso de la obra, implora la ayuda de Dios. Por consiguiente, el conjunto pide la traducción dada: Y nuestras posibilidades lo permi- tan.

3 Estas capillas o memorias de los mártires son los lugares en que yacían las re- liquias de los santos mártires, tan venerados y queridos en los primeros tiempos del

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trucción de la Urbe acogieron a cuantos en ellas se refugiaron, tanto suyos como ajenos. Hasta allí llegaba la furia encarnizada del enemigo; allí ponía fin el exterminador a su saña; allí llevaban los misericordiosos enemigos a quienes habían perdonado la vida fuera de aquellos lugares, para que no cayesen en mano de los que no tenían tal misericordia. Aun estos mismos, que en las demás partes eran inhumanos y causaban estragos a fuer de enemigo, en llegando a aquellos lugares, donde les estaba vedado lo que por derecho de guerra les estaba permitido en otras partes, refrenaban toda la furia de su espada y se deshacía su cupididad? de cautivar. De esta ma- nera escaparon muchos que ahora infaman los tiempos cristianos e impu- tan a Cristo los males que sufrió aquella ciudad. Empero, el beneficio de perdonarles la vida por reverencia a Cristo no se lo atribuyen a nuestro Cristo, sino a su hado, cuando en realidad debieran, si pensasen con cordu- ra, atribuir los trabajos y durezas que les han infligido los enemigos a la divina Providencia, que suele corregir y acrisolar con las guerras las de- pravadas costumbres de los hombres. Además, suele ejercitar la vida justa y loable de los mortales con tales tribulaciones, para, una vez probada, o llevarla a mejor vida o dejarla aún en la tierra para otros fines. Y el haber- les perdonado la vida los fieros bárbaros, contra el estilo de la guerra, por el nombre de Cristo, dondequiera que los hallaron, o por lo menos en los lugares dedicados a Cristo, muy espaciosos y escogidos por eso para refu- glo de la muchedumbre, mostrando así una misericordia más generosa aún, esto debieran atribuirlo a los tiempos cristianos. De este hecho debían to- mar Ocasión para dar gracias a Dios y acudir sin fingimiento a su nombre, para huir de las penas del fuego eterno. Porque, aun entre esos mismos que ves con petulancia y desvergilenza burlarse de los siervos de Cristo hay muchos que no se hubiesen escapado de aquella matanza y ruina sin haber fingido ser siervos de Cristo. Y ahora, ¡oh soberbia desagradecida y sacrí- lega locura!, se oponen con corazón perverso a su nombre, haciéndose reos de las tinieblas eternas, nombre al cual se habían acogido de palabra o con dolo para gozar de la vida temporal.

cristianismo. De ellas hace también mención en muchos Sermones y en las Confesio- nes, cuando habla de llevar los manjares a bendecir a las capillas de los mártires.

6 Recalcamos una vez más la significación del término. Cierto que es un neolo- gismo para la lengua castellana, pero corresponde perfectamente a la significación adecuada de la palabra empleada por Agustín. La cupididad en la terminología agus- tiniana es el amor de las cosas transitorias.

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CAPÍTULO II

Que en ningún tiempo se hicieron guerras en las que los vencedo- res perdonasen a los vencidos por reverencia a los dioses de los vencidos

Lean la relación de tantas guerras acaecidas, ora antes de la fundación de Roma, ora desde su nacimiento e imperio, y cítennos la toma de alguna ciudad por los gentiles en que los vencedores perdonasen a aquellos que se habían refugiado en los templos de sus dioses; o el mandato de algún gene- ral bárbaro en el que se dijese que, asaltada la ciudad, no se hiriera a nadie de los que se hallaban en este o aquel templo. Por ventura, ¿no vio Eneas a Príamo

donde la sangre profanaba los fuegos sagrados que el mismo en- cendiera?

Y Diómedes y Ulises,

luego de degollar a la guardia de la ciudadela, ¿no se apiadaron de la imagen, tocando con sus manos ensangrentadas las manos virgina- les de la diosa”

Sin ser, empero, verdad lo que sigue: Empezó a desvanecerse la esperanza de los griegos.

Porque después vencieron y destruyeron a Troya a sangre y fuego y degollaron a Príamo, que se había acogido a sus aras. No pereció Troya por perder a Minerva, no; porque ¿qué había perdido primero Minerva pa- ra perecer? ¿Por ventura a sus guardas? Esta es la verdad: degollados aqué- llos, pudo ésta ser tomada, ya que no era la imagen guarda de los hombres, sino los hombres guardas de la imagen. ¿Cómo, pues, se la adoraba para que guardase a la patria y a los ciudadanos, cuando no fue capaz ni de guardar a sus guardas?

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CAPÍTULO II

Imprudencia grande de los romanos en creer que los dioses pena- tes que no pudieron guardar a Troya les habían de ser útiles a ellos

¡ Y aun los romanos se glorían de haber confiado la guarda de la ciu- dad a tales dioses! ¡Oh error sobremanera lastimoso! Y se encolerizan con nosotros por decir tales cosas de sus dioses, y no lo hacen contra sus auto- res, a quienes tuvieron que pagar, para entenderlos, teniendo a los mismos maestros por muy dignos de salario público y de honores. Es precisamente en Virgilio, al que estudian los niños”, a fin de que, embebidos desde esos tiernos años en el mayor, más famoso y mejor poeta, no se les olvide fá- cilmente, según el dicho de Horacio:

El olor que se pega una vez a una vasija, le dura después mucho tiempo.

En este Virgilio, digo, se introduce Juno, enemiga de los troyanos, que dice a Eolo, rey de los vientos, enviscándole contra ellos:

Se halla ahora navegando por el mar Tirreno una flota; son hom- bres de una raza que es mi enemiga. Troyanos que se proponen tras- ladar a Italia sus penates vencidos.

¿Debieron confiar Roma, siendo cuerdos, a estos penates vencidos, para que no fuese vencida? Pero Juno decía esto ignorando qué decir, al estilo de una mujer airada. Mas qué, ¿no es el mismo Eneas, tantas veces llamado piadoso, el que esto narra?

Panteo era hijo de Otrys y sacerdote de Apolo en el templo de la ciudadela, y venía presuroso a nuestra casa, cargado con los objetos sagrados y los dioses vencidos, arrastrando a un niño de la mano, hijo suyo.

¿O es que no muestra que estos dioses vencidos, no duda en llamarlos así, le fueron confiados a él y no él a ellos, cuando dice:

San Agustín habla repetidas veces en sus Confesiones de la afición que tomó por Virgilio y de sus abundantes lágrimas cuando se representaban o se recitaban sus versos y sus composiciones. Esta apreciación que aquí hace es un recuerdo muy grato de su infancia, que él acoge con verdadera fruición. Prueba de ello es la multitud de veces que cita al eximio poeta latino en esta obra.

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Troya te confía ahora sus objetos de culto y sus penates?

S1, pues, Virgilio dice que tales dioses fueron vencidos y que fueron confiados a un hombre para que, aun vencidos, escapasen de algún modo, ¿puede concebirse mayor locura que pensar que Roma fue sabiamente en- comendada a tales tutores y que, si no los hubiese perdido, no hubiese po- dido ser destruida? Más aún, dar culto a dioses vencidos como a tutores y a defensores, ¿qué es sino tener no buenos tutores, sino malos defensores? ¡Con cuánta mayor cordura es de creer no qué Roma no hubiese llegado a tal estrago, sino que éstos mucho antes hubieran perecido si Roma, con su poder, no los hubiese conservado! Porque ¿quién hay que, en advirtiéndo- lo, no vea cuán vana presunción sea no poder ser vencidos al amparo de defensores vencidos y perecer por perder a sus dioses, siendo única la cau- sa de la ruina querer tener guardas perecederos? No era el placer de mentir el que obligaba a los poetas a escribir y cantar tales cosas de los dioses vencidos, sino la verdad los constreñía a confesar a los hombres cuerdos. Mas de esto trataremos en otro lugar más oportuna, diligente y extensa- mente. Ahora trataré de explicar un poco, según mis posibilidades, lo que me había propuesto decir de los hombres ingratos, que imputan a Cristo, blasfemando, los males que padecieron justamente por sus depravadas cos- tumbres. Ni se dignan prestar atención a que se les perdonó por amor a Cristo. Ejercitan contra su nombre, con locura llena de desvergilenza, esas mismas lenguas que usurparon mendazmente su nombre para vivir, o me- jor, esas lenguas frenadas en los lugares sagrados por temor, para estar allí seguros y amparados. Y allí por El los enemigos los han respetado y desde allí ellos habían de disparar maldiciones hostiles contra El.

CAPÍTULO IV

El asilo de Juno en Troya no libró de los griegos a nadie. En cam- bio, las basílicas de los apóstoles ampararon del furor de los bár- baros a todos los que se acogieron a ellas

Troya misma, madre, como he dicho, del pueblo romano, no pudo de- fender en los templos sagrados a sus ciudadanos del fuego y de la espada de los griegos, que daban culto a esos mismos dioses; antes, en el templo asilo de Juno, Fénix y el execrable Ulises, señalados para la guarda del bo- tín, vigilaban su presa. Estaban allí en confuso montón todos los tesoros de Troya, arrancados del incendio a los santuarios, y cuanto el pillaje había

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reunido en telas preciosas, en mesas de los dioses y en objetos de oro ma- cizo. Y alrededor de esto, en pie, una larga hilera de niños y mujeres ate- morizadas.

En efecto, eligieron un lugar consagrado a tan excelente diosa, no pa- ra poder sacar de él a los cautivos, sino para encerrarlos allí$. Compara ahora aquel asilo, no de una diosa del montón o vulgar, sino de la hermana y esposa del mismo Júpiter y reina de todos los dioses, con las basílicas de nuestros Apóstoles. Allí incendiados los templos y los dioses, llevaban los despojos no para devolverlos a los vencidos, sino para repartirlos entre los vencedores; aquí, en cambio, era traído con honor y religiosa veneración aun lo que encontraban en otras partes perteneciente a estos lugares. Allí estaba perdida la libertad, aquí conservada; allí estaba permitida la cautivi- dad, aquí prohibida; allí eran encerrados para presa de los enemigos domi- nadores, aquí eran traídos para recibir la libertad de los misericordiosos enemigos. Finalmente, aquel templo de Juno había sido elegido por la ava- ricia y soberbia de los inconstantes griegos; en cambio, estas basílicas de Cristo, por la misericordia y humildad de estos mismos inhumanos bárba- ros. A no ser que quizás los griegos perdonasen en su victoria los templos de los dioses comunes y no osaran herir o cautivar a los miserables y ven- cidos troyanos allí refugiados, mintiendo, por consiguiente, Virgilio al esti- lo de los poetas. Mas no es así, porque él mismo nos describe la costumbre de los enemigos que asolan las ciudades.

CAPÍTULO V

Sentencia de César sobre el común estilo de los enemigos destruc- tores de las ciudades vencidas

Esta costumbre no dejó de apuntarla César (como escribe Salustio, amante de la verdad histórica) en su parecer dado en el Senado acerca de los conjurados: «Es costumbre robar a las vírgenes, arrancar a los niños de

$ Acude a la mitología para poner de relieve la impotencia de los templos paga-

nos y de los dioses en ellos venerados, comparada con la gloria de los santos mártires, que, si no los consideramos los cristianos como dioses, merecen ser llamados, si el lenguaje eclesiástico lo permitiera, nuestros héroes (De civ. Dei X 21). Los templos de los dioses se convirtieron en cárceles, mientras que las capillas y basílicas de los Apóstoles fueron el asilo que paraba la furia del enemigo. Y el argumento corre suel- to y con una lógica aplastante.

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los brazos de los padres, padecer las madres de familia cuanto place a los vencedores, despojar los lugares sagrados y las casas, matar e incendiar. Y completar, por último, todo con armas, cadáveres, sangre y llanto.» Si aquí se silenciasen los lugares sagrados, habría fundamento para pensar que los enemigos solían perdonar las moradas de los dioses. Y esto no lo temían los templos de Roma de los enemigos extranjeros, sino de Catilina y sus aliados, de los nobilísimos senadores y de los ciudadanos romanos, que en realidad eran gente pervertida y parricidas de su patria.

CAPÍTULO VI

Que ni los mismos romanos tomaron ciudad alguna donde perdo- naran a los vencidos refugiados en los templos

¿Qué necesidad tenemos, pues, de discurrir por muchas naciones que, luchando entre sí, nunca perdonaron a los vencidos, refugiados en las mo- radas de sus dioses? Paremos mientes en los mismos romanos. Traigamos a la memoria a los romanos, digo, y fijemos nuestra vista en aquellos en cuya especial alabanza se dijo: «Perdonar a los vencidos y dominar a los soberbios», y que, injuriados, prefirieron perdonar a vengarse. Dígasenos qué templos solían exceptuar para que quedasen en libertad quienes en ellos se refugiaban, cuando saquearon tantas y tan grandes ciudades despo- jadas y capturadas para extender sus dominios. ¿Es que ellos lo hacían y los historiadores lo silenciaban? Mas ¿es creíble que quienes buscaban an- te todo qué alabar en ellos silenciaran muestras tan auténticas de piedad? Del famoso Marco Marcelo?, de estirpe romana, que tomó la insigne ciu- dad de Siracusa, se cuenta que, habiéndola de derruir, la lloró, y que, antes de derramar ella su sangre, derramó él sus lágrimas sobre ella. Cuidó tam- bién de conservar la honestidad aun en el enemigo. Y antes de mandar in- vadir la ciudad, publicó un decreto en el que se prohibía violar la libertad. Sin embargo, la ciudad fue destruida, y nunca se lee un decreto dado por un emperador casto y clemente en el que se diga que el que se refugie en tal o cual templo saldrá ileso. Y nos da pie para creer que esto no lo hubie- se pasado en silencio el hecho de no haber silenciado el llanto del empera-

? Este es considerado como uno de los romanos más insignes. Durante su primer

consulado, juntamente con C. Cornelio Escipión, ganó la batalla al rey de los galos, como refiere Livio. Luchó en Nola contra Aníbal y fue el primero que insinuó que Aníbal podía ser vencido. Virgilio en la Eneida le dedica unos elogiosos versos (1.6).

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dor ni el edicto en pro de la honestidad. Fabio!%, destructor de la ciudad de Tarento, es celebrado por no haber saqueado las estatuas. Pues, habiéndole preguntado el secretario qué debía hacerse con las estatuas de los dioses, de las cuales habían saqueado muchas, añadió aún chistes a su continencia. Preguntó cómo eran, y habiéndosele respondido que no sólo eran grandes, sino que además estaban armados, contestó: «Dejemos a los tarentinos sus dioses airados». ¿Es comprensible, pues, que los historiadores de los he- chos de Roma pasasen en silencio el perdonar a algunos hombres por ho- nor a sus dioses, prohibiendo matar o hacer cautivos en cualquier templo, de haberlo hecho, cuando no pudieron dejar en el tintero ni el llanto de aquél ni la risa de éste, ni la casta misericordia de aquél ni la graciosa con- tinencia de éste?

CAPÍTULO VI

Lo que tuvo de crudeza la destrucción de Roma aconteció según usanza de las guerras, y lo que tuvo de clemencia procedió de la potencia del nombre de Cristo

Por consiguiente, todo lo que tuvo lugar en el último saco de Roma —Tuina, sangre, robo, fuego y aflicción— es obra del estilo bélico. Empe- ro, lo que se realizó con un estilo nuevo, como el elegir y determinar las espaciosísimas basílicas que había de llenar el público agraciado con el perdón, donde no se matase a nadie ni a nadie se robase, adonde eran con- ducidos muchos por los piadosos enemigos para librarse y de donde no era sacado ninguno para verse en manos de los enemigos crueles, esto debe ser atribuido al nombre de Cristo y a los tiempos cristianos. Quien no ve esto, está ciego; el que lo ve y no lo alaba, es ingrato; y el que resiste al que lo alaba, imbécil. ¿Quién que se tenga por cuerdo osará imputar esto a la fe- rocidad de los bárbaros? Aquel que tanto tiempo antes había predicho por su profeta: Visitaré con vara sus maldades y con azotes sus pecados, mas no esparciré de ellos mi misericordia, ese mismo fue el que hizo temblar sus truculentas y bravísimas mentes, el que las frenó y el que milagrosa- mente las templó.

10. Tarento es la más noble ciudad de Calabria. En la segunda guerra púnica fue

ocupada por Aníbal traicioneramente. Más tarde, Fabio la tomó por arte maravilloso, hasta el punto de que Aníbal llegó a decir: Et Romani suum habent Annibalem, eadem qua ceperamus arte Tarentum, amisimus. Así Tito Livio y Plutarco.

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CAPÍTULO VI!N

Gracias y desgracias comunes por la mayor parte a los buenos y a los malos

1. Tal vez se le ocurra a alguien: ¿Por qué ha alcanzado esta divina misericordia también a los impíos e ingratos? ¿Por qué pensamos sino porque es dádiva de aquel que hace salir el sol sobre buenos y malos y llueve sobre justos y pecadores? Aunque unos, creyéndolo así, se corrijan de su impiedad haciendo penitencia, y otros, empero, como dice el Após- tol, menospreciando las riquezas de la bondad y longanimidad de Dios, por la dureza de su corazón, y corazón impenitente, atesoren para ira en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual retri- buirá a cada uno según sus obras. Sin embargo, la paciencia de Dios invi- ta a los malos a penitencia, del mismo modo que su azote instruye a los buenos en la paciencia, la misericordia de Dios ama a los buenos para fa- vorecerlos, al igual que su severidad corrige a los malos para castigarlos. Plugo a la divina Providencia disponer para la otra vida bienes para los buenos, de los que no gozaran los pecadores, y males para los impíos, con los que no fueran atormentados los buenos. Quiso, además, que tanto los bienes temporales como los males fuesen comunes a entrambos, con el fin de que ni los bienes, de los que vemos gozar también a los malos, sean apetecidos con más cupididad, ni los males, que afectan muchas veces a los buenos, se evitasen torpemente.

2. Importa mucho en esto la cualidad del uso, tanto de las cosas prós- peras como de las adversas. Porque el bueno ni se engríe con los bienes temporales ni se abate con los males; en cambio, el malo es castigado con tal infelicidad precisamente porque se estraga con la felicidad. Con todo, Dios muestra frecuentemente su manera de obrar con más claridad en la distribución de estas cosas. Ya que, si ahora castigase cualquier pecado con penas manifiestas, se creería que no reservaba nada para el último jui- cio; al contrario, si ahora Dios no castigase manifiestamente algún pecado, se creería que no existe la Providencia divina. De igual suerte acaece en las cosas prósperas. Si Dios no las concediese con mano liberal a alguno de cuantos se las piden, diríamos que no le pertenecían; y, asimismo, si las concediese a cuantos se las pidiesen, pensaríamos que sólo se le debe ser- vir por semejantes premios. Tal servidumbre no nos haría más piadosos, sino más ambiciosos y avaros. Siendo esto así, no porque los buenos y los malos hayan sufrido lo mismo, hemos de negar la distinción entre ellos.

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Porque bien se compagina la desemejanza de los atribulados con la seme- janza de las tribulaciones. Y, aunque estén bajo un mismo tormento, no por eso es lo mismo la virtud y el vicio. Como con un mismo fuego brilla el oro y la paja humea, y bajo un mismo trillo se tritura la paja y se limpia el grano, ni se confunde el alpechín con el aceite por prensarse en el mis- mo peso, así también una y misma adversidad prueba, purifica y afina a los buenos y reprueba, destruye y deshace a los malos.

Así, en un mismo trabajo abominan y blasfeman de Dios los malos, y los buenos le suplican y alaban. He aquí la importancia de la cualidad, no de los tormentos, sino de los atormentados. Agitados con igual movimien- to, el cieno despide un olor repelente, y el ungitento, una suave fragancia.

CAPÍTULO IX

Causas de las correcciones que azotan por un igual a los buenos y a los malos

1. ¿Qué padecieron, pues, los cristianos en aquella catástrofe que, considerando con cordura las cosas, no les sirviese para su propio aprove- chamiento? Lo primero, porque, ponderando con humildad los pecados por los que Dios indignado envió al mundo tantas calamidades, aunque ellos estén muy lejos de ser facinerosos, flagiciosos e impíos, con todo, no se creen tan ajenos de culpa que no se juzguen por ello merecedores de pade- cer trabajos temporales. Porque, excepción hecha de que cada uno, por más loablemente que viva, cede en algunas cosas a la concupiscencia car- nal, aunque no hasta la monstruosidad de la maldad ni la sima de la lujuria y a la abominación de la impiedad, a ciertos pecados, raros o tanto más frecuentes cuanto más leves. Excepción hecha de esto, ¿dónde se halla fá- cilmente quien a estos mismos, por cuya horrenda soberbia, lujuria y ava- ricia y execrables iniquidades e impiedades Dios, conforme lo ha predicho con amenazas, quebranta la tierra, los trate de la manera que se los debe tratar y viva con los tales de la manera como se debe vivir? Porque de or- dinario se disimula con ellos, no enseñándoles ni amonestándoles y a veces también no reprendiéndoles o riñéndoles, ora porque nos pesa del trabajo, ora porque tenemos vergilenza de reprenderlos a la cara o porque excusa- mos enemistades, porque no nos sean impedimento o daño en las cosas temporales, esas que todavía apetece nuestra cupididad o teme perder nuestra flaqueza. Y así es que, aun cuando a los buenos descontente la vida

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de los malos, y por eso no incurran con ellos en la condenación que a tales, después de esta vida, les está aparejada, con todo, porque perdonan sus pe- cados, merecedores de condenación, al paso que los temen en los suyos le- ves y veniales, con razón son azotados temporalmente con ellos. No obsta esto para que no lo sean en el castigo eterno y con razón también la divina Providencia justamente los aflija. Sienten la amargura de la vida, porque, amando su dulzura, no quisieron ser desabridos con los que pecaban.

2. Pues, si alguno se abstiene de corregir y reprender a los que obran mal, por aguardar, según él, sazón más oportuna, o teme por ellos que se hagan peores o porque estorben que otros flacos sean instruidos con miras a una vida buena y piadosa y los desvíen de la fe, no parece que sea oca- sión de cupididad, sino medida de, caridad. Lo culpable es que quienes vi- ven diferentemente y aborrecen las obras de los malos, perdonan los peca- dos ajenos que debieran desaconsejar y corregir, por miedo a ofenderlos. Es que a su vez temen perjudicarse en aquellas cosas que los buenos usan lícita e inocentemente, si bien más codiciosamente de lo que conviene a quienes en este mundo peregrinan y esperan la patria soberana. Porque no solamente los más flacos, los que llevan vida conyugal, teniendo hijos o procurando tenerlos, poseyendo casas y familias (a quienes el Apóstol ha- bla en la iglesia, enseñándolos y amonestándolos cómo deben vivir las mu- jeres con los maridos y los maridos con las mujeres, los hijos con los pa- dres y los padres con los hijos, y los siervos con sus señores y los señores con sus siervos), granjean de buena gana muchas cosas temporales y mu- chas terrenales y de mala gana